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El pasado 8 de febrero, una insuficiencia respiratoria nos arrebató en Ferrol al compañero Juan González Maroño, de 44 años de edad.

Juan fue uno de los primeros miembros de las Juventudes Socialistas ferrolanas y participó en la fundación de la agrupación local en 1977. Dotado de una autoridad natural, desarrolló una importante labor y acercó a un número importante de jóvenes a la organización. En 1979 se convirtió en un marxista convencido, y desde entonces permaneció fiel a sus ideas. Durante algunos años las defendió en solitario en la ciudad, hasta que empezaron a germinar y extenderse.

Limitado en su movilidad por una minusvalía, esto no impidió su trabajo político. Una voluntad de hierro le permitía superar cualquier obstáculo. Durante mucho tiempo se encargó de llevar las cuentas de las ventas del periódico, enviar los informes al Comité de Redacción, etc. Y el portal de su Torre nº 5 del barrio de Caranza, donde siempre que no hacía frío se le encontraba, era su punto de encuentro con múltiples vecinos, jóvenes o mayores, que se paraban a charlar con él. Todos lo apreciaban porque poseía un talante bondadoso que no soportaba las injusticias. Desde su portal, por ejemplo, preparó el terreno para la intervención del Sindicato de Estudiantes en el Instituto Femenino durante las luchas estudiantiles del curso 1986-87.

No podemos dejar de recordar a sus padres, sobre todo a su madre, Esperanza, que nunca puso pegas para que hiciésemos reuniones en el salón de su casa, que siempre estaba dispuesta a llevarlo en coche adonde hiciera falta o a ir a recogerlo a la hora que él le pidiese. O a ir al banco a hacer los ingresos de las ventas del periódico, o a echar cartas al correo. Ella simplemente estaba ayudando a su hijo, pero no dejaba de ser una ayuda para nuestra causa. Aprovechamos estas líneas para transmitirle a ella y a su marido, también Juan, como el hijo, nuestro cariño y agradecimiento.

Hace unos años Juan se “motorizó”, se compró una silla de ruedas con batería. Por un lado, esto le permitió participar más activamente en el movimiento asociativo y llegó a ser presidente del Grupo Minusválidos Ferrol, en el que actualmente ocupaba la vicepresidencia. Jugó un papel fundamental para mantenerlo como un grupo reivindicativo, frente a los intentos de derivarlo hacia la prestación de servicios. Pero sobre todo le permitió participar en las manifestaciones. El año pasado no se perdió las de la guerra ni las del Prestige, luciendo las pegatinas de El Militante en el pecho y repartiendo hojas desde su silla, que algunas veces usamos como almacén de los periódicos u otro material.

Juan poseía un coraje fuera de lo común. Cuando el PSOE instaló su sede en un tercer piso de la calle del Carmen, nunca dejó de subir, a pesar del esfuerzo que le suponía. Ni nunca tampoco quiso que nadie le ayudase. También siempre que podía acudía al fútbol, su otra pasión, aunque supiese que le podía coger el frío y que después tendría que guardar cama unos días. Tenía que sentirse bastante mal para dejar de ir, sobre todo si jugaba su ahijado, Alberto, por el que sentía auténtica adoración y que para él, como para todo buen padrino, era el mejor ahijado del mundo.

Compartimos con él muchos momentos. Algunos buenos, como los éxitos en la lucha estudiantil o en el trabajo sindical en los astilleros ferrolanos. Otros no tan buenos, como la situación política creada por la caída del Muro de Berlín, que originó una ofensiva ideológica brutal por parte de la burguesía, intentando erradicar cualquier idea de transformación social.

Juan demostró poseer en su compromiso político las mismas virtudes que en el terreno personal. Jamás desfalleció, ni en los momentos más difíciles. Siempre se mantuvo firme en la defensa de las ideas del marxismo e hizo por ellas todos los sacrificios que fueron necesarios. Juan ha sido un ejemplo de energía, firmeza y coraje para todos los que lo conocimos y fue un privilegio haber compartido tantos momentos con él, como revolucionario y como amigo.

Antonio y Joaquín García Sinde