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He leído con interés los comentarios provocados a Lisandro Otero por mi nota Perestroika: poner el dedo en la llaga, lo cual me da mucha satisfacción pues sirven de motivo para plasmar algunas ideas que, como la lógica de un tema tan complejo sugiere, desborda los límites de la perestroika y obliga a introducir diferencias respectos a otros espacios del proceso soviético valorados por el periodista.
He leído con interés los comentarios provocados a Lisandro Otero por mi nota Perestroika: poner el dedo en la llaga, lo cual me da mucha satisfacción pues sirven de motivo para plasmar algunas ideas que, como la lógica de un tema tan complejo sugiere, desborda los límites de la perestroika y obliga a introducir diferencias respectos a otros espacios del proceso soviético valorados por el periodista.

En su artículo La perestroika y el papel del individuo en la historia, Otero manifiesta un grupo de ideas que merecen atención, pero prefiero concentrar este comentario en una en específico, dada la coincidencia con el 60 aniversario de la derrota del fascismo: me refiero al papel de Stalin en la Guerra. Los comentarios siguientes se ubican en la misma dirección de mi artículo primero: esclarecer los procesos históricos y el rol de los individuos en ellos.

Como es harto conocido, la historia la escriben los vencedores, y en el caso de regímenes dictatoriales como el soviético, este axioma alcanza niveles superlativos. Una idea muy recurrente al referirse al georgiano, y que aparece sentenciado en la nota segunda de Lisandro, señala, “pese a sus crímenes, errores y caprichos, finalmente condujo, a su patria amenazada, a la victoria sobre el fascismo. Se convirtió en un héroe mítico”.

Apelemos a los hechos. Las purgas estalinistas de los años 1937 y 1938, en momentos en que la guerra era inminente, alcanzó al Ejército Rojo. Se liquidó entre 20 mil y 35 mil oficiales. El 90% de los generales y el 80% de todos los coroneles fueron asesinados por la GPU (antecesora del KGB). Tres mariscales, 13 comandantes, 57 comandantes de cuerpo, 111 comandantes de división, 220 comandantes de brigada y todos los comandantes de los distritos militares fueron fusilados.

Gente sin talento ni experiencia ocupó los puestos, y su único mérito era la lealtad servil a Stalin, como fueron los casos de Voroshilov y de Budionny, quienes en su debido momento salieron como bola por tronera. Zhukov, Vasileski y Rokossovki, no tardaron en reemplazarlos cuando la situación llegó a su punto extremo y le dieron un giro definitivo a la situación.

En esa paranoia de Stalin, estrategas rusos de la talla de Tujacheski fueron asesinados. Para más aberración, sus textos fueron eliminados de las academias militares porque habían sido escritos por “enemigos del pueblo”. Los nuevos profesores que sustituyeron a los seguidores de Tujacheski se apresuraron a escribir nuevos manuales que no despertaran la sospecha de Stalin, y dejaron a un lado las avanzadas estrategias impartidas en las escuelas militares rusas que eran de un adelanto y previsión superior a las escuelas occidentales.

Durante años el gobierno soviético invirtió miles de millones de rublos para fortificar sus fronteras occidentales, del Mar Báltico al Mar Negro. Justo antes de la guerra, en la primavera de 1941, cumpliendo órdenes de Stalin, se volaron búnkeres y semibúnkeres de cemento, fortificaciones con una, dos o tres aspilleras, puestos de mando y de observación. La zona fortificada de Minsk, una potente línea defensiva levantada en previsión del ataque alemán fue destruida por orden de Stalin.

Aún en esas condiciones, el poder de fuego del Ejército Rojo era mayor al del Ejército alemán. Por tanto, la catástrofe inicial de la guerra no fue por las condiciones materiales sino por la mala dirección. La ciencia y la tecnología soviética produjeron modelos de armamentos de alta calidad y eficacia, pero no se organizó su producción en masa y solo en vísperas de la agresión se comenzó a modernizar el equipamiento bélico. A esos datos se añade que los tanques y defensas antitanques soviéticos, un arma de suma importancia en esa guerra, fueron reducidas drásticamente por capricho de Stalin.

Muchos de sus generales persuadieron a Hitler para que no atacara a la URSS con el argumento de que era un adversario formidable. La razón primera de Hitler para desechar esa idea fue que los oficiales de alto rango y de primera clase fueron barridos por Stalin en 1937 y que la nueva generación aún no podía proporcionarle los cerebros indispensables.

Como es conocido, el Pacto de No Agresión soviético-alemán firmado en agosto de 1939 fue muy polémico. No debatiremos si fue acertado o no, ni sus interioridades. Lo crucial resultó el modo en que el secretario general del PCUS se aferró a él. Vale la pena recordar algunos hechos que lo prueban.

En el transcurso de las conversaciones Stalin espontáneamente propuso un brindis por Hitler y reconoció como el pueblo alemán amaba a su Führer. Desde ese instante todo estuvo dispuesto para no alterar los sagrados marcos del Pacto. Lavrenty Beria ordenó a la administración de los gulag que prohibiese a los guardias llamar fascistas a los prisioneros políticos. Cuando Hitler invadió Yugoslavia, Stalin cerró las embajadas de Yugoslavia, Grecia y Bélgica, como señal de aprobación hacia las autoridades alemanas. Cuando la invasión a Francia, que hizo pensar a Stalin que Hitler se decidió por el Oeste, Molotov le envió un mensaje de felicitación al Führer. Desde el inicio de la Guerra hasta la agresión a la URSS en 1941, la Alemania nazi recibió un importante flujo de mercancías soviéticas, lo que representó, entre 1938 y 1940, un incremento de 690 millones de rublos.

A mediados de junio de 1941, Hitler había concentrado enormes cantidades de recursos militares en la frontera de la URSS: cuatro millones de soldados, tres mil quinientos tanques, unos cuatro mil aviones y cincuenta mil cañones y morteros. El gobierno soviético recibió numerosos informes de unidades fronterizas, los servicios de inteligencia e incluso de funcionarios norteamericanos y británicos. Generales soviéticos pidieron permiso para responder a las incursiones aéreas de los invasores y para poner a las tropas en alerta, Stalin se negó.

Cuando las tropas fascistas comenzaron la invasión, Moscú ordenó no responder al fuego. Stalin, a pesar de los hechos evidentes, pensaba que la guerra no había empezado, que eso era solo una acción provocadora por parte de sectores indisciplinados del Ejército alemán y que una reacción podría servir a los alemanes para iniciar la guerra.

Después de la desastrosa derrota primera en el frente, Stalin pensó que era el fin. No dirigió las operaciones militares durante un período. Volvió a la dirección activa solo cuando algunos miembros del Politburó le visitaron y le dijeron que era necesario dar algunos pasos inmediatos para mejorar la situación en el frente.

Durante la contienda, Stalin estaba muy distante de entender lo que sucedía en el frente. Esto era natural, ya que durante toda la Guerra nunca visitó sector alguno del frente ni ninguna ciudad liberada excepto un breve viaje por la autopista de Mazhaisk durante un momento de estabilización de las acciones. Al mismo tiempo, interfería en las operaciones dando órdenes que no tenían en cuenta la situación operativa real y que, lejos de ayudar, provocaban enormes pérdidas. Como parte de su voluntarismo irracional y caprichoso, al ver las primeras respuestas favorables de las tropas soviéticas en 1941, lanzó la consigna de ¡la victoria en 1942! contra toda lógica y pronósticos más optimistas.

Valga abrir un pequeño paréntesis para contrastar esta actitud (¿aptitud?) del Stalin con la del fundador del Ejército Rojo, León Trotsky, quien durante la cruenta guerra civil se mantuvo viajando constantemente por todo el frente, al lado de sus tropas y comprobando, en ocasiones bajo el fuego enemigo, las disposiciones tácticas.

Cientos de miles de soldados soviéticos fueron capturados en los primeros días de la Guerra. Las pérdidas que sufrió más tarde el Ejército Rojo fueron peores debido a la insistencia del jefe del Kremlin de atacar frontalmente, con independencia de los costos en vidas Se repetía el voluntarismo desmedido que tanto daño causó en la industrialización y colectivización forzada, lo que elevó las pérdidas humanas considerablemente en las nuevas circunstancias. Stalin exigía, como en un plan quinquenal, tomar ciudad tras ciudad y disponer de todos los recursos, humanos y materiales, para cumplirlo. Para algunos autores, como Isaac Deutscher, este fue el valor fundamental y decisivo de Stalin en la contienda. Los costos los cargarían millones de espaldas en los pueblos soviéticos. Los “honores” irían al pecho del Zar rojo.

En su avezado hábito de contradecirse, reflexionó sobre la derrota inicial en dos direcciones. En los días inmediatos a esta, lo explicó en virtud de la sorpresa ganada por los alemanes. En 1949 ofreció una versión un tanto diferente al sugerir que había atraído deliberadamente a los alemanes al interior de Rusia para destruirlos allí. Ligado a ello, y en relación directa con su modo de entender la política y el poder, no fue de su agrado el reconocimiento que los generales, Zhukov a la cabeza, habían alcanzado. Hizo todo lo posible por silenciar y disminuir ese decisivo desempeño.

Estos hechos deshacen la idea de que Stalin “finalmente condujo, a su patria amenazada, a la victoria sobre el fascismo. Se convirtió en un héroe mítico”. Su responsabilidad estuvo en que las misiones que tenían encomendadas las fortificaciones en una potencial invasión fueron incumplidas porque se destruyeron sin un solo tiro del enemigo, que, como planteara un general soviético de la época, nunca los mandos de ningún ejército había sufrido tal desastre en una guerra como el Ejército Rojo en la paz, que la pesadilla que sufrieron los pueblos de la URSS fueron, en gran medida, resultado directo de su irresponsable política.

La grandeza de Stalin estuvo más en el mito construido que en su desempeño real. No es difícil entender por qué hasta bien entrada la década de los años cincuenta no se publicaron cifras oficiales de las víctimas de la Guerra, las que se computaron entonces en nueve millones. El pueblo que sufrió tanto pediría cuenta a los responsables.

No hay dudas de que con una dirección adecuada, se hubiera podido repeler el ataque inicial hasta las fronteras polacas. La suerte de Alemania hubiera durado menos y las angustias y pérdidas del pueblo soviético hubieran sido muy inferiores. Se puede afirmar que, al contrario de lo que plantea Lisandro Otero, el pueblo soviético y sus generales ganaron de modo épico la Guerra, a pesar de Stalin.

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NOTA: La mayoría de los datos utilizados en este trabajo fueron tomados de “Rusia, de la revolución a la contrarrevolución. Un análisis marxista”. Fundación Federico Engels, 1997. Escrita por Ted Grant