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George W. Bush clausuró la convención republicana afirmando que “EEUU está llamado a liderar la causa de la libertad en el nuevo siglo” y volvió a justificar por enésima vez su “guerra contra el terrorismo”. George W. Bush clausuró la convención republicana afirmando que “EEUU está llamado a liderar la causa de la libertad en el nuevo siglo” y volvió a justificar por enésima vez su “guerra contra el terrorismo”. Los familiares de los más de 30.000 iraquíes muertos desde el comienzo de la invasión conocen perfectamente el significado de estas palabras: destrucción, caos, pobreza y muerte.

Año y medio después del inicio de la ocupación imperialista de Iraq el final está más lejos que nunca. Según pasan las semanas la situación para el imperialismo es cada vez más difícil. Como reconocía The New York Times (29/8/04) “las tropas de la coalición están confinadas principalmente en fortificaciones protegidas en medio del desierto”. El mismo periódico el 5 de septiembre citaba a altos mandos del Pentágono reconociendo que los insurgentes controlan zonas muy importantes del país y que no estaba nada claro que puedan recuperarlas: “Sus comentarios, que llegan dos días después de que la violencia en Iraq aumentara la sangría de muertes militares estadounidenses, representan un reconocimiento de que EEUU no ha conseguido acabar con una insurgencia cada vez más sofisticada”.

Faluya, Samarra, Kut, Nayaf, Kerbala, Sadr City... están en manos de la resistencia. Las tropas de la coalición no pueden entrar en las ciudades más importantes del país. Teóricamente, el nombramiento de un gobierno títere mejoraría la situación de las tropas imperialistas, pero desde la entrega de la “soberanía” han muerto más soldados estadounidenses que durante los meses que duró la guerra. Desde el 28 de junio han muerto 148 soldados. El incremento de los ataques contra las tropas ocupantes también demuestra que la insurgencia ésta muy lejos de estar debilitada: en marzo hubo 700 ataques contra la coalición mientras que en agosto hubo 2.700 ataques. Y la sangría de soldados también va en aumento, ya han muerto más de mil soldados norteamericanos y el Pentágono reconoce oficialmente más de 6.500 heridos.

La batalla de Nayaf

Como ocurrió con Faluya hace unos meses, la resistencia del ejército Mehdi en Nayaf, con el clérigo al Sadr a la cabeza, se ha convertido en un punto de referencia para toda la resistencia iraquí. El llamamiento a resistir sacó a miles de personas a las calles, los trabajadores del petróleo de Nasiriya se declararon en huelga, en Diwaniya y Basora pararon la producción petrolera, los jefes tribales sunnitas dieron su apoyo a al Sadr, el periódico británico The Guardian (15/7/04) informaba de cómo los oficiales de la policía se unían a las manifestaciones populares celebradas en la “zona verde” de Bagdad (donde se encuentran los edificios de gobierno y de la coalición) colgando pancartas en sus camiones al grito de: “Sí a Moqtada al Sadr, no a EEUU” y los gobernadores de las provincias del sur amenazaron con la secesión del sur chiíta (Basora, Missan y Zi Qar-all).

En anteriores artículos ya hemos explicado la naturaleza reaccionaria del clero chiíta y que es precisamente la ausencia de una alternativa revolucionaria la que está permitiendo a clérigos como al Sadr ponerse al frente del movimiento. La batalla de Nayaf también demostró las limitaciones de dirigentes como al Sadr, que estaba dispuesto a desarmar su ejército y emprender la “vía política”. Si no lo hizo fue porque su base social —formada principalmente por los sectores más empobrecidos y jóvenes parados— se negaron a entregar las armas.

La situación en Iraq está demostrando una vez más los límites y las debilidades del imperialismo. A pesar de su enorme capacidad militar, de los intensos bombardeos a los que está sometiendo a Bagdad, Faluya y Nayaf, no consigue doblegar la determinación de las masas iraquíes para expulsar a los imperialistas de su país y su voluntad de decidir su propio destino.