Artículos

Extracto: "Siendo esta sorpresa un tanto decepcionante para importantes sectores de la izquierda es necesario analizar los resultados con la cabeza fría. Como siempre hemos explicado los marxistas, las elecciones son una foto fija, y a veces bastant La sensación inicial de estupor y sorpresa por la reelección de Bush no ha sido exclusiva de muchos ciudadanos de a pie de todo el mundo, sino de experimentados comentaristas políticos de los más prestigiosos medios de comunicación burgueses. Los republicanos no sólo renuevan su presidencia, sino que a diferencia del año 2000, cuando el candidato demócrata Al Gore sacó 510.000 votos a Bush –el sistema electoral estadounidense permite llegar a la presidencia a un candidato a pesar de obtener menos votos-, en el 2004 el Partido Republicano saca tres millones y medio de votos más que los demócratas.

Después de un masivo y activo movimiento contra la guerra de Iraq -incluso antes de que esta empezase-, de la implicación de intelectuales y artistas en la denuncia del gobierno Bush a unos niveles desconocidos desde hacía décadas, del éxito de documentales como Fareheit 9/11, del calamitoso balance de la post-guerra iraquí desde el punto de vista del imperialismo y del propio posicionamiento anti-Bush de un sector significativo de la burguesía norteamericana, no parecía algo descabellado esperar una victoria de John Kerry.

La justa medida de la victoria republicana

Siendo esta sorpresa un tanto decepcionante para importantes sectores de la izquierda es necesario analizar los resultados con la cabeza fría. Como siempre hemos explicado los marxistas, las elecciones son una foto fija, y a veces bastante desenfocada, de un proceso que en realidad es muy cambiante y contradictorio.

Para empezar el resultado es bastante ajustado, para ser más concretos hay una estrecha diferencia del 3%, 51-48. De hecho, los demócratas no retroceden respecto al 2000, por el contrario consiguen más de cuatro millones y medio de votos más. La cuestión, es que no son capaces de conseguir movilizar a su base electoral como Bush, que percibiendo una derrota como una posibilidad bastante probable, consiguen ocho millones seiscientos mil votos más. Pero deducir de ahí, que Bush consigue el apoyo de más de la mitad de la sociedad, es falso, puesto que obvia una abstención que roza el 44%. Es más si tomamos como referente el censo de 2000 –el dato del 2004 es imposible de conseguir- seguramente inferior al real, Bush no alcanza el 29%, es decir, no llega a uno de cada tres mayores de 18 años con derecho a votar. Pero es más, si incluyéramos el voto de los 4.700.000 adultos a los que se prohíbe votar por tener antecedentes penales o los inmigrantes ilegales, los republicanos conseguirían uno de cada cuatro.

La gran farsa del sistema electoral estadounidense

No es de extrañar que nos quieran presentar esta modesta participación del 56-58% como una gran victoria de la democracia, puesto que la media habitual llega con dificultades el 50%. Este extendido hábito abstencionista de los electores estadounidense, bastante superior a la media de los países capitalistas avanzados, tiene su base en un aberrante y antidemocrático sistema electoral, algo más que permisivo con el fraude y la corrupción. Tan es así que observadores internacionales han denunciado que estas elecciones no se celebrarían con las garantías democráticas exigibles a un país desarrollado. Se han registrado como votantes incluso a muertos, o a vivos que aparecen hasta 40 veces, también a Mary Poppins. Las irregularidades han estado a la orden del día.

La financiación de los dos partidos mayoritarios es a base de interesadísimas contribuciones de empresas y lobbies -casi 250 millones de dólares para cada partido en esta ocasión- que luego esperan del gobierno justo agradecimiento a su “apoyo”.

El sistema electoral norteamericano permite que mientras que en un estado es necesario conseguir 600.000 votos para obtener un compromisario, que más tarde decidirá con el resto de sus colegas el nombre del presidente, en otro son necesarios sólo 200.000. De hecho las elecciones están determinadas por una ley aprobada en el año 1787.

Pero la abstención, si bien afecta a todas las capas de la sociedad, tiene un marcado carácter de clase, concentrándose especialmente entre los blancos más pobres, latinos y negros que suponen un sector decisivo de la mano de obra asalariada en la hostelería, el campo o la manufactura. Si bien no hay datos disponibles del 2004, podemos utilizar algún ejemplo de 2000, considerando que las tendencias generales no han variado mucho. En Arizona por ejemplo, donde los ciudadanos latinos son el 25% de la población del Estado, tan sólo el 30% de los que tienen derecho a voto se registran, de ellos suele votar la tercera parte, llegando así la abstención al 90% de los latinos con derecho a voto.

Bush y Kerry, dos representantes de la misma clase

A este escepticismo electoral de los trabajadores estadounidenses que provoca el sistema electoral, hay que sumar el idéntico carácter de clase de los dos partidos mayoritarios. Y es que si bien ciertas libertades individuales, como el derecho al aborto o al matrimonio entre homosexuales, son elementos de discrepancia ambos, las diferencias se difuminan hasta desaparecer en temas cruciales que deciden la vida de millones de seres humanos dentro y fuera de EEUU.

Por ejemplo, respecto a Iraq, la peor crítica de los demócratas a Bush es no haber conciliado más apoyo de la comunidad internacional para la intervención imperialista. Tan es así que en su programa asumen el derecho a la acción militar preventiva y Kerry votó para autorizar el uso de la fuerza por parte de Bush meses antes del inicio de la guerra. La diferencia no gira en torno a lo justa o injusta que sea esta guerra, aspecto en el que ambos candidatos coinciden, sino sobre cual es la forma más inteligente de perpetrar esta masacre imperialista ante la opinión pública.

No podemos dejar de decir además, que por encima de cualquier diferencia táctica, tanto demócratas como republicanos están unidos por su carácter de clase, que los sitúa como enemigos irreconciliables de los trabajadores y los oprimidos. Y no es de extrañar, porque finalmente, lo que ha invalidado los planes del imperialismo estadounidense en el Golfo Pérsico, haciendo que entusiastas supporters de la guerra como The New York Times o The Washington Post hayan pedido el voto a Kerry, ha sido la firmeza con la que las masas iraquíes se han opuesto a la ocupación y no la compasión o el reconocimiento de la soberanía de este pueblo.

La incapacidad movilizadora de Kerry

Los demócratas, conscientes del malestar social existente, han hecho promesas de mejoras sociales como la ampliación de la cobertura sanitaria gratuita, no privatizar las pensiones o acabar con las exenciones fiscales a los ricos. Aún así, millones de trabajadores que han sufrido las salvajes y reaccionarias políticas republicanas, no han considerado estas declaraciones más que vacías promesas electorales. Una inteligente intuición, ya que si leemos el programa electoral demócrata encontraremos un compromiso de disciplina presupuestaria para acabar con el actual déficit público equivalente al 3,6% del PIB, en cuatro años. ¿Alguien cree que el dinero necesario para tapar la deuda del Estado saldrá del bolsillo de los millonarios –entre los cuales destaca el propio Kerry- que han aportado más de 249 millones de dólares a la campaña demócrata, en lugar del bolsillo de los trabajadores?

Por ello no es tan sorprendente, que si bien más de 55 millones de personas en EEUU han dicho que ya basta de gobierno Bush y han optado por apoyar a Kerry, la capacidad de arrastre de este último ha sido insuficiente para aglutinar el potencial real de voto anti-Bush que existe en la sociedad norteamericana.

Frente a esta debilidad de la alternativa demócrata, Bush sí ofrecía un sólido programa de derechas, sin ambigüedades, no sólo a la burguesía, sino también a las capas medias y a los sectores más atrasados del medio rural. La firmeza siempre tiene ventaja sobre la ambigüedad y la indecisión. Décadas de reacción ideológica como las que se han vivido en EEUU, sumadas al ambiente de chovinismo y patrioterismo generado por el cruel atentado del 11-S, necesitan algo más que un elegante señor recordando su pasado heroico en Vietnam.

La victoria republicana no acaba con la polarización social

Pero la imagen sería incompleta, si no consideráramos que a pesar de la importante base social de masas con que la derecha cuenta en el país, en estos últimos años se ha producido un profundo cambio en el ambiente político del país que se expresa en una importante polarización social. Con ello queremos decir que la realidad social del país, se compone, efectivamente, por un giro a la derecha y la movilización activa de un sector considerable de la sociedad. Pero que a su vez, este movimiento se combina con el giro a la izquierda y la movilización de otro amplio sector. Manifestaciones contra la guerra, el movimiento antiglobalización, movilizaciones en defensa del derecho al aborto, el éxito de público películas, libros y documentales como Fahrenheit 9/11 o Estúpidos hombres blancos, etc., apoyan esta afirmación. Este proceso, desconocido desde hacía años, no ha sido anulado por la victoria republicana, y despierta enorme preocupación entre la burguesía que quiere tranquilidad para proseguir con sus planes. Así, entre los aplausos de sus seguidores, Kerry afirmó que tuvo con Bush una "buena conversación" en la que hablaron "del riesgo de división del país" y el demócrata alertó de la "necesidad desesperada" de buscar "terrenos de entendimiento" entre los norteamericanos. Esa es la clave, “necesidad desesperada” de intentar cerrar la brecha que se ha abierto en la sociedad.

El desmantelamiento de la “tierra de las oportunidades”

Y es que, las recetas económicas de los últimos años han creado auténticos ejércitos de pobres en el corazón del imperio. ¿Cómo hablar de oportunidades para los 36 millones de pobres que viven en el país más rico de la tierra, que suman, ni más ni menos que el 12,5% de la población?

Los 3.415 dólares de gasto per cápita que implica la guerra en Iraq —que ya suma la astronómica cifra de 151.100 millones de dólares—, de haberse destinado a fines sociales dentro de las fronteras USA supondría el cuidado médico de 27 millones de estadounidenses pobres o la cobertura sanitaria de 82 millones de niños. Hay un sin fin de cifras que aportar como por ejemplo los 45 millones de estadounidenses, de un una población total de 290 millones, que carecen de seguro médico. Se trata de una sociedad donde tres cuartas partes de la población asisten a una reducción permanente de su renta, mientras que una exclusiva y minoritaria cuarta parte es cada vez más rica.

Atravesamos una época en la que sectores cada vez más amplio de los trabajadores miran al futuro con el temor al desempleo, la extensión de la jornada y el aumento de los ritmos de producción.

Crecimiento económico a costa de la sobreexplotación de los trabajadores

La UNTAD, organismo de la ONU que se encarga de realizar estudios económicos sobre los flujos de capital y las inversiones extranjeras, explicaba en un informe de este mismo año, la preocupante situación que está creando la famosa política de deslocalizaciones, que ya no afecta sólo a los llamados trabajadores de mono azul, sino también a los de cuello blanco.

Asistimos a una destrucción de empleo combinada con un terrible empeoramiento de las condiciones de trabajo y los salarios. Si los tres años de recesión que precedieron al actual crecimiento económico destruyeron 2.400.000 empleos, los años de boom solamente han recuperado 1.600.000 empleos y de peor calidad. Esta situación tiene un claro reflejo en los ingresos de las familias trabajadoras, que sólo en tres años han pasado de una media anual de 44.750 dólares en 2001 a una de 32.310 en 2003. Menos ingresos pero más gastos: las primas anuales sanitarias, algo de lo que es doloroso prescindir, se han duplicado, llegando a los 7.500 dólares.

Tan evidente es la situación que un columnista de The New York Times escribió que “estamos ante una transformación radical de la forma de distribuir el botín en este país. Los trabajadores son cada vez más como los clientes de un casino trucado: no pueden ganar.” El periodista que así escribía lo hacía al calor de un informe que explicaba que la ya conocida recuperación sin empleo, estaba permitiendo obtener a los empresarios pingües beneficios basados en las deslocalizaciones, el aumento de la productividad de los trabajadores, el estancamiento de los salarios y el impago de impuestos –dos de cada tres empresas estadounidenses no pagan un centavo de impuestos-. Este mismo informe explica que el porcentaje de crecimiento del PIB que va a parar al bolsillo de los trabajadores ha caído en un 50% en este proceso de recuperación si se compara con los anteriores. Normalmente, en una recuperación media con creación de empleo los salarios reciben más del 60% del aumento del PIB frente al 15% que logran las empresas con beneficios. En la recuperación a la que asistimos desde 2001, los empresarios mejoran entre un 38% y un 41% en términos de porcentaje de PIB.

Hay que sumar además la persecución a la que están sometidos aquellos sindicalistas que se enfrentan a los jefes. Según informes de los más de 100.000 empleos que se exportan al año a China y México en los últimos años a través de las llamadas deslocalizaciones, “los lugares de trabajo sindicalizados están afectados de forma desproporcionada por los desplazamientos de producción” Dos de cada cinco empleos que se exportan corresponden a trabajadores afiliados a un sindicato. “ Estos porcentajes son muy superiores al grado de sindicalización de las industrias afectadas”. Puesto que los salarios en empresas con sindicatos son mayores, este dato puede ayudar a explicar el hecho de que, aunque el paro no es muy alto en EEUU, se pierde empleo bien remunerado y se genera empleo mal apagado y carente de derechos sindicales.

Los ataques a la clase obrera no empezaron con Bush

Si miramos un poco más allá, intentando buscar los efectos que las políticas económicas de los últimos quince años han tenido en la sociedad estadounidense, comprobaremos como paso a paso, año tras año, se están minando las condiciones materiales que han permitido que durante décadas millones y millones de trabajadores y capas medias de los países capitalistas avanzados confiaran en tener una vida bajo el capitalismo que merecía la pena ser vivida. Este proceso de degradación de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera se remonta a años atrás, a legislaturas demócratas con Clinton a la cabeza. Según los informes mensuales de la Oficina de Estadísticas Laborales, los trabajadores temporales a través de ETT han pasado de 640.000 en 1987 a más de tres millones en 1999. El Economic Policy Institute sitúa en casi un 30% la población activa que no tiene contrato indefinido. Semejante situación de precariedad laboral ha tenido su reflejo en los salarios como antes veíamos y también en las enfermedades laborales, que en la primera mitad de los 90 eran ya según el sector entre un 9% y un 100% más altos que en la primera mitad de los 80. No es de extrañar teniendo en cuenta que la jornada laboral en la manufactura, ha sufrido en los últimos veinte años un incremento de hasta 60 y 65 horas semanales.

La fragilidad del crecimiento económico

Antes reflejábamos cifras que demostraban que los períodos de crecimiento económico ya no sirven para restañar las heridas producidas por las recesiones entre la clase obrera. No hay una recuperación de todo el empleo destruido, aumentos salariales o mejoras en las condiciones laborales. Pero tampoco ha servido para revertir las debilidades estructurales de la economía del coloso norteamericano.

Las cuentas del Estado ya no cuadran. El superávit de 127.000 millones que heredó Bush del gobierno Clinton, se ha transformado en un déficit público de 422.000 millones de dólares en el 2004, con una deuda acumulada equivalente al 3,6% del PIB.

Por su parte, el déficit comercial no deja de batir récord pese a dos años de caída casi permanente del dólar con el objetivo de abaratar el precio de las mercancías made in USA en el mercado mundial. Sectores emblemáticos como el automóvil, hablamos del mayor mercado automovilístico del mundo, no pueden resistir la competencia extranjera. Ford ha visto recortada su cuota de mercado por debajo del 20%, y ello a pesar de hacer descuentos de hasta 5.000 dólares por vehículo junto con sus compatriotas GM y Chrysler, para competir con marcas japonesas como Toyota, Honda o Nissan.

En toda esta ecuación no podemos dejar de destacar los gastos de la guerra que rondan ya los 151.000 millones de dólares, que si bien han beneficiado a empresas vinculadas a este sector, suponen para el conjunto de la economía a medio y largo plazo un importante lastre.

El paro se encuentra en torno al 5,4%. Para hacernos una idea del cambio que ha habido en este aspecto vital de la economía, baste citar el dato de que la legislatura 2000-04 es la primera desde la presidencia de Herbert Hoover, en pleno carck del 29, en la que hay una pérdida neta de empleos.

No sólo el Estado está endeudado, una gran parte de las familias estadounidenses están atrapadas por créditos asfixiantes que supera el 140% del PIB. Y no es este tampoco un aspecto de detalle, ya que el gasto de los consumidores supone dos terceras partes del PIB estadounidense, con lo que cualquier recorte o retroceso significativo en la capacidad de compra de las familias tendrá efectos muy negativos sobre el crecimiento de la economía. Esto explica unos tipos de interés prácticamente negativos que trataban de alimentar la capacidad de compra de los consumidores a través de créditos baratos.

Pero el problema no se reduce solamente a que la capacidad de endeudamiento tiene un límite, al que por cierto parece nos hemos aproximado mucho, sino que también hace que el crecimiento económico sea extremadamente frágil. La mejor demostración de las carencias de este crecimiento económico es la poca confianza de los propios capitalistas, lo que Stephen Roach ha bautizado en uno de los últimos informes económicos de Morgan Stanley como “la paradoja de las compañías”. Roach explica la desconfianza de las grandes corporaciones a pesar de existir crecimiento económico por factores ambientales como el terrorismo, la “carnicería” que sufrieron los beneficios con el estallido de la burbuja bursátil en marzo de 2000 y el sobreendeudamiento de los consumidores americanos que hace tambalearse expectativas positivas sobre la demanda futura.

La escena internacional se complica para el imperialismo

A las dificultades internas a las que hacíamos referencia, hay que sumar la agudización de la lucha de clases en puntos decisivos del mapa que demuestran que el imperialismo no es omnipotente.

En Iraq ha sido la resistencia, gracias al apoyo masivo del pueblo iraquí, quién ha convertido la victoria militar de EEUU en un infierno a pesar de enfrentarse al ejército más poderoso y sofisticado del mundo. En palabras de Farnaz Fassihi, corresponsal del Wall Street Journal en Iraq “A pesar de las afirmaciones optimistas de George Bush, Iraq sigue siendo un desastre. Si bajo Saddam era una amenaza “potencial”, bajo los estadounidenses se ha transformado en una amenaza inminente y activa, un gran fallo de política exterior que se convertirá en la maldición de los Estados Unidos durante las próximas décadas... Y sobre la reconstrucción: es tan inseguro para los extranjeros trabajar aquí que la gran mayoría de los proyectos están estancados. Después de dos años, de los 18.000 millones de dólares que el Congreso destinó a la reconstrucción de Irak, sólo se han gastado unos 1.000 millones y una buena parte del dinero ha sido reasignada para mejorar la seguridad, un signo de hasta qué punto van las cosas mal... El gobierno iraquí habla de elecciones en tres meses, mientras la mitad del país continúa siendo zona prohibida, fuera de las manos del gobierno y de los estadounidenses y lejos del alcance de los periodistas. En la otra mitad, el desencanto de la población es demasiado terrorífico como para dejarse ver por las oficinas electorales. Los suníes ya han dicho que piensan boicotear las elecciones, dejando la puerta abierta a un gobierno polarizado de kurdos y chiítas que no será considerado legítimo y muy probablemente llevará al país a una guerra civil…”.

En Venezuela también ha sido la movilización de las masas la que ha derrotado todas las intentonas contrarrevolucionarias auspiciadas por el imperialismo, ya fuera el golpe de estado, el lock-out patronal o el referéndum revocatorio de este verano. En América Latina, la situación de inestabilidad se sigue extendiendo. A Venezuela siguen Perú, Ecuador, Bolivia, Uruguay y, ahora, también, Colombia. Los cientos de miles de trabajadores y campesinos colombianos que se están movilizando contra el gobierno, no sólo ponen en entredicho los planes reaccionarios del presidente Uribe de gravar con el IVA alimentos básicos o recortar las pensiones de los funcionarios, sino que también ponen en peligro la plataforma de intervención militar del imperialismo USA en América Latina.

¿Cuánto tardará la clase obrera en despertar de la pesadilla en la que se ha convertido el sueño americano?

A pesar de la censura consciente de los medios de comunicación, que necesitan transmitir a la opinión pública mundial que la clase obrera norteamericana padece “atraso” y “aburguesamiento” congénito la lucha de clases también existe en EEUU. De hecho, el brutal atentado del 11-S combinado con la recesión que coincidió con este en el tiempo, sirvió para cortar, temporalmente, un ascenso de la lucha que se remontaba a la segunda mitad de los 90. En este período asistimos a huelgas emblemáticas como la de UPS, General Motors o Boeing. Un cambio de ambiente entre la clase que se expresó en el AFL-CIO, único sindicato existente, con una dirección enormemente burocratizada y corrompida por sobornos empresariales, que ostenta el derecho exclusivo de representación y negociación.

Kim Moody elaboró un estudio que explica que las huelgas de este período coincidieron o fueron precedidas de un aumento de la actividad en el sindicato en el sector servicios y de hoteles, en la construcción, en el sindicato de los electricistas, entre los carpinteros o los trabajadores del automóvil. Especialmente destacado fue el cuestionamiento y la propuesta de renovación de la dirección en la Unión de Trabajadores del Transporte que cuenta con 30.000 afiliados o la tendencia Por un Sindicato Democrático en el Sindicato de Administraciones Públicas de California que consiguió el apoyo de sus 40.000 afiliados, y también en el sindicato de Transportes de Atlanta o los limpiadores y porteros de Nueva York. El caso más visible fue el sindicato de los camioneros –Teamster- con la victoria de Ron Carey sobre Jimmy Hoffa junior en 1996, que en palabras de Ken Paff, de Camioneros por un Sindicato Democrático, “Ganamos la batalla política por un sindicato limpio y democrático... Pero todavía no hemos ganado la batalla sobre la necesidad de un nuevo tipo de sindicato cuyo poder se base en la movilización y la militancia de sus afiliados”.

De hecho desde hace ya varios años hay un debate abierto entre los sectores más conscientes y a la izquierda en el movimiento sindical acerca de la necesidad de fundar un partido obrero, un Partido Laborista, que oponer a los partidos burgueses ya sea el republicano o el demócrata. Demócratas y republicanos, tras décadas de rotación en el poder, han jugado el papel de policía bueno y policía malo, pero policías al fin y al cabo, encargados de vigilar y proteger los intereses de una sola clase, la clase que necesita exprimir a la clase obrera estadounidense y a los pueblos del mundo para perpetrar sus privilegios y beneficios.

Habrá una recuperación de la lucha de clases

No se puede entender la dinámica de la lucha de clases como algo mecánico o rutinario. Parece indudable que la sociedad estadounidense cuenta con todos los ingredientes económicos y políticos para un ascenso de la lucha de clases a una escala desconocida en las últimas décadas. A pesar del interés en mantener sumergida en un ambiente de terror a la sociedad, la clase dominante de EEUU no puede ocultar su fracaso en Iraq y el empeoramiento acelerado de las condiciones de millones de trabajadores. Los planes económicos de Bush incluyen más reducción de los gastos sociales y más regalos en formas de exenciones fiscales a los ricos. En este escenario tarde o temprano habrá una recuperación del movimiento que se interrumpió a mediados de los 90, pero seguramente a un nivel superior.

Aprovechando nuevamente expresiones del economista Stephen Roach, a través del cual se expresa un sector importante de la burguesía, “el llamado aumento de la productividad de los últimos años se ha producido como consecuencia de unas estrategias de reestructuración de tierra quemada con una extraordinaria presión sobre los trabajadores” que predice una “venganza de los trabajadores”. Nosotros, a diferencia de él, no estamos advirtiendo al capital de unos excesos que pueden desencadenar un tremenda furia entre los trabajadores. Nosotros nos preparamos y llamamos a prepararse y organizarse a los sectores más avanzados de la clase obrera estadounidense para el inicio de una batalla que, en su país más que en ningún otro del mundo, tendrá trascendencia a escala mundial.