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Después de la Segunda Guerra Mundial, millones de judíos llegaron a Israel en busca de la tierra prometida: la tierra donde "fluía la leche y la miel", como dice el Antiguo Testamento. Han pasado más de cincuenta años desde la creación del Estado d Después de la Segunda Guerra Mundial, millones de judíos llegaron a Israel en busca de la tierra prometida: la tierra donde "fluía la leche y la miel", como dice el Antiguo Testamento. Han pasado más de cincuenta años desde la creación del Estado de Israel y todas aquellas promesas han quedado en nada. Sus 6,5 millones de habitantes no sólo viven con la amenaza constante de la guerra, sino que además viven en un país caracterizado por las desigualdades sociales, políticas y económicas.

El estallido de la segunda Intifada en septiembre de 2000 no sólo ha servido de excusa al gobierno israelí para intentar dar una lección a los palestinos, también le ha sido muy útil para fomentar el veneno chovinista y desviar la atención de jóvenes y trabajadores de otros problemas más apremiantes.

El gobierno israelí a finales de la década de los ochenta, dio un giro a su política económica y la orientó hacia el modelo de alta tecnología de Sillicon Valley. Esta orientación dio sus frutos, la inflación bajó hasta los dos dígitos (antes estaba en el 400%) y el déficit se transformó en plusvalía. En la actualidad los productos de alta tecnología representan el 80% de sus exportaciones. El PIB durante los años noventa creció a una tasa del 6% anual, y la relativa estabilidad de la región permitió reducir los gastos militares, que pasaron de representar un tercio del PIB al 10%. A este desarrollo tecnológico ayudó la llegada de casi un millón de inmigrantes rusos, muchos de ellos científicos e ingenieros.

La recesión económica

Desde 1991 a 1998 el 40% del dinero destinado a investigación y desarrollo ha ido a este sector. Muchas empresas estadounidenses como Morgan Stanley, American On Line o Bloomberg invirtieron miles de millones de dólares en empresas israelíes. Este modelo de desarrollo económico provocó nuevas contradicciones y convirtió a Israel en un país vulnerable a los vaivenes económicos internacionales, sobre todo debido a su dependencia del capital estadounidense. De hecho, Israel no podría existir sin los casi 15 millones de dólares que recibe diariamente de EEUU (5.000 millones dólares anuales). El colapso llegó en marzo de 2000, con el desplome del Nasdaq y el estallido de la burbuja tecnológica en todo el mundo. Por primera vez en una década llegaban los despidos a este sector. "Entre 500 y 600 startup, o el 20% de todas las jóvenes empresas de tecnología, cerraron sus puertas en 2001" (Ha’aretz, 4/1/02). Y para este año, según Business Week (29/4/02), cerrarán al menos otras cien empresas más. Después de diez años de crecimiento explosivo de las exportaciones de alta tecnología, software, etc., el año pasado descendieron por primera vez (un 10%, más de 1.000 millones de dólares).

La economía israelí ha experimentado su caída más profunda desde 1953. La tasa de paro es histórica, un 10,6% (un 24% entre los árabes israelíes y un 11,5% entre los israelíes), para final de año según el Ministerio de Economía la tasa de paro podría alcanzar el 14%. Durante los últimos seis meses del año pasado el PIB cayó un 5,3%, "una cifra sin precedentes en la historia israelí (...) Actualmente, Israel lleva dos años en recesión y sin síntomas de mejoría" (Ibíd.).

Además de la crisis tecnológica, hay que añadir la crisis turística (segunda fuente de ingresos del país). Por ejemplo, durante la última Pascua, la fecha de mayor afluencia turística, la ocupación hotelera estaba en el 7%, desde marzo del año pasado se han perdido más de 5.000 millones de dólares en el sector turístico. Todo esto agravado con el aumento de los gastos de defensa (13,5% del PIB).

Desigualdades sociales

La crisis económica es un desastre para los trabajadores árabes e israelíes. La sociedad no se caracteriza por la abundancia sino por las enormes desigualdades sociales. Según el Informe sobre la Pobreza de 1999 del gobierno israelí (un año antes del inicio de la recesión), la cifra de pobreza crecía de una forma alarmante. La situación es más crítica entre los palestinos, los inmigrantes, los parados y los pensionistas. La desigualdad entre los ricos y los pobres es de las mayores del mundo. Uno de cada cuatro israelíes vive por debajo del umbral de pobreza, uno de cada tres niños vive en el seno de una familia pobre. Estas cifras acaban con el mito sionista del "país de las oportunidades".

Pero la pobreza también afecta a los trabajadores porque el 40% de las 308.000 familias que viven en la pobreza, cuentan con un cabeza de familia con empleo, este dato demuestra el bajo nivel salarial que hay en el país. Existe una gran división entre una minoría de privilegiados que trabajan en el sector tecnológico, defensa, farmacia, etc., que ganan sueldos muy elevados y la inmensa mayoría que están mal remunerados; dos tercios de los asalariados cobran un salario inferior a la media nacional, sólo un 10% cobra un salario superior a esa media. Y esta situación también afecta a las capas medias, según Abraham Birnoam, presidente de la Asociación de Minoristas, 30.000 pequeños comerciantes se han unido a las filas de la pobreza.

La crisis y los costes de la guerra llevaron al gobierno a anunciar el pasado 23 de diciembre un plan económico que supondría la congelación salarial durante dos años para todos los trabajadores. Este plan incluye otras medidas draconianas. Por ejemplo se pone fin a las ayudas a las familias numerosas. Otras medidas son la subida de un 18% del gas, reducción de las subvenciones a la vivienda para las familias pobres (un 50%), una subida del 15% del agua, reducción del 4% del presupuesto para todos los ministerios (excepto Defensa), reducción de las becas... Y la reducción del subsidio del desempleo; el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales lo expresó muy gráficamente: "Los parados que dependen de los subsidios están en una situación imposible, o aceptan un empleo peligroso o se arriesgan a perder su única fuente de ingresos" (Ha’aretz, 29/4/02).

Malestar social

Durante el último año han sido muchos los sectores que se han puesto en huelga contra los ataques del gobierno y los empresarios. En los últimos meses los profesores han protagonizado varias huelgas en contra del intento del gobierno de reducir 20.000 horas de enseñanza y el despido de 1.200 profesores. El gobierno también planea el despido del 50% de los funcionarios. Y luego ha habido toda una oleada de huelgas menores como los transportistas (contra la subida del 230% del combustible), los trabajadores de las gasolineras o los trabajadores inmigrantes, todos por los mismos motivos, contra los despidos —sólo en el sector industrial han despedido a 3.000 trabajadores durante el primer trimestre— y exigir un aumento de sus salarios que cada vez son más pequeños debido a la inflación (para este año se prevé un 8-10%). Esta misma semana los trabajadores del monopolio estatal de distribución de petróleo, Pi Glilot, han anunciado que irán a la huelga ante el despido de un 20% de su fuerza laboral. También el domingo 23 de junio empezará la lucha de los trabajadores de obras públicas y así un largo etcétera.

Esta situación ha llevado al Histadrut (la principal confederación sindical israelí) a anunciar la convocatoria de una huelga general, aunque por ahora no han concretado la fecha. Este sindicato ahora está también inmerso en sus propias elecciones para elegir a la dirección, por eso muchos recelan y piensan que esta amenaza es sólo una estrategia de la actual dirección para no perder las elecciones. De todos modos, la profundización de la crisis económica y el aumento del malestar social conseguirán que el chovinismo de la clase dominante israelí cada vez sea menos efectivo entre los trabajadores y jóvenes, la masiva manifestación en mayo contra la ocupación o la negativa de los reservistas a ir a los territorios ocupados, son los primeros síntomas de lo que ocurrirá en un futuro no muy lejano.

Cisjordania: un protectorado israelí

Ahora todo indica que Israel ha cambiado de estrategia en cuanto a los territorios ocupados. Según el director general del Ministerio de Defensa, Amos Yaron, parece ser que ahora Israel se propone administrar directamente Cisjordania (El País, 23/6/02). Pero no se trata de una nueva estrategia, es la que ha seguido el gobierno israelí desde el principio; de hecho, desde siempre uno de los principales escollos en las conversaciones de paz era la salida de Israel de Cisjordania. Y desde que empezó la invasión hace unos meses —aparte de Yenín, donde intervino para aplastar a las milicias palestinas— la intervención militar israelí se ha centrado en Cisjordania y no en Gaza. También aquí hay implicaciones económicas, se trata de controlar el Jordán y sus aguas, fundamentales para la agricultura israelí, pero también controlar a su país vecino, Jordania; nada disgustaría más a Israel que la caída del rey Abdulá, no hay que olvidar que la mayoría de la población jordana es palestina y si mañana tomaran el poder representaría un serio peligro para la clase dominante israelí. Cuando Sharon habla de la creación de un Estado palestino, cada vez es más evidente que en ese plan no entra Cisjordania, donde espera crear una especie de protectorado controlado directamente por Israel —aunque la forma que adopte ese control pueda ser mediante fuerzas internacionales— y así explotar directamente sus recursos.

Ataque a los derechos democráticos

Muchos intentan presentar a Israel como uno de los estados más democráticos de Oriente Medio. Pero si se examina más de cerca la sociedad israelí comprobaremos que se trata de un régimen de apartheid, puede que toda la población tenga derecho al voto, pero existen otra serie de medidas que discriminan al 25% de la población árabe y a los trabajadores inmigrantes de otros países (rusos, filipinos, tailandeses, chinos...).

El pasado 15 de mayo se aprobaron cuatro leyes completamente antidemocráticas. Una de ellas, aparte de prohibir actos de violencia o terror a favor de la causa palestina, no dice nada del terrorismo de Estado, además prohíbe cualquier "palabra de admiración, simpatía, aliento o identificación con dichos actos". Esta ley es un ataque evidente a la libertad de expresión y de prensa. Evidentemente esta ley no va sólo contra los árabes israelíes, también va contra los pacifistas y la izquierda israelí que se está posicionando en contra de la ocupación. También se reforma la ley electoral israelí (Ley Básica–Knesset). Esta nueva ley en teoría va destinada a impedir la representación parlamentaria de las listas árabes (elimina la representación parlamentaria de una quinta parte de la población), pero en la práctica también puede impedir la presentación a las elecciones del Partido Comunista o cualquier otro partido de izquierdas que se niegue a defender el Estado judío y defienda un Estado laico.

Es evidente que la clase dominante israelí no sólo se está preparando para hacer frente a ataques procedentes del exterior, también lo está haciendo para cuando llegue el momento en que la clase trabajadora israelí diga basta ya a los ataques y al terror de la clase dominante israelí.