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Miles de trabajadores mueren en los estados sureños de Norteamérica PDF Imprimir E-mail
Escrito por María Castro   
Lunes, 05 de Septiembre de 2005 01:00
Una vez más una masacre ha conmocionado al mundo. Miles de muertos, decenas de miles de refugiados, pueblos enteros desaparecidos, miseria, destrucción y sufrimiento. Imágenes que nos recuerdan a los desastres que sufren los pueblos del Tercer Mundo, Una vez más una masacre ha conmocionado al mundo. Miles de muertos, decenas de miles de refugiados, pueblos enteros desaparecidos, miseria, destrucción y sufrimiento. Imágenes que nos recuerdan a los desastres que sufren los pueblos del Tercer Mundo, países pobres sin recursos, que tienen que recurrir a la ayuda externa para paliar los efectos terribles de las catástrofes que les afectan periódicamente. La noticia desgraciadamente no tendría más trascendencia que ocupar durante unos días las portadas y las pantallas de los principales medios de comunicación, algún que otro telemaratón para recoger fondos, para después dejar en el olvido el sufrimiento de millones de personas. Pero en esta ocasión ha sido diferente, porque esta catástrofe y esas imágenes se producen en el país más desarrollado del planeta, la principal potencia económica e imperialista, el país que concentra la mayor parte de la riqueza mundial: EEUU.

Las escenas de sufrimiento, desesperanza e impotencia han revelado ante los ojos del mundo la verdadera naturaleza del capitalismo estadounidense y, más importante aún, lo ha revelado también ante los ojos de su propia población. Ha sacado a la luz la naturaleza real de su clase dominante, la negligencia de una administración que es capaz de transportar en pocos días miles de tropas y millones de toneladas de material bélico hasta el otro lado del planeta para llevar a cabo una guerra imperialista de ocupación contra la población iraquí y defender los intereses de un puñado de corporaciones capitalistas, pero que es incapaz de llevar agua, comida y medicinas al sur de su país permitiendo que miles de personas mueran literalmente de hambre y sed. El genocidio se ha trasladado ahora al interior de casa, y los causantes han sido los mismos: el gobierno Bush y los apologetas de la economía de libre mercado.

Mientras esta horrible masacre ocurría, Bush, Cheney y compañía se encontraban disfrutando de sus vacaciones. Condolezza Rice que dos días después de la catástrofe pasaba la mañana en una zapatería de Manhattan comprando zapatos por valor de 7.000 dólares, tuvo que salir escoltada de la tienda porque algunos clientes la increparon diciendo que no tenía vergüenza. Esa misma tarde la secretaria de Estado fue a Broadway a ver una obra de teatro donde recibió un sonoro abucheo. Por su parte, Bush tardó dos días en abandonar su rancho de Texas y otros cuatro días en visitar la zona afectada, eso sí, en Louisiana no salió del aeropuerto y en Biloxi procuró que no hubiera nadie por las calles, excepto dos o tres personas perfectamente aseadas y vestidas que se abrazaron a él llorando. Su mujer Laura Bush el mismo día visitó un campamento de la Cruz Roja y cuando le preguntaron ¿por qué los pobres son siempre los más afectados? respondió sin inmutarse que eso era culpa de los desastres naturales que siempre eligen a los pobres para cebarse, algo contra lo que no se puede hacer nada.

La mayor catástrofe en la historia de EEUU

Mississippi, Alabama y Louisiana son tres de los estados más pobres de EEUU, con una tasa de pobreza del 17,9%, 15,1% y 16,9% respectivamente. Nueva Orleans (Louisiana) tiene una tasa de pobreza infantil del 40,5%. En algunas zonas las condiciones de vida se asemejan a las del Tercer Mundo. La tasa de paro en los tres estados supera en 1 ó 2 puntos la media nacional, cientos de miles de personas malvivían en chabolas de madera y caravanas que han sido arrastradas por el huracán, como fue el caso de Bond o Waveland en Mississippi que prácticamente han desaparecido del mapa. La pobreza se ceba sobre todo con la población negra que supone dos tercios de la población total y que en algunas zonas viven prácticamente en condiciones de apartheid.

El huracán no fue una sorpresa, días antes ya se sabía la gravedad de la situación y ni las autoridades locales ni las federales hicieron nada. El alcalde de Nueva Orleans se limitó a pedir que en los sermones de las iglesias del domingo se recomendara a la gente abandonar la ciudad, sin un plan de evacuación, ni medidas de emergencia. Ya se sabía que más de 100.000 personas no tenían ningún tipo de vehículo para poder abandonar la ciudad y muchos no tenían dinero para poder pagar un billete de autobús. Las autoridades se limitaron a recomendar a los que quedaban que se refugiaran en el estadio Superdome y en Centro de Convenciones, donde miles de personas estuvieron más de 4 días sin agua ni comida, en medio de la suciedad y los cadáveres como si se tratara de un enorme campo de concentración.

The Wall Street Journal, uno de los periódicos más derechistas y fervoroso seguidor de Bush publicó un artículo con un título que describe perfectamente cómo se hizo la evacuación: “La evacuación fue un modelo de eficacia, para los que tenían coche”. También la revista Znet publicó un artículo de Malik Rahim, un antiguo activista de los Panteras Negras y candidato del Partido Verde que vive en Nueva Orleans. En él relata como con los autobuses escolares podían haber evacuado a 20.000 personas pero no se hizo nada y los autobuses terminaron hundidos en el agua.

Dentro del caos, las diferencias de clase rápidamente se hicieron notar en el rescate. Gordon Russel del New Orleáns Time-Picayune señalaba “el profundo contraste entre los que han llegado al restringido acceso del New Orleáns Centre y el Hotel Hyatt, donde viven con relativo confort” vigilados por policías armados y rifles de asalto que echan a todo aquel que lleva buscando cobijo. Como relató un fotógrafo: “Mientras las masas, mayoritariamente los pobres, se hacinan en el Superdome, unos pocos bloques más allá los invitados del hotel comen paté y piernas de cordero”. Las 700 personas que allí se alojaban fueron las primeras en ser rescatadas.

Primero la propiedad privada, después salvar vidas

Hasta 4 días después de que el huracán Kratina arrasara la ciudad, no empezó a llegar ayuda a Nueva Orleáns. En ese tiempo, la administración Bush intentó desviar la atención de su incompetencia culpando a las bandas armadas que supuestamente habían sumido a la ciudad en la anarquía. Durante el segundo día incluso se suspendió las operaciones de salvamento para centrar las fuerzas en la defensa de la propiedad privada: los soldados y la guardia nacional tenían órdenes de “disparar a matar”. Es verdad que una situación de caos es normal que aparezcan elementos dispuestos a aprovecharse de la situación, pero también es cierto, como relata Malik Rahim en el artículo antes mencionado, que él vio bandas armadas formadas por los propietarios blancos dispuestos a defender sus negocios con las armas en la mano.

El periódico El País el 4 de septiembre publicaba un artículo titulado: “Canción triste en ‘Las Vegas del Sur’”, como se conoce a la ciudad de Biloxi, el principal centro turístico de Mississippi. El artículo cuenta como el sábado aparecieron “dos inmensos camiones privados dispuestos a salvar los tesoros musicales [el corsé de Madonna, la capa de Elvis, etc.,], mientras en Biloxi, a través de la radio, los vecinos inmovilizados ante la falta de gasolina, continuaban lanzando llamadas de auxilio”. Este incidente ilustra claramente el tipo de moral que defienden los capitalistas: sólo les importa la propiedad y el beneficio, aunque sea a costa de la vida de miles de personas.

En cuanto a las famosas bandas armadas que impedían las operaciones de rescate, Los Angeles Times publicaba un artículo bastante interesante sobre esta cuestión. El artículo cuenta la historia de 44 soldados de la Guardia Nacional que fueron enviados a Nueva Orleáns con el objetivo de “reconquistar la ciudad”. Su camión atravesó la ciudad en medio de calles anegadas y edificios ardiendo. Al acercarse al Centro de Convenciones, donde se hacinaban 15.000 personas, les dieron ordenes de “cargar sus rifles... pero cuando llegaron no encontraron muchedumbres merodeando por los alrededores. Nadie les disparó. Sólo encontraron personas que habían perdido todo en la tormenta y desde entonces, también su dignidad”. Algunos preguntaban que si “esa era la calma que precedía a la tormenta”, pero no ocurrió nada, no había bandas armadas, ni francotiradores en las ventanas, sólo miles de personas pidiendo ayuda.

El culpable no es Katrina

Como es habitual ante cualquier masacre de este tipo, también ocurrió con el tsunami a finales del año pasado, los grandes medios de comunicación de la burguesía intentan hacer creer a la población que nada puede detener a la naturaleza. Es una especie de fatalismo que tiene la intención de que las personas se enfrenten a este sufrimiento con resignación. Es verdad que no se puede detener un huracán ni un terremoto, pero lo que es más cierto aún es que sí existe la tecnología para prevenir y mitigar los efectos destructores de este tipo de fenómenos naturales. De la misma forma que en el caso del tsunami se hubiera podido evitar la pérdida de decenas de miles de vidas simplemente instalando un detector de maremotos que vale unos pocos millones de dólares, en el caso de Nueva Orleans también se podría haber evitado simplemente reforzando los diques e instalando un sistema adecuado de bombas y generadores.

El periódico más importante de la región, New Orleans Time-Picayune llevaba tiempo advirtiendo de la situación. En 2002 publicó un especial en cinco partes donde se pronosticaba casi todo lo que ha sucedido ahora. “Sólo es cuestión de tiempo antes de que Louisiana sea golpeada directamente por un huracán mayor.... Las tierras se están hundiendo y la costa sufre una erosión crónica... se han abierto nuevas avenidas peligrosas ante los huracanes y tormentas tropicales”.

Desde hacía años el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, el responsable del mantenimiento de los diques, venía advirtiendo de su mala situación y había pedido en repetidas ocasiones dinero para subir y fortalecer los diques, pero la respuesta del gobierno Bush fue reducir cada vez más su presupuesto, en los últimos tres años un 44,5%. ¿A dónde fue el dinero? Walter Maestri, jefe de la oficina de gestión de emergencias del sur de Louisiana respondió el año pasado en el mismo periódico: “Parece que el dinero se ha trasladado para la seguridad interior y la guerra de Iraq”.

El coste de reforzar y levantar los diques que protegían Nueva Orleáns para que resistieran un huracán de fuerza 4 o 5 (los existentes se sabía que como mucho sólo resistirían un huracán de fuerza 3) era sólo de 250 millones de dólares, lo mismo que cuesta un día de guerra en Iraq.

Esta catástrofe también ha sacado a la luz el enorme coste social y económico que la guerra de Iraq está representando para los trabajadores estadounidenses. El gobierno exageró la “anarquía” reinante en Nueva Orleáns para intentar ocultar que la lentitud de las operaciones de salvamento eran consecuencia de la falta de personal humano y equipamiento. En la actualidad el 40% de la guardia nacional de Mississippi y el 35% de Lousiana (en total 7.000 efectivos) están en Iraq. A principios de agosto la guardia nacional de Louisiana se había quejado por que su equipamiento se había enviado a Iraq (vehículos anfibios, generadores eléctricos, humvees, helicópteros...), un material imprescindible para llevar a cabo las tareas de rescate en caso de inundaciones u otro tipo de catástrofes naturales.

El alcalde de Nueva Orleáns lo expresó muy claramente: “Autorizamos 8.000 millones para Iraq sin pensarlo [...] y ahora me quieren decir que el lugar de donde procede la mayor parte de nuestro petróleo, que es un lugar donde probablemente han muerto miles de personas y miles de personas más morirán a diario, que no podemos ver la forma de autorizar los recursos que necesitamos. ¡Por favor, no se de quién es el problema, si de la gobernadora o del presidente, pero alguien tiene que espabilarse!” La solución de la gobernadora fue: ¡ rezar!

¿Y ahora qué?

El gobierno no se atreve a dar las cifras de muertos aunque ya reconoce que se contarán por miles, la Cruz Roja hizo un cálculo inicial de 45.000 muertos. Lo que sí ha hecho rápidamente la administración Bush es calcular las pérdidas económicas que superarán los 100.000 millones de dólares. La respuesta del Congreso fue aprobar un paquete de ayudas para la reconstrucción de 10.500 millones de dólares. ¿Y el resto? Bush lo dejó claro en su primera aparición ante las cámaras de televisión tras la catástrofe. Encargo a George Bush padre y a Clinton hacerse cargo de recoger dinero e hizo un llamamiento a los estadounidenses para que dieran donativos a las organizaciones de caridad como la Cruz Roja y entre otras la dirigida por Pat Robertson, el reverendo que ante las cámaras de televisión pidió que alguien asesinara a Chávez.

En una de las entrevistas le preguntaron a Bush si pediría a las petroleras que donaran parte de sus beneficios para ayudar las víctimas del huracán. La respuesta fue que no y anunció que a partir de ese momento las refinerías no tendrían que cumplir con las leyes de protección del medio ambiente y así podrían recuperar su producción más rápidamente. Además están aprovechando la catástrofe para reabrir el debate sobre la extracción de petróleo en Alaska presentándolo como una cuestión vital para la economía estadounidense.

Exxon, Shell, BP y Chevron extraen y refinan el petróleo en el Golfo de México. Se encuentran entre las siete empresas más rentables del mundo, entre las cuatro consiguieron el año pasado unos beneficios combinados de 479.000 millones de dólares. Y ¿cuál ha sido la respuesta de las petroleras a esta crisis? Subir el precio de la gasolina. Es evidente una vez más que el beneficio está por encima de la vida humana.

La catástrofe humanitaria es terrible. El 80% de la población de los tres estados no tiene electricidad (más de 5 millones de personas). Millones han perdido todo lo que tenían. Cientos de miles han tenido que irse a campos de refugiados dispersos por otros estados y sin perspectiva a corto o medio plazo de poder regresar a sus casas, condenados a vivir en unas condiciones de miseria y pobreza.

Znet publicaba el 3 de septiembre un artículo titulado Notas desde dentro de Nueva Orlean donde uno de los refugiados contaba cuál es la situación de otros tantos miles en su misma situación: “Si alguien quiere examinar la actitud de los funcionarios federales y estatales hacia las víctimas del huracán aconsejo que visitéis un campo de refugiados... En el campo al que acabo de llegar, en la I-10 cerca de Conseway, miles de personas (el 90% negros y pobres) están sentados y agachados tras las barricadas de metal, bajo un sol abrasador, rodeados de soldados armados que les vigilan. Cuando llega un autobús la policía abre una de las puertas y a toda prisa la gente se monta en el autobús, sin que nadie les diga a donde va... No puedes elegir... Hablé con los trabajadores de la Cruz Roja, con la Guardia Nacional, la policía estatal, aunque todos fueron muy amables, nadie pudo darme detalles de cuándo llegarían los autobuses ni adónde irían...”.

Según los datos aparecidos en la prensa actualmente hay casi 500.000 refugiados dispersos por todo el país alojados en albergues improvisados. A éstos habría que añadir los miles de refugiados en iglesias, hoteles, casas particulares, etc., Se trata de una catástrofe humanitaria sin precedentes para EEUU. Las grandes empresas han mostrado rápidamente su solidaridad con estas personas, empresas como Wal Mart, MacDonalds o UPS inmediatamente han ordenado que se dejen de pagar todas las nóminas de los trabajadores de estos estados, mostrando una vez más la máxima de que el beneficio es lo primero. Y el gobierno, confirmando una vez más su “preocupación” por los más pobres, anunció el sábado a través de su Secretaria de Trabajo, Elaine Chao, que el gobierno se gastará 60 millones de dólares en crear 10.000 puestos de trabajo temporales para los trabajadores evacuados de la región. Sólo en el área metropolitana de Nueva Orleans había 600.000 puestos de trabajo no agrícolas y prácticamente todos han desaparecido. ¡Mientras tanto, el gobierno estadounidense se gasta más de 200 millones diarios en la guerra de Iraq!

La realidad del “modelo americano”

Desde hace tiempo muchos economistas “liberales”, como Xavier Sala i Martín, defienden el modelo americano como un ejemplo de la prosperidad que puede alcanzar una sociedad si encara las reformas “necesarias”. Pero si de algo sirve el modelo americano para los trabajadores de todo el mundo es precisamente para demostrar la crueldad de este sistema que pone el beneficio por delante de las necesidades humanas.

El huracán Katrina ha demostrado lo que se esconde detrás de todas las mentiras que se dicen sobre la sociedad estadounidense y el “sueño americano”. Los medios de comunicación burgueses y los apologistas del sistema nos presentan una sociedad idílica donde hay una inmensa clase media que vive en bonitas casas, una población negra perfectamente integrada, los ejemplos son Colin Powell y Condoleeza Rice, y un largo etcétera de mentiras. La realidad es que la sociedad estadounidense, como ocurre en el resto de países capitalistas, es una sociedad con una profunda división de clase, gobernada por una clase dominante corrupta que nada en un lujo obsceno, mientras condena a millones de personas a la más absoluta pobreza.

Pocos días antes del huracán se publicaron los datos de la pobreza en EEUU. Según el Census Income and Poverty Release la pobreza ha aumentado por cuarto año consecutivo. En 2004 había 37 millones de pobres en EEUU (12,7% de la población), un millón más que el año anterior y seis millones más que hace cuatro años. Esta situación continuará agravándose debido a los recortes sociales que ha aplicado el gobierno Bush durante los últimos años y los que tiene proyectados para el próximo año. Esto ha llevado a que 45,8 millones de personas no tengan ningún tipo de cobertura sanitaria y esta cifra aumentará porque los nuevos recortes afectaran a los otros 79 millones de estadounidenses que dependen de los programas de ayuda federales para poder sobrevivir.

El informe también dice que “los ingresos reales de las familias llevan cinco años consecutivos cayendo, a pesar de que los últimos tres años ¾ 2002, 2003 y 2004 ¾ fueron años expansión económica. Esto a pesar de que durante estos años nuestra fuerza laboral se ha hecho mucho más productiva, desde 2000 a 2004 la producción por hora ha aumentado más del 15%”. Mientras la pobreza aumentaba al mismo tiempo también lo hacía el número de ricos. En 2004, según publicaba en mayo el Wall Street Journal, el número de millonarios creció un 21% (7,5 millones). ¡Esto es América! Pobreza y miseria para la inmensa mayoría, lujo y riquezas para una minúscula minoría.

Toda esta situación ha revelado las terribles implicaciones de veinticinco años ininterrumpidos (desde Reagan) de reacción política y social. Estos son los resultados de la destrucción de los servicios sociales esenciales, el desmantelamiento de las agencias de ayuda federales destinadas a aliviar la pobreza y los efectos del desempleo. La naturaleza del “libre mercado” ha quedado al descubierto ante millones de personas.

El único responsable es el sistema capitalista ¡Abajo el gobierno Bush!

La inmensa tragedia que actualmente están viviendo millones de personas en EEUU marcará un punto de inflexión en la conciencia de los jóvenes y trabajadores estadounidenses. Ahora es evidente que el saqueo de Iraq iba acompañado del saqueo a los propios trabajadores en casa. Antes de la catástrofe la oposición a la guerra de Iraq había ganado terreno y más del 53% de los norteamericanos no estaban de acuerdo con la política del gobierno Bush. No es casualidad el efecto que ha tenido la acampada de Cindy Sheenan frente al rancho tejano de Bush durante el mes de agosto y que levantó una oleada de simpatías por todo el país: en un solo día se celebraron más de 1.400 vigilias contra la guerra. Y esto sólo acaba de empezar. Muchos estadounidenses empiezan ya a relacionar el coste de la guerra con la situación social y económica que están padeciendo. El 4 de septiembre El País recogía las declaraciones de uno de los refugiados: “Si tuviéramos los helicópteros y los hospitales de campaña en nuestro país y no en Iraq o Afganistán no estaríamos muriendo como animales”. Incluso los medios de comunicación, antes de esta catástrofe, empezaban a cuestionar también la presencia de EEUU en Iraq.

La oposición a la guerra y a la política antisocial del gobierno Bush irá en aumento. El próximo 12 de septiembre hay convocadas movilizaciones en apoyo a las víctimas del huracán y el 24 de septiembre hay convocada una marcha en Washington ¾ es el día en Seenhan tiene previsto acampar frente a la Casa Blanca ¾ . Es muy probable que ambas jornadas movilicen a decenas de miles de jóvenes y trabajadores contra el gobierno reaccionario de Bush.

La clase dominante estadounidense es consciente de las implicaciones que tiene esta situación y no es casualidad. Como ocurrió después de las elecciones, que Bush saliera apelando a la “unidad nacional” e insistiendo que “no era el momento de hacer política” muestra el temor a la creciente polarización política del país. La clase dominante norteamericana pretenderá echar arena a los ojos de los trabajadores apelando a los sentimientos patrióticos ya la necesidad de cerrar filas para asistir a los damnificados. Mentiras y más mentiras, como hicieron hace dos años para justificar la intervención en Iraq. Pero dará igual. Katrina sólo será un catalizador de un proceso que ya se estaba desarrollando y que alcanzó su máxima expresión en las elecciones presidenciales que demostraron la gran fractura social que existía en el seno de la sociedad estadounidense.

El tsunami, Katrina y otros desastres naturales demuestran que la auténtica catástrofe para la humanidad es el sistema capitalista. Un sistema que sólo piensa en conseguir el máximo beneficio a costa de la vida y el sufrimiento de millones de personas en todo el mundo.

Bush y compañía llevan años realizando una masiva campaña propagandística para convencer a los jóvenes y trabajadores estadounidenses que están rodeados de enemigos (Bin Laden, Castro, Chávez, Irán...), pero esta catástrofe ha demostrado la realidad, que el verdadero enemigo de los trabajadores estadounidenses está en casa, sentados en los despachos de los consejos de administración de las grandes empresas, ocupando el despacho oval de la Casa Blanca, las oficinas del Pentágono, su verdadero enemigo es el capitalismo y hoy, en los inicios del siglo XXI, las palabras de Engels cobran más sentido que nunca: “socialismo o barbarie”.

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