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De la Revolución de Febrero a las Jornadas de Julio. La experiencia del reformismo

la ausencia de una dirección y un programa claros, la clase obrera entregó la dirección de los sóviets a los partidos reformistas -menchevique y socialrevolucionario-, que no habían jugado ningún papel en los acontecimientos de febrero pero que de cara a los trabajadores representaban la línea de menor resistencia para conseguir sus reivindicaciones fundamentales: paz, pan y tierra.
La clase obrera, los campesinos, los oprimidos se sentían dueños de sus destinos por primera vez. La característica más nítida de una revolución, la entrada de las masas en política, la participación, podía sentirse en las ciudades y pueblos rusos. El zar había sido derrocado, ¿y ahora qué?, ¿qué pasaba con la guerra?, ¿y con la tierra?, ¿la escasez, las 8 horas, etc.?, ¿quién tenía que realizar esas tareas, los sóviets o el gobierno provisional -es decir, qué carácter tenía la revolución-?
Los sóviets dirigidos por los partidos conciliadores (reformistas) habían pasado el poder al gobierno provisional burgués, para ellos la situación era clara: esta revolución es burguesa, las tareas y la dirección han de ser burguesas; una lógica aplastante... para las tareas de un niño en párvulos. Semejante análisis pronto seguiría su propia lógica: todo lo que no sea el programa de la burguesía es contrarrevolucionario. El primer objetivo del gobierno provisional era restablecer el orden, su orden, y proseguir la guerra, todo lo demás tendría que esperar. Como siempre para la burguesía y, sobre todo, para sus representantes en el seno del movimiento obrero, es decir, los dirigentes reformistas de cualquier época: "ahora no es el momento, más adelante".
Las masas desconfiaban del Gobierno provisional burgués. Sin embargo, después de febrero, la burguesía no podía ejercer el poder del Estado porque no tenía ejército ni policía: éstos estaban fusionados con las masas, y de hecho, estaban controlados por los sóviets. Para mantenerse tenía, por un lado, que hacer concesiones, y por otro, apoyarse en los dirigentes reformistas. Así, la continuación de la guerra imperialista se disfrazó de defensismo: "para defender la revolución es necesario defender Rusia contra el agresor alemán". "El gobierno tiene que buscar una paz justa". Por supuesto, los dirigentes conciliadores dijeron amén al programa de la burguesía.

El regreso de Lenin y ‘Las Tesis de Abril'

Lo contradictorio de la situación era la actuación de la dirección bolchevique en Rusia, que no estuvo a la altura de las circunstancias en los primeros compases de la revolución. Años de lucha contra corriente, represión, exilio y deportaciones, unido a lo aparentemente paradójico de que la revolución hubiera estallado en el país más atrasado de Europa -visto desde un esquema rígido, una revolución socialista en la Rusia zarista no tenía mucho sentido, lo lógico hubiera sido verla en Inglaterra o Francia-, pillaron a contrapié a toda una capa de viejos bolcheviques, que no entendían cuál era la situación en ese momento. Como diría la vieja bolchevique Ludmila Stal en la conferencia del partido del 14 de abril: "Antes de llegar Lenin, los camaradas erraban todos ciegos, entre tinieblas, no había más fórmulas que las de 1905; veíamos que el pueblo obraba por su propia cuenta. Nos limitábamos a preparar la Asamblea Constituyente por el procedimiento parlamentario y no creíamos posible ir más allá".
En la práctica, la dirección bolchevique iba a la zaga de la menchevique. En Pravda se puede leer: "la misión fundamental consiste... en la instauración del régimen democrático republicano". En la reunión del Soviet de Petrogrado, de 400 diputados, sólo votan en contra de la entrega del poder al gobierno provisional 19, cuando los bolcheviques contaban con 40 delegados. Sin embargo, los obreros bolcheviques demostraron un instinto revolucionario mucho más certero que la dirección, como ya hicieran en febrero. En el barrio de Viborg, a iniciativa de estos obreros, se vota en contra de la entrega del poder al gobierno provisional, aunque es vetada por la dirección bolchevique de Petrogrado.
La postura esquemática, rígida, antimarxista, de los viejos bolcheviques se verá más nítidamente tras volver del destierro en marzo Kámenev y Stalin, quienes se hacen cargo de la dirección de Pravda e imprimen un giro aún más derechista. En el manifiesto bolchevique A los pueblos del mundo aprobado el 14 de marzo se puede leer: "mientras el soldado alemán obedezca al káiser, el soldado ruso debe permanecer en su puesto, contestando a las balas con balas y a los obuses con obuses. Nuestra consigna no debe ser un ‘¡Abajo la guerra!' sin contenido. Nuestra consigna debe ser ejercer presión sobre el gobierno provisional con el fin de obligarle... a tantear la disposición de los países beligerantes respecto a la posibilidad de entablar negociaciones inmediatamente... entre tanto, todo el mundo debe de permanecer en su puesto de combate". ¡Cuántas veces en la historia la dirección revolucionaria no ha estado a la altura y no ha visto la revolución ante sus ojos hasta que ha sido demasiado tarde!
Únicamente Lenin parecía ver claro el proceso. Lenin, quien veía el marxismo realmente como una guía para la acción, no como una colección de fórmulas para aplicar en según qué circunstancias de laboratorio. El 6 de marzo Lenin, exiliado en Zurich, y separado de Rusia por un continente en guerra, telegrafiaba: "Nuestra táctica: desconfianza absoluta, negar todo apoyo al Gobierno provisional...; no hay más garantía que armar al proletariado". Hasta abril no conseguiría Lenin un medio para llegar a Rusia: el famoso tren blindado.
Nada más llegar presenta sus tesis elaboradas en el exilio: Las Tesis de Abril. Fueron presentadas únicamente en su nombre y muy mal acogidas por la dirección de Pravda. De hecho, Lenin sería acusado de trotskista por sus propios compañeros, pues las ideas de Las Tesis de Abril enlazan directamente con la teoría de la revolución permanente de Trotsky.
El programa de Lenin se resumía en las siguientes consideraciones:
· La guerra es imperialista, de rapiña. Es imposible acabar con ella, con una paz democrática, sin derrocar el capital.
· La tarea de la revolución es ahora poner el poder en manos del proletariado y los campesinos pobres. Ningún apoyo al gobierno burgués. No a la república parlamentaria. Volver a ella desde los sóviets es un paso atrás.
· Los bolcheviques están en minoría. Deben por tanto desarrollar una paciente labor de esclarecimiento y propaganda.
· Nacionalización de todas las tierras del país y su puesta en manos de los sóviets locales de braceros y campesinos. Nacionalización de la banca bajo control obrero.
· Celebrar inmediatamente un congreso del Partido. Construir una Internacional revolucionaria, rompiendo con la Segunda Internacional.
Esto chocaba directamente con la concepción de la revolución que tenía la dirección bolchevique en Rusia. De hecho, a la pregunta de Lenin de "por qué aún no se ha tomado el poder", dirigentes como Kámenev contestaban que "la revolución burguesa aún no había acabado". Los viejos bolcheviques se enrocaban en esa posición -"si hasta entonces había sido correcta, por qué cambiar", suponemos que debieron pensar algunos-. Lenin apelará a las bases bolcheviques, a los obreros, soldados y mujeres que con su instinto revolucionario y sus tradiciones militantes habían dirigido innumerables focos revolucionarios en febrero, y para quienes las ideas que planteaba Lenin enlazaban directamente con su experiencia, con sus aspiraciones y constituían un programa claro y por el que merecía la pena luchar.
Lenin luchó firmemente contra la teoría menchevique de las dos etapas: primero la revolución burguesa, que el proletariado debe apoyar, y cuando ésta acabe, preparar, en un futuro indeterminado, la lucha por el socialismo. En realidad, durante la revolución el proletariado, junto con los soldados (en su mayoría campesinos), habían establecido un embrión de Estado obrero paralelo, y a través de los partidos conciliadores lo habían subordinado a la burguesía. Lenin no aplicó viejas fórmulas como su consigna de "dictadura democrática de obreros y campesinos" que como él mismo reconocía estaba superada por los acontecimientos, sino la teoría marxista que exige tener en cuenta todos los procesos objetivos. Armar al pueblo, esclarecer los errores, eliminar las concepciones reformistas de la revolución y, sobre todo, "explicar pacientemente" para ganar la mayoría de la clase obrera eran las tareas inmediatas. En la conferencia del partido celebrada a finales de abril quedarían asumidas las Tesis de Lenin como programa de los bolcheviques.

La experiencia del gobierno provisional y el doble poder

El poder del gobierno provisional burgués existía sólo sobre el papel. No tenía la fuerza para imponer la política que necesitaba la burguesía. Por otro lado, los sóviets pasaban de ser órganos de vigilancia y fiscalización a órganos de gobierno, desplazando a los representantes locales del gobierno "oficial" por todo el país de manera completamente natural y, la mayor parte de las veces, sin esfuerzo alguno. Decretaban la jornada de ocho horas, dirigían las tareas de subsistencias y abastecimientos, el transporte y hasta las cuestiones judiciales. Y todo ello reglamentándolo, con nuevas normas y leyes. Paradójicamente, al frente de estos organismos se hallaban la mayor parte de las veces los partidos conciliadores, que se indignaban contra la consigna de los bolcheviques "todo el poder a los sóviets".
El nudo gordiano de la dualidad de poderes surgida de la revolución de febrero está en que, por una parte, la clase obrera y el campesinado no son conscientes de que tienen el poder en sus manos a través de los sóviets, porque sus dirigentes se niegan a tomarlo, y por otra parte la burguesía no es lo suficientemente fuerte para liquidarlo e imponer de nuevo su dominio absoluto. Una situación así es esencialmente temporal. O vence la revolución o la contrarrevolución, la sociedad no puede soportar esa tensión en su seno mucho tiempo.
Constantemente chocaban los problemas y las aspiraciones de las masas con la política reformista de "dejar hacer a la burguesía porque ésta es una revolución burguesa". El nivel de vida empeoraba día a día, la reforma agraria y el reparto de la tierra, la convocatoria de una Asamblea Constituyente auténticamente democrática, la guerra, que llevaba hasta límites insoportables todas las contradicciones existentes en la sociedad, todos estos problemas se agravaban de semana en semana.
Durante los meses que transcurrieron de febrero a octubre, esta situación se irá desarrollando: la clase obrera y el campesinado probarán a sus dirigentes en el marco de una revolución, en el marco de una guerra imperialista, las mayores pruebas a que se pueden someter programas, organizaciones e individuos.
La guerra imperialista en la que la Rusia zarista participaba continuaba, la burguesía utilizó a mencheviques y socialrevolucionarios para darle un barniz de "defensa de la revolución". La burguesía rusa necesitaba demostrar a los imperialistas franceses y británicos que controlaba la situación. Tras la caída del zar, los imperialistas eran aliados poderosos. La guerra se convirtió en uno de los mejores argumentos para debilitar el proceso revolucionario. Todo quedaba subordinado a la victoria en la guerra: consolidar la revolución, la subida de salarios, el reparto de la tierra, la convocatoria de la Asamblea Constituyente, etc. Los regimientos más revolucionarios eran enviados al frente y apartados del movimiento de la ciudad. Con estos objetivos, el gobierno provisional y el Comité Ejecutivo de los Sóviets fijan una ofensiva en el frente de Finlandia para los primeros días de julio.
El intento de calmar el descontento de las masas a través de un gobierno de colaboración con la inclusión de seis ministros socialistas en el gabinete burgués en el mes de junio, verá pronto su fracaso. Los conciliadores se movían permanentemente en esa contradicción con la burguesía: al mismo tiempo que le entregaban el poder no podían hacerlo por completo, puesto que un gobierno puramente burgués no sería tolerado por las masas. La situación de doble poder, la convivencia de los sóviets con el gobierno de la burguesía se hace cada vez difícil de sostener.
Una vez más será en Petrogrado, corazón y punta de lanza de la revolución, donde se exprese el choque entre revolución y contrarrevolución. Se organizan mítines en fábricas y regimientos, que expresan el estado de ánimo de las masas y demandan acción. Obreros, soldados y campesinos, intentan resolver sus problemas a través de luchas aisladas, intentando sin éxito suplir el papel que los sóviets deberían jugar y no juegan por la dirección conciliadora.

Las Jornadas de Julio

En junio se celebró el primer Congreso de los Sóviets, en su desarrollo se comprobó el creciente apoyo a los bolcheviques entre los obreros y soldados de Petrogrado y su menor influencia en el resto de Rusia. Esto creaba una contradicción que antes o después tenía que expresarse.
El gobierno mandó clausurar un local del sóviet de la barriada de Viborg, la más combativa de la capital y donde los bolcheviques tenían más fuerza. La provocación estalló como una bomba en mitad del Congreso, y los bolcheviques anunciaron una manifestación de protesta. El Congreso la prohibió. Los bolcheviques no querían preparar una insurrección que sería prematura y, ante el veto opuesto por el congreso conciliador, no iban a convocar una manifestación que originaría una semiinsurrección sin preparación. Envalentonados, sectores de los conciliadores plantearon la guerra total contra el bolchevismo y así, el ministro menchevique Tsereteli pidió desarmar a los bolcheviques, lo que en la práctica significaba desarmar a los obreros, ya que los bolcheviques no tenían ningún depósito propio de armas. Sin embargo, la mayoría de los conciliadores se dieron cuenta de que habían ido demasiado lejos y de que estaban perdiendo base social. Después de contradecir a Tsereteli, convocaron una manifestación para el 18 de junio, con el objetivo de demostrar su fuerza y dejar claro el aislamiento de los bolcheviques entre las masas.
Sin embargo, la manifestación del 18 de junio dejó las cosas claras para todo el mundo sobre quién tenía más fuerza en la capital revolucionaria. Más de 400.000 participantes, obreros y soldados, columna tras columna, portaban en sus carteles y pancartas todas las consignas bolcheviques: "¡Abajo los diez ministros capitalistas! ¡Abajo la ofensiva! ¡Todo el poder a los sóviets!". Como relata Trotsky en Historia de la Revolución Rusa: "la manifestación del 18 de junio produjo una tremenda impresión sobre los propios manifestantes. Las masas vieron que el bolchevismo se convertía en una fuerza, y los vacilantes se sintieron atraídos hacia él. Moscú, Kiev, Jarkov, y otras muchas ciudades las manifestaciones pusieron de relieve los avances del bolchevismo".
Después de la manifestación del 18 de junio, los trabajadores no entendían por qué no se hacía nada si habían demostrado que el gobierno no tenía apoyo en la calle, incluso los anarquistas comenzaron a ganar audiencia, conectando con los sectores más impacientes que querían pasar a la acción. El 3 de julio unos cuantos miles de ametralladores irrumpen en la reunión de los comités de compañía de Petrogrado, eligen un presidente propio y exigen que se discuta inmediatamente la cuestión de la insurrección. Rápidamente se eligen delegados encargados de recorrer fábricas y regimientos en demanda de apoyo. Los obreros deciden en diferentes asambleas de fábrica apoyar a los soldados. La manifestación en la que la espina dorsal son los ametralladores armados va creciendo en la medida en que se incorporan fábricas que paralizan su actividad y nuevos regimientos.
Una parte de los regimientos envían una delegación al Comité Central Ejecutivo de los bolcheviques con las siguientes demandas: separación de los diez ministros burgueses, todo el poder al sóviet, suspensión de la ofensiva, confiscación de las imprentas de los periódicos burgueses, nacionalización de la tierra, control de la producción. A las siete de la tarde se paraliza completamente la actividad industrial de la ciudad y avanza una multitudinaria manifestación. Se han iniciado las Jornadas de Julio. ¿Cuál era la actitud de los bolcheviques? El 21 de junio se podía leer a Lenin en Pravda "...nos hacemos cargo de la amargura, de la excitación de los obreros de Petrogrado. Pero les decimos: compañeros, en estos momentos la acción sería nociva". ¿Pero no era acaso esto lo que estaban esperando los bolcheviques, qué las masas rompieran definitivamente con cualquier esperanza con el gobierno de la burguesía? Además, la influencia de los bolcheviques ha crecido, si en abril llegaba a una tercera parte de los obreros, ahora a principios de julio, tienen en la sección obrera del sóviet cerca de las dos terceras partes de los delegados.
Pero la revolución no era sólo Petrogrado, los obreros y soldados de la capital no tenían en cuenta que para la victoria de la insurrección era necesario el apoyo de las provincias y del frente. Los bolcheviques comprendían que hacía falta más tiempo, que había que tener una visión de conjunto de todo el país. Y hablaron honestamente a las masas. Junto con los artículos de Pravda, agitadores bolcheviques recorrían fábricas y regimientos haciendo un llamamiento a la calma esperando el mejor momento para garantizar el éxito de la insurrección. Eran recibidos incluso con abucheos por obreros y soldados, que se preguntan si no serían iguales que los conciliadores. Sin embargo, llegado el momento decisivo, cuando las masas se pusieron en marcha, no eludieron su responsabilidad. Kámenev, dirigente bolchevique explicaba: "Nosotros no hemos incitado a la acción; pero las masas populares se han lanzado a la calle por propia iniciativa... Y puesto que las masas han salido, nuestro sitio está junto a ellas... Nuestra misión consiste ahora en dar al movimiento un carácter organizado".
El Comité Ejecutivo ilegaliza la manifestación y busca batallones leales para aplastar el movimiento. Una tarea nada fácil, puesto que la mayoría de regimientos de Petrogrado se unirán al movimiento o permanecerán neutrales hasta ver el desenlace. El 4 de julio, una multitudinaria manifestación de 500.000 personas recorre Petrogrado. A diferencia del 18 de junio, la manifestación va armada, es más compacta y tiene un marcado carácter de clase, ya no se ven estudiantes, funcionarios, médicos, abogados y maestros, que de forma tan entusiasta participaron en anteriores manifestaciones. Bajo la consigna "¡todo el poder a los soviets!", la manifestación se dirige al palacio de la Táurida, sede del sóviet. No se trata de una manifestación contra el sóviet, su objetivo es exigir al Comité Ejecutivo que asuma todo el poder. Como explica Miliukov, dirigente burgués, cuando los manifestantes de julio llegaron al Palacio de Táurida, sede del sóviet, un obrero gritó furioso acercando el puño a la cara de Chernov, ministro de Agricultura del gobierno provisional y miembro del Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado: "¡Toma el poder, hijo de perra, pues te lo dan!".
Mientras los obreros y soldados intentan someter al sóviet a su voluntad, los conciliadores, siguen negándose a tomar el poder que las masas intentan arrebatar a la burguesía para poner en sus manos. Todo lo contrario, siguen su búsqueda de destacamentos "leales" que aplasten el levantamiento, que califican de contrarrevolucionario.
La reacción, utilizando provocadores, dispara contra la manifestación, intentando desencadenar un conflicto armado que justifique la intervención armada de regimientos que venían desde el frente en "auxilio" de los dirigentes conciliadores del soviet. La burguesía y los reformistas necesitan una excusa para ahogar en sangre cualquier expectativa revolucionaria. Pacientemente, militantes bolcheviques consiguieron una disolución pacífica de la manifestación. A las cuatro de la madrugada del 5 de julio termina el movimiento, los últimos obreros y soldados que no han abandonado el palacio de Táurida son desarmados y en algunos casos retenidos por tropas llegadas desde el frente. El movimiento de obreros y soldados, al encontrarse con la resistencia incluso armada, del organismo al que querían dar el poder, quedan desorientados. La jornada se saldó con seis muertos y veinte heridos.
En el resto del país el movimiento fue muy limitado, llegando a unas pocas ciudades que, una vez finalizado el movimiento en Petrogrado, volvieron rápidamente a la normalidad. Las guarniciones del ejército fuera de Petrogrado no respondieron salvo en casos aislados, dejando el camino libre a la reacción; en Petrogrado, una vez finalizado el movimiento, los batallones que se mantuvieron neutrales se colocaron del lado del Comité Ejecutivo conciliador. La intervención del partido bolchevique no evitó esta derrota pero fue decisiva para que no se convirtiera en una derrota total.
Utilizando la derrota de estas jornadas unido al desplome de las tropas en el frente el 6 de julio, la burguesía junto con los conciliadores acusan a los bolcheviques de actuar como colaboradores de los imperialistas alemanes, intentando desencadenar una ola de chovinismo que utilizan para ajustar cuentas con los bolcheviques. El local del partido bolchevique en el  palacio Tchesinskaya fue asaltado, su imprenta destruida, los redactores apaleados y detenidos. Lenin, Zinóviev, Kollontai, Trotsky, Lunacharski y más dirigentes fueron acusados de traición y reclamados para ser detenidos y juzgados. Lenin tuvo que pasar a la clandestinidad. Trotsky fue encarcelado.
La contrarrevolución se sentía fuerte y preparaba el alzamiento definitivo para aplastar a la clase obrera y sus organizaciones. Sin embargo, la ola de chovinismo y reacción no duró mucho. Dialécticamente, las Jornadas de julio, aun saldadas con una derrota, demostraron a las masas que, por una parte no era tan fácil tomar el poder, y por otra que ya no era posible seguir por la senda de febrero. De nuevo, y en pocas semanas, la clase obrera y los soldados volvían a encontrar en los militantes bolcheviques a sus mejores compañeros de lucha, encarnando tradiciones y audacia revolucionaria. La confianza en las ideas y la capacidad revolucionaria de la clase obrera, la ligazón a los comités obreros y los regimientos de soldados más avanzados, permitieron al partido bolchevique superar esta situación y afrontar la siguiente prueba de la revolución: el intento de golpe de Estado de la burguesía encarnado en el levantamiento de Kornílov en agosto.
Trotsky escribiría después: "el semialzamiento de julio, que surge precisamente en la mitad del período comprendido entre la revolución de Febrero y la de Octubre, cierra la primera etapa y viene a ser un ensayo general de la segunda".