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Reformismo, anarquismo y marxismo frente a la cuestión del Estado PDF Imprimir E-mail
Escrito por Raquel E. Andreu   
Jueves, 05 de Julio de 2007 14:02
En El Militante del mes pasado abordamos el nacimiento y papel del Estado, demostrando cómo su supuesta independencia de la sociedad es más aparente que real y que el aparato de jueces, policías, Parlamento e instituciones existen para defender los intereses de la clase dominante. Una vez analizado esto ahora la cuestión es la siguiente: ¿Se puede acabar con el Estado burgués? ¿Es necesario destruirlo o se puede reformar? ¿Qué le sustituirá cuando sea abolido? Reformismo, anarquismo y marxismo han intentado responder a estas preguntas, pero sólo el marxismo ha demostrado en la práctica que su teoría del Estado es una herramienta útil para la transformación de la sociedad.

En El Militante del mes pasado abordamos el nacimiento y papel del Estado, demostrando cómo su supuesta independencia de la sociedad es más aparente que real y que el aparato de jueces, policías, Parlamento e instituciones existen para defender los intereses de la clase dominante. Una vez analizado esto ahora la cuestión es la siguiente: ¿Se puede acabar con el Estado burgués? ¿Es necesario destruirlo o se puede reformar? ¿Qué le sustituirá cuando sea abolido? Reformismo, anarquismo y marxismo han intentado responder a estas preguntas, pero sólo el marxismo ha demostrado en la práctica que su teoría del Estado es una herramienta útil para la transformación de la sociedad. 

Reformar el Estado, una utopía reaccionaria

El 11 de septiembre de 1973 el pueblo chileno sufrió el golpe de Estado encabezado por Pinochet e impulsado por la burguesía chilena y el imperialismo norteamericano. Semanas antes el propio Allende, presidente de Chile por el Partido Socialista, había dado toda su confianza a Pinochet, sin imaginar el papel que éste jugaría después. ¿El error de Allende fue haber elegido mal quién debía ser jefe del ejército chileno? Obviamente la elección de Pinochet fue un grave error pero esta decisión revelaba un problema más general, más de fondo. Allende creía que era posible impulsar un cambio profundo de la sociedad sin que ese proceso de transformación hacia el socialismo chocase con el ejército, el parlamento, el sistema judicial y todas las formalidades y trucos legales con los que la burguesía ha aprendido a blindar sus intereses a lo largo de siglos. Es verdad que se llegó a nacionalizar empresas importantes como la industria del cobre, pero no se expropió al conjunto de la burguesía. Además, esas nacionalizaciones se quedaban a mitad de camino ya que el control no era efectuado de forma centralizada y planificada por la clase obrera. En realidad para poder hacer esto, los comités que se formaron en las fábricas, pueblos y ciudades, universidades, etc., debían haber confluido en un congreso, en un poder centralizado.
El control de la propiedad, del armamento y del poder político, la trilogía esencial, la base del triunfo de cualquier revolución, en realidad los resortes necesarios para cualquier clase que aspire a organizar la sociedad en función de sus intereses, se quedó a medio camino, y la clase dominante, en cuanto se sintió fuerte recuperó todo su poder. Incluso en los casos de intentos más profundos, más honestos y más sacrificados, como fue el encabezado por Allende, la teoría reformista de que con pequeños cambios en el sistema y en el Estado capitalista se puede ir transformando lentamente la sociedad hasta llegar a una sociedad más justa, se ha descubierto como una utopía reaccionaria.

¿Abolición del Estado el día después de la revolución?

A diferencia de los reformistas, el anarquismo es bastante tajante ante la cuestión del Estado: la revolución proletaria debe acabar con cualquier Estado, cualquier tipo de poder, sea de una minoría o de una mayoría y constituir inmediatamente después el Comunismo Libertario. Los hechos ocurridos a partir del levantamiento obrero revolucionario en Barcelona contra Franco fueron la mayor oportunidad histórica que tuvieron los dirigentes anarquistas de aplicar su teoría del Estado.
El 19 de julio de 1936, allí donde el golpe fascista fue derrotado, la clase obrera y el campesinado se convirtieron en los verdaderos dueños de la sociedad mientras que las instituciones burguesas pasaron a una vida fantasmal.  En Barcelona la revolución llegó muy lejos: hasta las mismísimas puertas de la Generalitat. Los líderes anarquistas, acompañados por un gran número de trabajadores, entraron en el palacio y el entonces president Companys les preguntó qué iban a hacer con el poder que acababan de conquistar. La respuesta de Abad de Santillán, dirigente anarquista presente en ese momento, fue la siguiente: "nos felicitó Companys por la victoria. Podíamos ser únicos, imponer nuestra voluntad absoluta, declarar caduca la Generalitat e instituir en su lugar el verdadero poder del pueblo; pero nosotros no creíamos en la dictadura cuando se ejercía contra nosotros y no la deseábamos cuando la podíamos ejercer nosotros en daño de los demás. La Generalitat quedaría en su puesto con el presidente Companys a la cabeza..." (citado en Jalones de derrota, promesa de victoria de G. Munis).
¡Impresionante! ¡Los dirigentes anarquistas prefirieron no tomar el poder para no entrar en contradicción con su teoría, pero a costa de devolverle el poder a la burguesía! Tenían a los obreros armados, habían vencido a los capitalistas, pero el Comunismo Libertario seguía sin aparecer. En cambio, el hecho de no haber tomado el poder dio la posibilidad al estado burgués moribundo de ir revitalizándose muy lentamente hasta que reconstruyó parte de su aparato estatal maltrecho por la revolución: más guardias civiles, de asalto y carabineros que empezaron a reprimir a los sectores más combativos de la retaguardia en las ciudades.
Si los dirigentes anarquistas hubieran organizado los comités-gobierno surgidos por todas partes (barrios, fábricas, etc.) en un congreso, primero en toda Catalunya que sirviera como ejemplo al resto del Estado, el cual eligiera un mando único para la defensa de la revolución, mando revocable en cualquier momento y sometido al control de los comités, la burguesía se hubiera visto desposeída políticamente de instrumentos contrarrevolucionarios. La situación que se creó fue curiosa: económicamente se expropió a la burguesía, pero políticamente el poder no se derribó completamente; ese halo de vida que le quedaba al Estado burgués ayudó a recuperar más tarde sus propiedades expropiadas.
De la revolución del 19 de julio surgió el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), que podía haberse convertido en el pilar fundamental del poder obrero. Pero, lejos de eso, el CCMA estaba formado por partidos y organizaciones políticas, obreros y burgueses, algunos sin ninguna fuerza en la calle. En realidad el CCMA se constituyó como la nueva Generalitat, o sea mantenía su esencia burguesa, era una especie de Gobierno Provisional como el de febrero de 1917 en Rusia.
A pesar de que la CNT era la mayor fuerza, fue incapaz de entender el papel que debía jugar. En muchos pueblos donde se declaró el Comunismo Libertario en realidad eran los comités-gobierno locales que se habían constituido en poder proletario, en embriones dispersos de Estado obrero. Y es que el instinto de la base de la CNT, formada por la flor y nata de la clase obrera, llegó mucho más lejos que su dirección, la cual no supo estar a su misma altura.

Estado obrero: la transición al socialismo

"La dinámica de su defensa contra la explotación y la opresión política capitalista lleva en una etapa de lucha aguda a la adopción de formas orgánicas susceptibles de transformarse en la base de un nuevo Estado".
G. Munis, Jalones de derrota, promesa de victoria.

Los comités-gobierno, igual que los sóviets en Rusia, se convirtieron en un poder paralelo al poder burgués. Esto en sí mismo es una bofetada a la teoría anarquista del Estado, pues las masas han creado estos organismos para sustituir al orden burgués.
Si la dirección del movimiento obrero comprende esto, podrá llevar a la victoria a los trabajadores, como consiguieron los bolcheviques. Éstos hicieron conscientes a los sóviets de que su papel no era el de ser un poder paralelo al gobierno provisional burgués de Kerenski sino la de ejercer como verdadero y único poder de las masas obreras y campesinas. Para ello era necesario destruir el Estado capitalista y sus instituciones. Cuando los sóviets entendieron por su experiencia lo que los bolcheviques les habían  repitido durante ocho meses, tuvo lugar la insurrección y la toma del poder. En este gobierno obrero, Estado obrero, como decía Engels: "el proletariado comienza por convertir los medios de producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y antagonismo de clase y, con ello, el Estado como tal" (citado por Lenin en El Estado y la Revolución).
Por tanto, el marxismo parte de la necesidad de abolir el Estado burgués, pero éste debe ser sustituido por algo, por un Estado obrero que irá desapareciendo, diluyéndose hasta su extinción, convirtiéndose la sociedad en una verdadera sociedad socialista. El porqué de la necesidad de un poder político es que la burguesía no donará el poder a los trabajadores sin antes luchar con uñas y dientes. En 1919 veintiún ejércitos extranjeros invadieron el territorio de la revolución rusa para cortarle la cabeza al joven Estado obrero. La organización del Ejército Rojo era vital para defender la revolución a la vez que la economía se ponía al servicio de la defensa de la revolución. Un ejército son hombres armados, sólo que esta vez no para defender la propiedad privada sino colectiva. Por tanto, una sociedad que necesita un ejército para defenderse necesita un Estado, aunque sea temporalmente. El tiempo de existencia se acortará cuanto más se desarrollen las fuerzas productivas, de ahí la necesidad de expropiar la economía y planificarla democráticamente y extender la revolución internacionalmente pues la superación definitiva del socialismo sobre el capitalismo sólo se puede concebir con la utilización racional de todos los recursos mundiales.
El control de los trabajadores sobre el su propio Estado y su participación en general en las tareas de gestión y decisión política en todos los ámbitos de la vida social está directamente relacionado con el tiempo disponible, es decir, con la reducción de la jornada laboral. Las tareas del Estado que antes sólo podían ser llevadas a cabo por burócratas "especializados" se agilizarán y se simplificarán gracias a los avances técnicos y podrán ser realizadas por todo el pueblo de forma rotativa: "si todos somos burócratas nadie lo será" como decía Lenin. Además, otra medida para evitar la burocratización será que los representantes serán elegidos y también podrán ser revocables y su salario no será superior al de un obrero cualificado. Todo esto junto al pueblo en armas será un antídoto contra la burocratización.
Evidentemente esas medidas son básicas, pero el socialismo requiere de una extensión de la revolución a nivel internacional para evitar que ese Estado se aísle y se burocratice como sucedió en la URSS. Esa será nuestra tarea en el próximo período y, armados con esta teoría y el potencial revolucionario de nuestra clase, no cabe duda de que lo conseguiremos.

El estado burgués y su aparente dependencia

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