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I. Teoría y práctica del anarquismo (3) PDF Imprimir E-mail
Escrito por El Militante   
Miércoles, 22 de Enero de 2003 01:00
Surgimiento del anarcosindicalismo

La persistencia del anarquismo en algunos países como España se explicaba menos por razones socioeconómicas —señaladas anteriormente— y cada vez más por motivos de tipo político. Los dirigentes de los partidos socialistas de la I Internacional y de la II Internacional giraron a la derecha abandonando el marxismo que originalmente les había inspirado. Adoptaron actitudes y políticas que provocaban un rechazo cada vez mayor entre los trabajadores. Muchos dirigentes socialistas apoyaron a la burguesía en los momentos decisivos, como en la I Guerra Mundial. Cayeron en el cretinismo parlamentario, abandonando la lucha de clases y renunciando definitivamente a la transformación socialista de la sociedad.

Ese fenómeno supuso un enorme balón de oxígeno para el anarquismo que, aun cayendo en políticas equivocadas, podía presentar a muchos de sus dirigentes libres de pasteleos con la burguesía. Esto se produjo en el caso del Estado español, que fue el último país en el que el anarquismo tuvo una influencia de masas.

Sin embargo en la medida en que el anarquismo tuvo un apoyo más masivo entre los trabajadores asalariados —y no en el productor individual, su clase ‘natural’— tuvo que desechar, más en la práctica que en el lenguaje, sus postulados originales.

Era insostenible estar en contra de la organización sindical cuando ésta resultaba ser la tendencia más natural y primaria de la clase obrera cuando empezaba a participar como clase. Los planteamientos anarquistas sufrieron un vuelco en un sentido: mientras que los bakuninistas, y en general los partidarios originarios de la “acción directa”, rechazaban el sindicalismo porque aceptaba “pactos” con la burguesía y ninguna acción era revolucionaria si no tenía como objetivo inmediato la abolición del Estado, los anarcosindicalistas contraponían el sindicalismo, como una actividad legítima, a la actividad política, que permanecía en el campo de lo prohibido, por ‘autoritario’.

Pero la aceptación de la organización sindical de una forma abierta, esa concesión al campo del ‘autoritarismo’, no dejaba el anarquismo a salvo de sus contradicciones inherentes, sino que las agudizaba todavía más. En la medida en que el anarcosindicalismo pudo influir verdaderamente en la clase obrera sufría cada vez más sus presiones y también las de la burguesía. Conscientes de su enorme peso numérico, la no participación en las elecciones se hacía cada vez más incomprensible. Había que tomar posturas políticas frente a los acontecimientos nacionales e internacionales. El terrorismo individual y la lucha sindical sabía a poco a una clase que empezaba a sentir, intuitivamente, su peso específico en la sociedad.

La aversión a la participación en la política podía tener cierta aceptación sólo en la medida en que la clase obrera no podía jugar aún un papel decisivo; este rechazo tenía bases firmes mientras la política era percibida como una pelea por arriba, entre distintas facciones de la clase dominante —como así ocurrió desde mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XX, con la sucesión pactada en el gobierno de conservadores y liberales— en la que los trabajadores, dispersos, sólo eran los invitados de piedra.

El anarquismo y la

revolución española

El proceso revolucionario que sacudió el Estado español en los años 30 fue una prueba de fuego para todas las tendencias políticas del movimiento obrero, incluidos los anarquistas que tenían entonces una influencia masiva entre los trabajadores, a través de la CNT.

En este documento es imposible analizar a fondo las lecciones de la II República y la guerra civil española de los años 30, pero es muy ilustrativa la postura de la CNT en la cuestión electoral y la participación en el gobierno para el tema que estamos tratando.

La postura tradicional de la CNT era el abstencionismo electoral. Desde un punto de vista marxista, la transformación socialista de la sociedad nunca será obra del parlamento sino de la acción revolucionaria directa de las masas trabajadoras. Eso no significa que desde el punto de vista de la lucha en la calle, desde el punto de vista de las tareas prácticas de la clase obrera en su camino hacia la revolución, “dé igual” quién esté en el gobierno, ni que consideremos negativa “por principio” la participación de los trabajadores en unas elecciones.

Para ilustrar la idea anterior con un ejemplo, podemos remontarnos a la época del Bienio Negro. Las circunstancias concretas en las que se celebraron las elecciones de 1933 fueron de extrema polarización. Por un lado se presentaba la extrema derecha, ansiosa de ganar las elecciones para poder reforzar la ofensiva contra el movimiento obrero desde el gobierno y, por otro lado, el PSOE y otras fuerzas menores de la izquierda en aquel momento, como el PCE. Sin duda la política del PSOE desde 1931 había sido decepcionante para millones de trabajadores y campesinos pero, con todo, había una diferencia abismal con los enemigos directos y viscerales de la clase obrera, que eran los partidos encabezados por Gil Robles.

Sin embargo la CNT defendió activamente la abstención y el apoliticismo, hecho que tuvo su efecto en el movimiento obrero que era donde los anarquistas tenían influencia.

Pocos días antes de las elecciones Tierra y Libertad declaraba: “¡Trabajadores! ¡No votéis! El voto es la negación de vuestra personalidad. Volved la espalda al que os pida vuestro voto, es vuestro enemigo, quiere encumbrarse a costa de vuestra candidez. (...) Para nosotros todos son iguales, porque igualmente enemigos nuestros son todos los políticos. (...) Nuestros intereses son únicamente el trabajo, y éste lo defendemos sin necesidad del Parlamento. (...) Ni republicanos, ni monárquicos, ni comunistas, ni socialistas. (...) No os preocupe el triunfo de las derechas ni de las izquierdas en esta farsa. Aquí no hay más que derechas recalcitrantes. La única izquierda auténticamente revolucionaria es la CNT, y por serlo, no le interesa el Parlamento, que es un prostíbulo inmundo donde se juega con los intereses del país y de los ciudadanos”.

La campaña abstencionista de la CNT no sirvió para plantear ninguna alternativa revolucionaria a los dirigentes del PSOE y no impidió la victoria de la CEDA y abrir paso al Bienio Negro, caracterizado por la feroz represión contra el movimiento obrero y campesino, así como la recuperación por parte de los ricos de muchas de las conquistas arrebatadas con la lucha en el periodo anterior.

La postura de la CNT causó enormes tensiones en el propio movimiento anarquista, y en general en el movimiento obrero, que se reflejaron en el cambio de postura en las elecciones de febrero de 1936. De una forma mucho más correcta que antes criticaron el programa del Frente Popular, pero no recomendaron la abstención. La probable liberación de los presos políticos anarquistas y de izquierdas encarcelados durante el Bienio Negro, si ganaba el Frente Popular, era una prueba práctica de que la participación electoral, en aquellos momentos, no entraba en contradicción en absoluto con las tareas de la Revolución. En un contexto de extrema polarización entre las clases, seguir defendiendo que daba igual la “derecha o la izquierda”, o que “nosotros no necesitamos gobierno”, hubiera sido un precipitado suicidio para el movimiento anarquista.

Diego Abad de Santillán, en su libro Por qué perdimos la guerra*, explicó cómo desde las primeras elecciones “las derechas se acercaron con medio millón de pesetas para que realizásemos la propaganda antielectoral de siempre”. Efectivamente, el abstencionismo político de la CNT, lejos de ser una posición “apolítica”, se encuadraba perfectamente en los objetivos políticos de la burguesía en aquellos momentos.

Poco después de las elecciones de febrero de 1936 la burguesía organizó el levantamiento militar del 18 de julio, que fue respondido por los trabajadores de forma heroica. Decenas de miles de obreros en todo el Estado asaltaron los cuarteles, sofocando el golpe en las principales ciudades, tomando el control de las empresas y en general de la vida del país. Como los marxistas explicaron en aquel periodo, y especialmente León Trotsky, la victoria contra el fascismo en la guerra estaba estrechamente vinculada al triunfo de la revolución socialista en el campo republicano. A pesar de que de hecho los trabajadores tenían el control de la situación los restos del Estado burgués aún no habían desaparecido. La política seguida por el Frente Popular, por los dirigentes del PSOE y del PCE, era la de “primero ganar la guerra y luego hacer la revolución”. Todo su empeño se orientó a reconstruir el maltrecho Estado burgués y destruir los elementos de poder obrero que se habían creado en toda la zona republicana, especialmente en Catalunya.

Para esa reconstrucción era necesaria una legitimación por la izquierda que sólo podían ofrecer los dirigentes de la CNT, menos desgastados que los dirigentes del PSOE y del PCE. Salvo honrosas excepciones, como la de Buenaventura Durruti, los dirigentes de la CNT cayeron en la trampa, justo en el momento más decisivo. Ya en agosto de 1936 la CNT participa con el PNV, un partido declaradamente burgués y de derechas, en la Junta de Defensa Vasca, sin que esa ruptura con la línea anterior mereciera una explicación en la prensa anarquista. Después participa en el gobierno de la Generalitat en Catalunya, con los partidos de la burguesía catalana y finalmente participa en el gobierno central con cuatro ministros, en un momento en que los líderes estalinistas deciden pasar a la ofensiva y liquidar los órganos de poder obrero que todavía subsistían desde la insurrección del 19 de julio.

En esencia los dirigentes de la CNT habían abandonado la perspectiva de la revolución social (por utilizar un término del lenguaje anarquista) en el mismo momento en que ésta se estaba produciendo y más que nunca era necesaria una actitud firme y decidida en este sentido. ¡Todos las radicales frases contra “los gobiernos” no impidieron su participación en él precisamente cuando éste estaba suspendido en el aire por la propia acción de los trabajadores! ¡Precisamente cuando la preocupación fundamental de ese gobierno era aniquilar el poder de los trabajadores en la calle!

“La entrada de la CNT en el gobierno central es uno de los hechos más trascendentales que registra la historia política de nuestro país. De siempre, por principio y convicción, la CNT ha sido enemiga antiestatal y enemiga de toda forma de gobierno.

“Pero las circunstancias... han desfigurado la naturaleza del gobierno y del Estado español.

“El gobierno en la hora actual, como instrumento regulador de los órganos del Estado, ha dejado de ser una fuerza de opresión contra la clase trabajadora, así como el Estado no representa ya el organismo que separa a la sociedad en clases. Y ambos dejarán aún más de oprimir al pueblo con la intervención en ellos de elementos de la CNT”*. Así se expresaba Solidaridad Obrera, principal órgano anarcosindicalista, para justificar una política que en muy poco se diferenció del estalinismo y del reformismo.

Con la conformidad de los ministros de la CNT se aprobaron decretos que estipulaban la disolución de los comités obreros formados en centenares de ciudades y pueblos sustituyéndolos por la vieja administración burguesa. Asimismo se aprobó un decreto que suprimía los controles en las carreteras y en las entradas de los pueblos establecidos por esos comités transfiriendo sus funciones a las fuerzas al Ministerio de Gobernación.

Lo peor es que esta actitud por parte del gobierno no podía pillar por sorpresa a los dirigentes de la CNT. En un artículo escrito varios años después de la guerra, Federica Montseny, una de las principales dirigentes de la CNT y que participó como ministra en el gobierno afirmaba que “Sabía, sabíamos todos, que a pesar de que el gobierno no era, en aquellos momentos, gobierno, que el poder estaba en la calle, en manos de los combatientes y de los productores, el poder [gubernamental] volvería a coordinarse y a consolidarse y, lo que es más doloroso y terrible, con nuestra complicidad y con nuestra ayuda, devorando moralmente a muchos de nuestros hombres”**.

Estas palabras encierran el reconocimiento de la total bancarrota de los dirigentes anarquistas sometidos a la prueba de la revolución.

Es precisamente en los momentos de revolución y contrarrevolución, cuando las clases sociales actúan desplegando todas sus energías, cuando se revelan con más fuerza que nunca las tendencias ideológicas fundamentales, desapareciendo el envoltorio y los aspectos formales con los que se podían presentar en tiempos de relativa paz social. Así, en el conflicto real entre las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución los postulados acerca del ‘Individuo’ y la ‘Autoridad’ quedaron relegados, cada vez más, a un cascarón vacío de contenido.

Pero tanto la política como la naturaleza aborrecen el vacío. Ese vacío sólo podía ser rellenado en aquel momento por el “realismo” tras el que se escondían los estalinistas y los reformistas, con su programa a favor de reconstruir el Estado burgués y no molestar a las potencias occidentales, o con una alternativa revolucionaria que defendiese consolidar el poder de los trabajadores sobre la base de los comités de obreros y soldados, su coordinación estatal y la defensa de un programa revolucionario que pasara por la expropiación de la propiedad capitalista, el control obrero de la producción y la extensión de la revolución a Europa y el norte de África. Lo que quedó claro en esos acontecimientos decisivos fue que el apoliticismo anarquista no sirvió ni para combatir al fascismo, ni para construir una alternativa revolucionaria al reformismo y al estalinismo.

Para el marxismo no se trata de analizar si la política es buena o mala en general. Lo único que se puede decir de la política en general es que si tú no vas a ella, ella viene a ti. En el campo de la acción, de la lucha de clases, el apoliticismo no existe más que como una variante reaccionaria de la política.

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