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¿Hacia dónde va Cuba? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jordi Rosich   
Domingo, 16 de Marzo de 2008 05:58

El anuncio de Fidel Castro de que no iba a continuar como presidente de Cuba, por razones físicas y de edad, y la elección de Raúl Castro como máximo representante del país ha vuelto a situar el debate sobre el futuro de la revolución cubana en el primer punto del orden del día.

El anuncio de Fidel Castro de que no iba a continuar como presidente de Cuba, por razones físicas y de edad, y la elección de Raúl Castro como máximo representante del país ha vuelto a situar el debate sobre el futuro de la revolución cubana en el primer punto del orden del día.
La importancia de esta cuestión es evidente. La restauración del capitalismo en Cuba, que es una posibilidad real aunque no la única, supondría un colapso brutal de los niveles de vida e indicadores sociales en la isla, además de un duro golpe para los sectores más avanzados de la clase obrera y de la juventud no sólo en América Latina, sino en el mundo entero. Asistiríamos a una nueva edición de la campaña ideológica de la clase dominante basada en una nueva "prueba" de que cualquier sociedad basada en algo distinto al capitalismo está condenada irremisiblemente al fracaso.

Desde 1959, con el triunfo de la revolución, y sobre todo desde el momento en que se nacionalizaron todas las empresas extranjeras y nacionales y se suprimió el capitalismo en la Isla, en 1962, Cuba ha sido una fuente de preocupación para el imperialismo norteamericano. La resistencia de la revolución cubana a las devastadoras consecuencias económicas de la caída de la URSS y los demás regímenes del Este europeo a partir de 1991, con quienes Cuba mantenía el 80% de sus relaciones comerciales destacó aún más a Cuba como un símbolo de lucha antiimperialista y anticapitalista.

La heroica resistencia durante el ‘Periodo Especial'

Hay varias razones que explican la resistencia que ha tenido la revolución cubana a la restauración capitalista durante tanto tiempo: los avances sociales derivados de la planificación económica, la conservación del espíritu revolucionario en un sector importante de la población y de aquellos que participaron en posiciones de dirección, la propia hostilidad del imperialismo, etc. A estos factores de carácter objetivo hay que añadir, sin duda, el papel individual que jugó Fidel Castro en varios momentos críticos de la historia reciente de Cuba. El marxismo no excluye la capacidad de los individuos de interferir en los procesos históricos, lógicamente dentro de unos límites. Uno de estos momentos claves fue cuando atajó con firmeza las tendencias abiertamente procapitalistas que se estaban desarrollando en la economía como consecuencia de las medidas tomadas durante el llamado Periodo Especial, a mediados de los 90, como la legalización de centenares de miles de negocios privados o el margen de autonomía dada a ciertas empresas estatales para operar con dólares, decidir sobre las inversiones y poder importar y exportar directamente.
Dichas medidas, que pudieron servir para salir del paso en una situación de catástrofe económica como la que se abrió en 1991, acabaron siendo una amenaza para la revolución y sus conquistas sociales, y una amenaza también a la autoridad de los propios dirigentes de la revolución. Un alto ejecutivo de una empresa turística extranjera comentaba, en 2004: "Hasta los funcionarios más leales admiten que la apertura de pequeños espacios a la iniciativa privada y la descentralización empresarial favorecieron un nuevo ‘modo de pensar' más interesada en el dinero que en la ideología, y las autoridades han entendido que esto, junto a la corrupción, es un cáncer más peligroso para la revolución que los misiles de EEUU" (El País, 9-06-2004). Fue en aquel contexto que Fidel Castro, el 17 de noviembre de 2005, en un discurso pronunciado en la Universidad de La Habana, advertía que la revolución no tenía garantizada su irreversibilidad y que el principal peligro era interno, mencionando la corrupción y la burocracia como principales amenazas. Esa idea es absolutamente correcta y está relacionada con el carácter transitorio de la sociedad y del Estado cubano. La economía nacionalizada y planificada es un tremendo avance en relación al capitalismo, pero en la medida que la revolución no supere sus límites nacionales, es inevitable que se generen tendencias, externas e internas, que socavan las bases políticas y económicas de la revolución. Como le ocurrió desde el principio, la revolución se ve obligada a avanzar para no retroceder. A pesar de que lo peor del Periodo Especial ha pasado, el derrumbe de los llamados países del Este rompió definitivamente con la posibilidad de que la sociedad cubana pudiese mantener una estabilidad y un status-quo indefinido.
Hay que partir de lo más elemental y concreto: Cuba es un pequeño país, con una economía relativamente atrasada y con una inserción en la economía mundial gravemente afectada por la desa-parición abrupta de sus socios comerciales y por una feroz política de embargo económico por parte de EEUU. Lo que resulta verdaderamente impresionante es que, en estas condiciones, la revolución haya podido mantenerse hasta ahora. Esto ha sido posible no sólo por sus conquistas sociales sino por sus enormes reservas políticas de apoyo entre las masas. El ejemplo más claro lo tuvimos en el referido Periodo Especial en el cual el pueblo cubano, a pesar del hambre, del colapso del transporte, de los apagones y de la carencia de recursos para cualquier tipo de actividad económica, resistió y mantuvo viva la llama de la revolución. En un contexto de enormes penalidades y de fuertes presiones, la autoridad moral de la dirección de la revolución, particularmente de Fidel Castro, y la conservación de un espíritu combativo en las masas fueron los factores decisivos. Una de las claves para superar aquella durísima prueba fue el predominio del sentimiento colectivo frente a las tendencias a buscar una salida individual y la cristalización de intereses abiertamente capitalistas.
Es muy importante valorar este punto: si en Cuba no se produjo una restauración capitalista en los 90 fue por factores políticos y no económicos: las masas se crecieron ante la adversidad, el recuerdo de las etapas heroicas de la revolución emergieron a la superficie, existía una gran autoridad moral y política de los dirigentes y en ellos prevaleció la decisión de resistir al capitalismo en lugar de ceder a sus presiones. Los factores puramente económicos no eran muy alentadores: subsistir bajo mínimos era la única perspectiva a corto y medio plazo. A pesar de ello la revolución sobrevivió, revelando una gran cantidad de reservas acumuladas.

El carácter ‘reversible' de la revolución

En realidad, la economía de cualquier país que ha roto con el capitalismo pero que todavía no ha podido romper su aislamiento, inevitablemente se tiene que mantener en un equilibrio inestable en el que el peligro de restauración capitalista existe. Es decir, la revolución tiene un carácter "reversible". Mientras la revolución no consiga un apoyo externo es perfectamente legítimo maniobrar, ceder en determinados aspectos, ganar tiempo, etc., siempre que no se pierda de vista el aspecto central: la conciencia de las masas, la necesidad de mantener y alimentar sus miras amplias, su sentido colectivo de hacer frente a las adversidades, su "orgullo plebeyo", como diría Trotsky, su espíritu internacionalista. Si falla este aspecto, y sobre todo si la voluntad de mantener viva la llama de la revolución falla por arriba, la revolución queda gravemente comprometida.
Por supuesto, en este equilibrio inestable en el que tiene que resistir la revolución los factores internacionales pesan, para bien o para mal. La irrupción de la revolución venezolana, en el marco de un profundo giro hacia la izquierda en todos los países de América Latina, volvió a situar la lucha por el socialismo como una perspectiva viable, influyendo también a sectores en la cúspide del movimiento que actúan guiados por el empirismo.
Las medidas recentralizadotes tomadas al inicio de la actual década en Cuba (limitaciones a los negocios privados y a la autonomía de las empresas estatales, la prohibición del dólar) no son ajenas al profundo cambio que se produjo en el panorama político latinoamericano.
En Cuba, antes de la enfermedad de Fidel Castro, se aprobó a propuesta suya inscribir el carácter socialista de la revolución en la constitución; se lanzó una durísima campaña contra la "contaminación capitalista" y se depuraron muchos casos de corrupción en funcionarios de la alta administración económica del Estado, demasiado mimados por los regalos de las empresas extranjeras y el contacto con las divisas; eran claras señales para navegantes.
Sin embargo, a pesar de dichas medidas y por encima de los giros coyunturales hacia un lado o hacia otro, la carcoma de la contrarrevolución ha seguido operando de manera imperceptible, pero muy extensa y profunda. La escasez, la permanencia de la doble circulación monetaria (que implica cobrar el salario en pesos y tener que comprar muchos productos en CUC, cuyo valor es 24 veces mayor), ha generalizado el hábito de "resolver", es decir, recurrir al mercado negro para comprar y vender. Obviamente, cuanta más amplia sea una responsabilidad económica de un administrador, mayor es su margen para "resolver". En el pasado, esta práctica tenía el contrapeso del sector más consciente y comprometido con la revolución, así ocurrió en los momentos más duros del Periodo Especial. Hoy este contrapeso prácticamente no existe, y todo el mundo ha asumido que "resolver" es una medida completamente legítima. Esto a su vez ha provocado un colapso de la productividad del trabajo, ya que el poder adquisitivo del salario se reduce a su mínima expresión. La expectativa de salida individual ha ganado terreno sobre la colectiva, que solo se puede sostener sobre una compresión política internacionalista irradiada constantemente por la dirección, y por la participación efectiva de la población en todas las esferas de la actividad económica y social. Incluso con una orientación correcta en este sentido las masas no pueden mantenerse en una tensión tan alta, sacrificando el presente por el futuro por tiempo indefinido. Finalmente, si las expectativas de profundo cambio social no se materializan, la rutina, el escepticismo, el individualismo y la despolitización acaban ganando terreno.
Lo que hace particularmente peligrosa la situación en Cuba desde el punto de vista de los intereses de la revolución es que los cambios que se están propiciando por arriba tienen un carácter claramente liberalizador y se enmarcan en un contexto en el que los diques de contención contra las tendencias procapitalistas están muy erosionados, por los factores apuntados anteriormente.

Lo que anuncia y se espera de Raúl Castro

Raúl Castro, desde que asumiera una mayor relevancia política en la dirección del país, a raíz de la enfermedad de Fidel Castro, ha proyectado una imagen de ser un "pragmático" más preocupado por la eficiencia económica que por la política. Es lo primero que comenta un cubano medio, sobre todo si es taxista o está en disposición de poder alquilar su casa. Fidel es más "idealista", se preocupa más "por la política" y "los asuntos internacionales" y Raúl es más sensible a los "problemas cotidianos y concretos de la gente".
Es significativo que en su primer discurso como presidente del país, el 24 de febrero, no hiciera ni una sola mención a la revolución venezolana, cuyo destino es sin duda determinante para el pueblo cubano y su revolución. En este mismo discurso Raúl Castro apuntó algunas medidas de calado económico y político muy importante. Vinculó "cualquier cambio referido a la moneda" con que "el nivel de vida de cada cual esté en relación directa con los ingresos que recibe legalmente, es decir, con la importancia y cantidad de trabajo que aporte a la sociedad". Esa última frase encierra en realidad dos ideas distintas. Se sugiere que los ingresos legales serán suficientes como para no tener que recurrir a negocios fuera de los cauces legales (y tal vez que algunos de estos negocios se legalicen) pero sugiere también una mayor legitimación de la desigualdad salarial, en función de "la importancia y cantidad de trabajo que aporte a la sociedad". En una economía de transición los incentivos monetarios son ciertamente necesarios. Pero la manera más efectiva de aumentar la productividad del trabajo y combatir el robo y la corrupción es que los trabajadores mismos se sientan dueños (como clase, no como individuos) de los medios de producción y participen en la toma de decisiones que les afectan. Esto sólo se puede conseguir con un auténtico control obrero y participación de los trabajadores en la gestión de la economía.
También relaciona los "cambios en la moneda" (todo el mundo entiende con eso una subida del poder adquisitivo del peso frente al CUC, es decir, una subida del poder adquisitivo de los salarios) con el futuro de "las gratuidades y los millonarios subsidios que actualmente suponen numerosos servicios y productos distribuidos de forma igualitaria, como los de la libreta de abastecimiento, que en las actuales condiciones de nuestra economía resultan irracionales e insostenibles".
También anunció en su discurso la eliminación del exceso de prohibiciones y regulaciones en las próximas semanas, empezando por las más sencillas. Todo el mundo sabe que se refiere a viajes al extranjero, determinados negocios, etc. Otra de las medidas anunciadas anteriormente es una mayor liberalización de la producción agrícola privada que comercia a precios de mercado.
Estas medidas son armónicas con la política de "perfeccionamiento empresarial" impulsada por Raúl Castro hace ya varios años, primero en las empresas ligadas al ejército y luego extendidas a todas las empresas públicas cubanas, cuyo objetivo fundamental es la "eficiencia".
No hay espacio para profundizar en el calado que pueden llegar a tener estas medidas, pero es evidente que todas apuntan hacia una "apertura" de la economía y a la potenciación de incentivos monetarios en función de la eficiencia y de la rentabilidad. Por supuesto la eficiencia es fundamental en cualquier economía, incluida una economía nacionalizada. La cuestión está en determinar en qué punto crítico los criterios de eficiencia, combinados con otros factores políticos e intereses sociales, pueden llevar finalmente al descarrilamiento de la revolución por el camino de la restauración gradual del capitalismo, como ha ocurrido en China.
Es público y notorio que el modelo chino, que no es un "modelo de socialismo" sino un modelo de capitalismo, ejerce un gran atractivo sobre determinados sectores de la dirección política cubana. De hecho, la consideración de que "medidas de mercado" son necesarias para "perfeccionar el socialismo" se ha hecho bastante común en una amplia capa de economistas cubanos, incluso entre muchos de aquellos que, honestamente, ven con horror la posibilidad de una Cuba capitalista.
Todos estos factores han creado una opinión general, muy arraigada en la población, de que se pueden preservar sin problemas todas las conquistas de la revolución, como la sanidad y la educación gratuita, el coste casi irrisorio de la vivienda, el gas, la luz y otras necesidades básicas, con medidas liberalizadoras que traigan "lo bueno del capitalismo". De ese modo, aunque la revolución cubana mantiene una gran reserva de apoyo y sus conquistas son apreciadas por la población, existe una gran dosis de ingenuidad y se aprecia un gran desarme ideológico frente a la dinámica que pueda conllevar en el futuro medidas liberalizadores más profundas que comprometan seriamente estas conquistas.
Por otro lado, en sí mismo, el crecimiento de la economía cubana, que ha sufrido una profunda transformación en los últimos años, no evita el peligro de la restauración. Encarrilado por un contexto político y social determinado el crecimiento económico puede acentuar los procesos de diferenciación social que luego lleven a que el sector que más se ha beneficiado de él exija una adaptación del sistema político a sus intereses particulares. Con toda la cautela que hay que tener con lo que publica la prensa burguesa sobre Cuba, es significativo el dato según el cual al conglomerado de empresas controladas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) se le atribuye el 89% de las exportaciones, el 59% de las ganancias procedentes del turismo y el 66% de las ventas en divisas (La Vanguardia, 26-2-2008).

Según un artículo titulado ‘Situación actual y perspectivas', publicado en una revista cubana orientada a los inversores extranjeros, "el sector turístico sin duda ha ejercido una notable influencia sobre la economía nacional en los últimos 17 años (1990-2007). Los ingresos captados por esta actividad crecieron ocho veces, en tanto que los visitantes lo hicieron en seis y las habitaciones en tres. La demanda de insumos nacionales en este sector ha pasado del 18% en 1990 a más del 68% en 2007, lo que ha influido notablemente sobre la industria, las construcciones, el transporte y otras ramas productivas y de servicios". El sector terciario tenía un peso del 77,1% de la economía en 2006 frente al 57% que tenía en 1989. En el mismo periodo la industria ha pasado del 33% al 18,2% y la agricultura del 10% al 4,7%. Hoy, más del 70% de los ingresos externos, más del 60% de la ocupación y más del 60% de las inversiones se generan en esta esfera de servicios (Cuba Foreign Trade, 3/2007).
La dinámica y las proporciones adquiridas por determinadas ramas de la producción, que pueden competir más fácilmente en el mercado mundial, no necesariamente van en la misma dirección de los intereses de la mayoría de la población y de reforzar las bases sociales de la revolución. Por ejemplo, el escaso desarrollo agropecuario provoca que el 80% de los productos necesarios para la canasta básica deban ser importados, con el consiguiente encarecimiento. Evidentemente una economía bloqueada se ve obligada a tomar medidas que maximicen sus ingresos en divisas, pero ahí entra un aspecto central para que toda economía planificada funcione: la participación consciente de la clase obrera en la toma de decisiones. Sin ella, no es difícil imaginar cómo se pueden cristalizar intereses sociales divergentes, sobre todo una economía tan débil y tan sometida a las presiones del mercado mundial como la cubana. Según la misma revista citada,  "hasta la década de los 80 las operaciones de comercio exterior estaban concentradas entre 30 y 50 empresas estatales. Al cierre de 2006 más de 360 empresas estaban autorizadas a realizar operaciones y sociedades mercantiles de capital cubano o de capital mixto". Teniendo en cuenta la importancia que tiene el monopolio del comercio exterior en una economía planificada, cuanto menos, es chocante la afirmación que hace la revista después de hacer un repaso sobre la normativa relacionada con el tema: "Por lo tanto, en el comercio con Cuba rige el principio de autonomía de la voluntad de las empresas, con las que hay que negociar directamente sin intervención de otras instancias administrativas o de gobierno".
Otro factor a tener en cuenta en toda la situación es la actitud del imperialismo. Un sector se ha dado cuenta perfectamente que ante el sistemático fracaso de intentar derrocar la revolución por la vía directa lo mejor es levantar el embargo y dejar que las relaciones de orden capitalista se incuben y se desarrollen en la isla, propiciando en un momento determinado las condiciones para una vuelta definitiva al capitalismo. Esta es la apuesta del periódico norteamericano The Washington Post. Representantes tan significativos de la burguesía española como Carlos Solchaga, apuestan también por la vía indirecta, con la esperanza de que la apertura económica acabe derivando en medidas como la libertad de contratación asalariada y la formación de empresas privadas.

Un futuro por decidir

Con todo, el futuro de la revolución no está escrito. Hemos señalado los peligros que acechan la revolución porque pensamos que es un deber revolucionario y la única manera de encontrar una forma de preservar y profundizar en las conquistas de la revolución cubana. Una revolución que, por otro lado, cuenta con enormes reservas de apoyo, reales y potenciales, basadas en sus sectores más conscientes. Existe un enorme fermento político en Cuba, un fermento que apuntará en varias direcciones cuya resultante final aún no está determinada. El despertar revolucionario del continente latinoamericano, la crisis económica del capitalismo mundial están tocando fibras muy importantes en la sociedad cubana.
Los medios de comunicación burgueses están ansiosos por utilizar cualquier elemento de crítica o de tensión en la Isla para proclamar "la bancarrota de la dictadura de Castro" y el inicio de "transición a la democracia". ¡Cuánto cinismo! Los mismos cubanos tienen una buena muestra de la "democracia occidental" en la base militar de Guantánamo.
En su desesperación por detectar "síntomas inminentes" del fracaso del socialismo se ven obligados a manipular el sentido de las críticas de los estudiantes de la Universidad de Ciencias de la Información de la La Habana (UCI) divulgadas en un vídeo, y que han creado una enorme expectación tanto dentro como fuera de Cuba. Algunos medios incluso "informaron" que los estudiantes "habían sido detenidos". Nada de esto sucedió. Eran mentiras deliberadas de los medios de comunicación burgueses. Lo más interesante de toda la cuestión relacionada con los estudiantes de la UCI es que todas sus críticas y preguntas se hacían, como ellos mismos remarcaron, desde el punto de vista de la defensa de la revolución y del socialismo. Muchas de sus propuestas, deliberadamente ocultadas en los medios de comunicación burgueses, iban en el sentido de establecer un mayor control y participación de la población sobre los planes económicos y sobre sus representantes políticos. Todo esto demuestra que muy a pesar de los años de inercia y de rutina, existen bases para el desarrollo de genuinas ideas revolucionarias y socialistas, que sin duda encontrarán también un fuerte punto de apoyo en aquellos sectores más veteranos de la revolución que aún no han dicho su última palabra. Otro ejemplo de ello es la extraordinaria reunión de conmemoración de la Revolución de Octubre en la Universidad de La Habana, en la que los 500 estudiantes presentes acabaron cantando la Internacional.
En última instancia el futuro de la revolución cubana tiene un programa basado en dos puntos centrales: la participación directa de las masas en la vida política y económica del país y la extensión de la revolución socialista en otros países del mundo. No hay terceras vías. No existe "socialismo de mercado", ni "capitalismo de rostro humano"; ni existe ninguna alternativa a la democracia obrera, la economía planificada y el internacionalismo que no sea el sistema capitalista en putrefacción. La restauración del capitalismo en Cuba supondría una regresión tan brutal para la sociedad cubana que el Periodo Especial parecería un verdadero paraíso. Basta mirar lo que está ocurriendo en El Salvador, en Honduras, en Guatemala o en Haití, donde la criminalidad, la brutalidad represiva y la degradación moral y económica son dueñas de la sociedad. Ese es el camino que también están emprendiendo los países capitalistas desarrollados.
La suerte de la revolución cubana aún no está determinada y dependerá en última instancia de la audacia y la claridad teórica y política de todos aquellos que desean un futuro sin clases, sin privilegios y comandado por la mayoría de la sociedad en beneficio de esa inmensa mayoría. Este futuro es posible y está en nuestras manos.

¡Viva la revolución cubana!
¡Viva el socialismo!
¡Viva la clase obrera
y el internacionalismo!

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