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El 7 de marzo se celebraron las segundas elecciones legislativas en Iraq desde la invasión de Estados Unidos. A raíz de este hecho y de la relativamente elevada participación (un 62%, según los datos oficiales), se ha instrumentado una campaña propagandística mundial, sobre la por fin conseguida estabilidad democrática en el país mesopotámico. Obama calificó las elecciones como "un hito importante en la historia de Iraq". Sin embargo, los al menos 35 muertos por atentados ese mismo día (sólo en Bagdad, también hubo atentados en Mosul, Faluya, Bacuba y Samarra), y la no aceptación de los resultados por el propio Gobierno, han helado la sonrisa en la cara de los señores imperialistas.

El 7 de marzo se celebraron las segundas elecciones legislativas en Iraq desde la invasión de Estados Unidos. A raíz de este hecho y de la relativamente elevada participación (un 62%, según los datos oficiales), se ha instrumentado una campaña propagandística mundial, sobre la por fin conseguida estabilidad democrática en el país mesopotámico. Obama calificó las elecciones como "un hito importante en la historia de Iraq". Sin embargo, los al menos 35 muertos por atentados ese mismo día (sólo en Bagdad, también hubo atentados en Mosul, Faluya, Bacuba y Samarra), y la no aceptación de los resultados por el propio Gobierno, han helado la sonrisa en la cara de los señores imperialistas.
Es un sarcasmo oír los términos "elecciones libres en Iraq". ¿Qué libertad puede haber en un país ocupado por 150.000 soldados y decenas de miles de mercenarios privados, y acosado por multitud de fuerzas oficiales y paramilitares sectarios? ¿En un país con el mayor número de refugiados del mundo (cuatro millones, sin contar los desplazados internamente), dos millones de muertos fruto de la ocupación, tres millones de viudas, ocho millones de huérfanos...? Un país al que el imperialismo le ha impuesto un feroz proceso de división sectaria, de aparatos burocráticos corruptos vinculados a etnias, religiones y clanes.
Sobre ese "hito importante" (Obama dixit) pende un gran interrogante. El primer ministro saliente, Nuri al-Maliki, del histórico partido chií Daua, ha exigido que se haga un nuevo recuento, descontento con los resultados provisionales. Éstos, contra todo pronóstico, dan la victoria (por pocos votos) a la coalición al-Iraquiya, del chií laico Iyad Alaui. La situación en estos momentos es tensa. Las palabras de al-Maliki son esclarecedoras: "yo, como el funcionario ejecutivo responsable de redactar y poner en práctica la política del país y como comandante en jefe, pido a la IHEC [la Comisión Electoral] que responda inmediatamente a las demandas de los bloques políticos [sobre el recuento], para así salvaguardar la estabilidad política y no retornar a la violencia". La comisión, de momento, se ha negado a repetir el recuento en todo el país. No se puede descartar una ola de enfrentamientos que lleven a la violencia entre las diferentes facciones ambiciosas del poder.
El imperialismo ha conseguido mantener su influencia en el país, a pesar de su absoluta impopularidad, potenciando a diferentes facciones políticas y maniobrando entre diferentes clanes y sectores étnicos o religiosos, así como compartiendo parte de su poder con Irán, que mueve sus hilos a través, fundamentalmente, del CSII (Consejo Supremo Islámico Iraquí, el otro partido chií tradicional). Sin embargo, este peligroso equilibrio podría romperse de nuevo, igual que hace cinco años, cuando degeneró en una violencia callejera sectaria entre las milicias al-Bader (del CSII), las también chiíes de al-Sader, las suníes del Despertar y la propia policía (controlada por el Gobierno chií de Daua).

Hastío del sectarismo y de la casta política

La población iraquí está cansada de ocupación, de enfrentamientos sectarios y de su casta política. Desgraciadamente, frente a las elecciones, no hay ninguna salida. El alto porcentaje de participación hay que verlo como un intento de la minoría suní (donde subyace un alto sentimiento de discriminación) de tener peso allá donde aparentemente se toman decisiones que les afectan gravemente (el parlamento); la participación de los suníes ha sido sensiblemente más alta que la de las anteriores, en 2005. Esta participación no se ha expresado en el voto a opciones propias, sino a fuerzas aparentemente no sectarias. El hastío hacia los partidos confesionales y hacia la división sectaria puede estar detrás del sorprendente triunfo de al-Iraquiya. Ésta se presenta como una coalición no basada en criterios religiosos, y de alguna forma ha intentado recoger los votos de los que ven peligrar la unidad del país. Un dato interesante es que esta fuerza ha desbancado a la Alianza por Kurdistán (los dos principales partidos kurdos) en la disputada ciudad de Kirkuk, hasta ahora dominada por las tensiones sectarias entre kurdos, árabes, turcomanos y caldeo-asirios; esto demuestra el ansia de unidad por encima de sectarismos, en una zona rica en petróleo que todas las facciones se disputan. Ahora bien, los dirigentes de al-Iraquiya son viejos zorros conocidos, como Alaui, que es corresponsable del saqueo de recursos por parte del imperialismo; precisamente, Alaui era posiblemente el candidato preferido de Obama, y este factor también condiciona enormemente su supuesto éxito electoral.

Descontento en el Kurdistán

Otro de los síntomas del odio hacia la casta política que ha hecho carrera bajo la sombra del imperialismo es el relativo triunfo del nuevo partido Goran (Cambio) en la zona kurda. Éste surge de una escisión de la UPK (Unión Patriótica del Kurdistán, una de las dos fracciones que comparten el poder político y mafioso en la región semi-independiente kurda) por motivos burocráticos, y que sólo pretende (en sus palabras) "ser considerados como verdaderos socios" en el Bloque Kurdo (de las dos fracciones oficiales). No obstante, pese a su escasez de medios y a la represión (militantes progubernamentales kurdos asaltaron sus locales), han obtenido 10 escaños en el parlamento iraquí (frente a 12 la UPK y a 36 el PDK, Partido Democrático del Kurdistán, el otro partido oficial). Este resultado, también sorpresivo, lo han obtenido haciendo promesas de luchar contra la corrupción en la zona autónoma, la mala distribución de la riqueza y la falta de servicios, aunque a la vez son más intransigentes en cuanto a la anexión de Kirkuk al Kurdistán.
Otro dato importante de las elecciones es la confirmación del descrédito de al-Sáder y de la desintegración de su movimiento. Este clérigo chií tenía un impresionante ascendente sobre las masas de emigrados chiíes del campo, hacinados en populosos barrios bagdadíes; incluso, en determinados momentos, fue un referente para oprimidos suníes, al abanderar la lucha contra un proyecto de división del país impuesto por el imperialismo. Sin embargo, su origen social, su programa que inevitablemente conducía al sectarismo, sus propios intereses personales y las presiones iraníes le han llevado a un forzado viraje, buscando acomodo en una coalición con el CSII (la misma facción que masacró a sus milicianos), que ha pasado al tercer puesto.

Las tropas sólo se irán por la fuerza

Los planes públicos del gobierno USA, comprometidos en el Acuerdo sobre el Estatuto de Fuerzas (firmado con el Gobierno iraquí de ocupación), implican la retirada de las tropas de combate como tarde en agosto de este año, y la del resto en 2011. Esos plazos podrían variar en función de las necesidades. En todo caso, esto no implicaría la retirada real de las fuerzas ocupantes. Aparte de que podrían mantenerse consejeros militares para terminar de formar un ejército cipayo, y mercenarios privados, el imperialismo tiene previsto mantener al menos cinco bases americanas. El capítulo 6 del Quadrennial Defense Review Report, de 2010, explica las misiones USA en Iraq a partir del 31 de agosto: "formación y asistencia a las fuerzas de seguridad iraquíes [ya se han reservado dos mil millones de dólares para el ejercicio fiscal de 2011]; proporcionar protección a las fuerzas militares, al personal civil y a las instalaciones de EEUU; llevar a cabo operaciones antiterroristas específicas y apoyar a los organismos civiles estadounidenses y a las organizaciones internacionales". El 15 de mayo de 2006 el general John Abizaid, supervisor de las operaciones militares en Iraq, declaró: "USA desea mantener a largo plazo la presencia militar en Iraq para fortalecer a los moderados contra los extremistas en la región y proteger el flujo de petróleo"; el 12 de marzo pasado el general de división Tony Cucolo, comandante en jefe en el norte iraquí, hizo declaraciones en el mismo sentido. En última instancia, se trata de mantener el control de la zona, de evitar, parar o reprimir la lucha de las masas por el control de sus propios recursos, la lucha antiimperialista. Por tanto, las tensiones entre los diferentes sectores proimperialistas podrían alterar los ritmos.
La resistencia ha demostrado su capacidad para poner en jaque la estabilidad imperialista y para mostrar la fragilidad del nuevo Estado títere. No obstante, sin un programa claro, revolucionario, será extremadamente difícil unir al país, por encima de diferencias étnico-religiosas, para expulsar al ocupante. Actualmente la resistencia no vinculada a al-Qaeda se organiza en cuatro frentes cuyos objetivos coinciden esencialmente: un Iraq unido, soberano y democrático; la retirada de todas las tropas extranjeras; el rechazo a la división sectaria; la oposición a los atentados contra civiles. Pero implicar a toda la población en la lucha necesita más. Necesita estimular su lucha diaria, en cada fábrica, en cada barrio, por una mejora de las condiciones de vida; necesita fomentar la movilización de masas; necesita también un programa revolucionario, que defienda la expropiación de los principales recursos a las multinacionales y a los corruptos nativos, para ponerlos bajo control democrático de la población; es decir, la abolición del capitalismo. Y, por último pero no menos importante, necesita la feroz oposición -no sólo en palabras- de cualquier posición integrista, sectaria, que intente dividir y enfrentar a los oprimidos.

Vídeo del discurso de un veterano de la guerra de Iraq