| Qué somos y qué defendemos |
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| Lunes, 01 de Noviembre de 2010 01:00 |
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Desde finales de 2007 la vida de millones de trabajadores y jóvenes en el Estado español y en todo el mundo se ha visto sacudida por la crisis económica mundial. Destrucción de empleo, recortes salariales, ataques a nuestros derechos, liquidación de las políticas de bienestar social, agudización de la pobreza extrema de una gran parte de la población mundial, son las más escandalosas manifestaciones de la terrible situación a la que nos ha conducido la profunda irracionalidad del sistema económico en el que vivimos. Pero, tanto en el Estado español como en el resto del mundo, estos retrocesos en los derechos y conquistas sociales de los trabajadores no han sido suficientes para enderezar la situación económica y para que el capitalismo vuelva a la senda del crecimiento. Muy al contrario, la burguesía se está preparando para hacer recaer sobre la clase obrera el coste de la crisis, atacando aún más nuestros salarios, agudizando la explotación en los puestos de trabajo, despidiendo a cientos de miles de trabajadores más, y recortando el salario social representado por los servicios sociales que prestan el Estado y el resto de las Administraciones Públicas. En esto consisten los llamados planes ajuste y todas las demás medidas de austeridad que supondrán un brutal trasvase de la riqueza que crea la clase trabajadora para mayor beneficio del los bancos y los especuladores. Beneficios para una minoría y sacrificios para el conjunto de la población Las presiones del mundo financiero y empresarial, de ese ínfimo puñado de poderosos que controlan los resortes de la economía mundial (a los que la prensa burguesa se refiere con el aséptico nombre de “los mercados”) han sido, y siguen siendo, tan fuertes que incluso gobiernos elegidos con el apoyo mayoritario de los trabajadores ceden ante ellos y aplican, sin ningún reparo, políticas antiobreras que son completamente opuestas a su programa electoral y a las necesidades e intereses de sus votantes. A pesar de todas sus promesas, el gobierno de Zapatero también ha capitulado ante el gran capital, y está lanzando el mayor ataque a los derechos de los trabajadores desde los años de la Transición. En la preparación del terreno para estos ataques, Zapatero se ha aprovechado de las concesiones y el respaldo de las direcciones de los sindicatos mayoritarios a sus medidas. En lugar de dar una respuesta contundente a los ataques que los trabajadores venimos sufriendo en los últimos tres años, y que no son sino la continuación de un deterioro lento pero constante de las condiciones laborales, especialmente las de los trabajadores más jóvenes, sujetos desde hace años a una creciente precarización, inseguridad laboral y sobreexplotación, las direcciones de CCOO y UGT han avalado la firma de pactos sociales contribuyendo a una política de “paz social” y desmovilización que invariablemente beneficia a la patronal y la banca. Inevitablemente, y con independencia de cuáles sean las intenciones de los dirigentes sindicales, estas vacilaciones han debilitado su posición y la del conjunto de la clase trabajadora, y han incitado a los empresarios a mostrarse cada vez más osados, exigiendo más y más sacrificios a la mayoría de la población, mientras sus beneficios, sus bonus y sus retribuciones siguen batiendo nuevos récords. Los sacrificios son sólo para los asalariados, para los parados, para los jubilados y la juventud mientras que para los banqueros y grandes empresarios la crisis es la oportunidad de oro de hacer aún más grandes sus enormes fortunas, de hacer más poderosas sus bancos y empresas, y de degradar aún más las condiciones laborales de sus asalariados. Una era de austeridad Si algo ha quedado claro después de estos tres años de crisis mundial es que esta crisis no es un acontecimiento casual, un accidente inesperado provocado por circunstancias ajenas al normal funcionamiento del sistema económico. Por el contrario, lo que la crisis demuestra es la plena validez del análisis del capitalismo realizado por Marx y Engels hace más de un siglo, que situaba el origen de las crisis económicas cíclicas en el corazón mismo del sistema capitalista, en las contradicciones propias de su mecanismo más básico: la compra y consumo de fuerza de trabajo humana al menor coste posible para producir el mayor volumen posible de mercancías y servicios con destino al mercado. El auténtico motor del sistema capitalista es la búsqueda incesante de beneficios cada vez mayores, aunque sea a costa de que cada fase de expansión (cómo la que vivimos desde principios de los años 90 hasta 2007, caracterizada por el auge extraordinario de los negocios inmobiliarios y de la pura especulación financiera) siente las bases para que la siguiente e inevitable crisis sea aún más profunda y dañina que las anteriores. La primera manifestación de la crisis, la que afectó de forma especialmente aguda a los bancos y al sistema financiero de todo el mundo, se saldó con una masiva intervención de los Estados, que con dinero público, es decir, con dinero que en última instancia procede del esfuerzo de los trabajadores, salvó de la quiebra a numerosas entidades, precisamente a las que habían obtenido mayores beneficios en los años anteriores. Pero este rescate financiero, aplicado en todo el mundo, dejó un profundo desequilibrio en las cuentas de los Estados. Para poder salvar a la banca, los gobiernos se han tenido que endeudar masivamente. Y resulta que los mismos bancos que hace unos meses estaban al borde de la ruina son los que prestan ahora dinero a los gobiernos, y los que, graduando a voluntad el flujo de fondos que destinan a la adquisición de deuda pública, han conseguido que la economía productiva de todos los países se subordine a sus intereses. Utilizando todas las palancas de que disponen (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los bancos centrales de EEUU. y Europa), movilizando su potente aparato ideológico (los medios de comunicación de masas, las instituciones académicas, los llamados “expertos”), buscando el apoyo político de los partidos de la derecha y del sector de los dirigentes socialdemócratas que han renunciado a cualquier atisbo de socialismo y se han vinculado orgánicamente al capital, la burguesía se prepara para desencadenar una auténtica guerra contra la clase trabajadora. Todos los frentes están abiertos: reforma laboral para abaratar y facilitar aún más el despido; reforma de las pensiones para rebajar los ingresos de los actuales jubilados y retrasar y dificultar el retiro de los trabajadores en activo; reforma de la sanidad para implantar el copago como primer paso para que el sistema sanitario sea privatizado; recorte salarial para los empleados públicos; supresión de ayudas sociales, como el cheque-bebé, que suponían un mínimo alivio para muchas familias; privatización de la enseñanza pública… Y si nos fijamos en los planes de ajuste de otros países más prósperos podemos hacernos una idea de qué futuro nos espera a los trabajadores en el Estado español. Nos preparamos para una era de austeridad dicen los capitalistas, que de llevarse a término supondrá la liquidación de conquistas históricas de los trabajadores Por un programa auténticamente socialista Para dar la respuesta que se merece el reto que nos plantea la burguesía, los trabajadores tenemos que ser plenamente conscientes de que tenemos con nosotros la razón y la fuerza. Hoy, en un contexto de crisis de dimensiones mundiales, los trabajadores tenemos que unirnos para luchar por un programa socialista más allá de las fronteras nacionales. La extraordinaria energía revolucionaria que han demostrando los trabajadores griegos, franceses, portugueses, británicos y un largo etcétera, y la disposición al combate de la clase obrera del Estado español que quedó de manifiesto en la huelga general del 29 de septiembre de 2010, y en las huelgas generales que se han convocado en Euskal Herria y Galicia, son un fuerte obstáculo al que se enfrenta la burguesía para imponer sus planes. Las medidas adoptadas por los gobiernos capitalistas están provocando una escalada de la lucha de clases en todos los continentes, algo que se puede apreciar de manera muy significativa en el avance de la revolución latinoamericana y en el estallido de la revolución en el mundo árabe que ha barrido a regímenes tiránicos sostenidos durante décadas por el imperialismo occidental. La voluntad de lucha de millones de jóvenes y trabajadores contra la crisis capitalista, que se abre camino en numerosos países a pesar de que los dirigentes sindicales y políticos de la clase obrera raramente están a la altura de las circunstancias, nos demuestra el enorme potencial existente para transformar la sociedad en líneas socialistas. Para alcanzar este objetivo, nuestro primer paso tiene que ser plantear un programa en torno al cuál pueda organizarse la respuesta de la clase obrera y la juventud contra la crisis capitalista de forma eficaz y consecuente. La vía del pacto social, de los acuerdos con la CEOE y el gobierno, está definitivamente muerta. También está definitivamente muerta la idea de que es posible reformar de alguna manera el sistema capitalista, para hacerlo más “humano”, más “social”, menos “especulativo”. La defensa de nuestros empleos, la lucha contra el paro, por mejores salarios y por la dignificación de los servicios sociales implica la movilización contundente, masiva y continuada de los trabajadores y la juventud. Ahora es el momento de explicar con claridad que no estamos dispuestos a aceptar pagar el futuro de miseria y explotación que la burguesía nos tiene preparado, ahora es el momento de luchar consecuentemente por el socialismo. Un programa que defienda los intereses de la clase obrera, de la mayoría de la población, un programa por el que valga la pena luchar, tiene que contemplar las siguientes medidas: No a los planes de ajuste contra la clase obrera. Que la crisis la paguen los culpables: los capitalistas El dinero que se recorta en sanidad, educación, pensiones, servicios sociales e inversión en infraestructuras va a parar inmediatamente a los bolsillos de los banqueros y grandes empresarios. Ningún recorte en gastos sociales y en inversión pública. Durante años las grandes empresas han tenido beneficios de escándalo, y ahora pretenden mantenerlos a nuestra costa. Ningún recorte salarial, ni a los empleados públicos ni a ningún trabajador. 5 millones de parados ya son suficientes. No se necesitan más facilidades para despedir a trabajadores. No a la reforma laboral. Ninguna restricción a la negociación colectiva y los derechos sindicales. Reducción de la jornada laboral a 35 horas sin reducción salarial. Los parados no son responsables de la falta de trabajo. Son las políticas de inversión de los capitalistas las que generan el paro. Subsidio de desempleo indefinido equivalente a un SMI de 1.100 euros hasta encontrar trabajo. No a la ampliación de la edad de jubilación. Jubilación a los 60 años con el 100% del salario con contratos de relevo, manteniendo la estabilidad en el empleo. Incremento drástico de los impuestos a las grandes fortunas y a los beneficios empresariales y a la banca. Ante la menor síntoma de fuga de capitales, confiscación de los patrimonios y de las cuentas de los ricos. La crisis, en su fase actual, tiene como eje la deuda pública, que es la palanca que la banca utiliza para seguir obteniendo beneficios especulativos una vez que la burbuja inmobiliaria se ha venido abajo. Cortemos este chantaje de raíz: suspensión del pago de la deuda del Estado a los grandes especuladores. Los recursos financieros tienen que estar al servicio de la economía productiva y no de la especulación: nacionalización de la Banca bajo el control democrático de los trabajadores y sus organizaciones. Confluencia de la lucha de los trabajadores de toda Europa con la preparación de una huelga general europea. Los sindicatos de clase deben organizar la coordinación y confluencia de la lucha de los trabajadores de toda Europa, empezando por los griegos, con la preparación de una huelga general europea. Para salvar el empleo, nacionalización de todas las empresas en crisis bajo control obrero. Inicio de un plan económico para crear empleo (inversiones en infraestructuras, servicios sociales y otras industrias) no basado en los intereses de los capitalistas sino en los intereses de la mayoría. Esta es la única política que evitará que, una vez más, seamos los trabajadores los que paguemos los platos rotos del sistema capitalista. Por eso, es necesario llevar este programa socialista y anticapitalista al seno de los sindicatos de clase y en las organizaciones políticas de los trabajadores. No podemos aceptar los argumentos que plantean que las políticas de ajuste y austeridad, las políticas que empobrecen a la población y enriquecen a los capitalistas, a los banqueros y los especuladores, son las únicas posibles.
La conmoción que han sufrido millones de trabajadores, a los que la crisis ha cogido desprevenidos, dejaran paso a choques sociales tremendos en los próximos años. En estas circunstancias el movimiento obrero se encuentra en una clara disyuntiva: la lucha sindical limitada empresa a empresa es totalmente ineficaz e impotente para defender las condiciones mínimas del empleo y la embestida patronal, para mantener el poder adquisitivo de los salarios o preservar las conquistas de generaciones anteriores. Es claro que la lucha económica se tiene que convertir en lucha política, y que ésta no puede aceptar los parámetros de la lógica del capitalismo. Si queremos defender elementos mínimos e imprescindibles para la vida de millones de familias obreras, es necesario cuestionar el capitalismo, levantando una alternativa socialista. El capitalismo es horror sin fin, solía decir Lenin. Cuando esta catástrofe se extiende como una mancha de aceite por el mundo, cabe preguntarse: ¿Es esto necesario? ¿Es inevitable? Ni es necesario ni es inevitable. La razón de esta sin razón se explica por la supervivencia de un sistema decrépito y reaccionario, el capitalismo, basado en la dictadura brutal de un puñado de grandes bancos y multinacionales. La clase obrera entenderá, en esta dura escuela de la crisis, la necesidad de volver a levantar con fuerza la bandera del socialismo, de la lucha por la expropiación de la banca, de los monopolios, de los latifundios, bajo el control democrático de la mayoría de la población. Con las palancas fundamentales de la economía bajo el control de la clase obrera sería posible utilizar toda la capacidad productiva de la sociedad y planificar de forma armónica la economía mundial. En condiciones semejantes toda la situación se transformaría de un plumazo, se lograría fácilmente suprimir la lacra del desempleo, garantizando a todos un puesto de trabajo digno. Gracias a la planificación socialista de la economía sería completamente factible la reducción drástica de la jornada laboral, sin recorte del salario, permitiendo a la mayoría de la población participar realmente en la gestión de la vida social, en la economía, en la política, en la cultura, que dejarían de ser el monopolio de la clase dominante. No existiría ningún impedimento para garantizar una vivienda pública decente y asequible, una enseñanza y una sanidad gratuita y de calidad. El socialismo es una necesidad pero no caerá del cielo. Será el producto de la acción consciente de la clase trabajadora para levantar una organización revolucionaria a la altura de las circunstancias históricas. La Corriente Marxista Revolucionaria lucha por construir esta alternativa socialista no sólo en el Estado español sino internacionalmente. A través de nuestro periódico El Militante, con nuestra intervención cotidiana en las luchas de los trabajadores, en los sindicatos y las organizaciones políticas de la clase obrera, en el movimiento juvenil y estudiantil, defendemos día a día estas ideas, las de la transformación socialista de la sociedad. Únete a la lucha por la revolución socialista. Organízate en la Corriente Marxista Revolucionaria. |




