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El pasado 11 de abril el presidente Laurent Gbagbo era detenido en el palacio presidencial tras varios días de asedio. De esta forma, se pone fin a la intervención coaligada de las tropas francesas, la ONU, y las fuerzas leales al candidato opositor, Alassane Ouattara. Tras una oleada de masacres y violencia, provocada por los enfrentamientos entre las “nuevas fuerzas” de Ouattara y los sectores del ejército bajo la órbita de Gbagbo, el candidato jalonado por Francia, EEUU y el grueso de la ONU es aupado al gobierno de Costa de Marfil.

Las acusaciones mutuas de fraude en las elecciones del 31 de octubre del año pasado entre Gbagbo y Ouattara reabrieron el enfrentamiento armado. Una guerra que  en realidad comenzaba con un alzamiento de militares anti Gbagbo en la ciudad de Abijan en septiembre de 2002. En los últimos meses de ese año, Costa de Marfil entra en una guerra civil, en la que los dos bandos se disputan el control de las ciudades más importantes. Esta pugna dividirá al país en dos mitades. El norte controlado por las fuerzas de Ouattara y el sur bajo la égida de Gbagbo.  Desde entonces las tensiones y los enfrentamientos armados se han sucedido al mismo tiempo que se habla de procesos de paz y mientras las tropas de la ONU y del ejército francés no paran de aumentar su potencia militar en el país.     
Desde el primer momento Francia, EEUU y la ONU han apoyado el bando de Ouattara. Tanto es así, que los cascos de la ONU y las tropas del ejército francés han participado en el asedio final contra el gobierno de Gbagbo. Fue la intervención de estas, lo que aceleró y posibilitó la caída del gobierno.
Esta intervención militar ha sido presentada como una misión humanitaria y una demostración palpable de las credenciales democráticas de las instituciones de la comunidad internacional y de los gobiernos que han respaldado a los opositores. Así, Hillary Clinton se refiere a esta acción como “una contundente señal a dictadores y tiranos en todo el mundo”.
Por su parte, la ONU participa en la ofensiva militar bombardeando el palacio presidencial. Todo esto con el amparo de una resolución del Consejo de Seguridad. Los ataques, en palabras de Ban-Ki-Moon, responden a su orden de “tomar todas las medidas necesarias para impedir el uso de armas pesadas contra la población civil, con el apoyo de las fuerzas francesas”.
Según este esquema, Ouattara es la voz que representa las aspiraciones de las masas en Costa de Marfil. Y su disputa con Gbagbo, una cruzada por la democracia frente a un tirano que se niega a aceptar la voluntad popular refrendada en las urnas. Pero ¿quién es el líder opositor?

¿Representa Ouattara
los intereses de las masas?

Alassane Ouattara hace su aparición en la política de la mano de la dictadura de Houphouet Boigny. Convertido por este en primer ministro en 1990, desde el principio su gestión se encamina a la privatización de todas las empresas importantes del país. Este antiguo funcionario del FMI, que llegó a ser presidente del Banco Central de África del Oeste, encabeza recortes salvajes contra las condiciones de vida de las masas. Son los años del Programa de Estabilización y Relanzamiento Económico. Es también el periodo en que los intereses del imperialismo francés se ven sellados por la política de privatizaciones en los sectores clave de la economía. La riqueza en materias primas del país pasa totalmente a las manos de las empresas francesas. No podemos olvidar que Costa de Marfil además de ser el principal productor de cacao del mundo tiene importantes reservas de petróleo y se encuentra en un enclave estratégico para el control comercial en el continente africano. Desde 1900 hasta el año 2000 se expolia todos los sectores determinantes de la economía. En Costa de Marfil los puntos clave están dominados por 240 filiales de empresas francesas: petróleo (Total), electricidad (Bouygues), agua (Bouygues), obras públicas (Bouygues, Vinci, Setao, Colas), transporte marítimo (Bolloré), recursos naturales  (Bolloré, Castel), telecomunicaciones (France Telecom), y banca (Genérale, Lyonnais, BNP-Paribas).
A esta política de expolio en beneficio de las potencias imperialistas le sigue una actitud igualmente reaccionaria en el terreno de la cuestión nacional. Con Ouattara  se inicia una nueva fase en las relaciones de los países de África del Oeste. Con el fin de fomentar divisiones étnicas y nacionales que faciliten la explotación de las masas trabajadoras, se establece la tarjeta y el permiso de residencia, destruyendo los acuerdos de libre circulación suscritos  por  14 países del entorno. Si bien no es la primera vez que se usan diferencias nacionales para dividir a la clase trabajadora en Costa de Marfil (ya el régimen de Boigny utilizó las condiciones de los trabajadores que venían de los países de la frontera norte) se dio un salto importante. Los diferentes gobiernos no han dudado en utilizar la baza del para dividir a las masas. Tras su paso por el gobierno, Ouattara apoya el golpe de Estado del general Guéi de 1999 y se convertirá en una figura clave de la insurrección contra el gobierno de Gbagbo.

Gbagbo: reflejo de los choques entre las potencias imperialistas

De la misma manera, el gobierno de Gbagbo no representaba tampoco una alternativa para la transformación de las condiciones de vida de la mayoría. A pesar de haberse ganado una aureola de luchador antiimperialista por su oposición a las nuevas exigencias de la potencia francesa, lo cierto es que el imperialismo francés sigue jugando un papel protagonista en Costa de Marfil y la política del gobierno no se opone a los intereses del imperialismo en la zona. Muy al contrario, el gabinete de Gbagbo ha promocionado el expolio del país bajo la intervención de nuevas multinacionales, esta vez con apellidos estadounidense y chino. Firmas como Umic en el sector del petróleo o Philip Brothers en el cacao son un ejemplo de que EEUU no quiere quedarse atrás en el nuevo reparto de África. Por su parte, China ha puesto los dos pies participando ya en los sectores de la construcción automotriz, de la industria portuaria, de las construcciones terrestres, el sector hidroeléctrico y la telefonía. Mientras se firmaban nuevos contratos multimillonarios para los grandes consorcios internacionales, el gobierno acataba la lógica de los mercados congelando los salarios en la última década mientras la canasta básica no para de subir y destruía los servicios públicos, incluyendo la escuela y el sistema sanitario. Incluso prosiguió con la política de división étnica y xenófoba desarrollada por ministros como Bedié o el propio Ouattara. Con la ruptura del monopolio a favor de las empresas francesas, Gbagbo intentó maniobrar para vender cara su gestión de los asuntos de las potencias imperialistas.
Ahora, con el nuevo gobierno de Outtara, Francia tratará de reforzar su posición. Como vemos, las enfrentamientos en Costa de Marfil están motivados por principios algo más feos que la “lucha por la democracia” y la “preservación de los derechos humanos” que nos quieren vender.