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El rechazo a la criminal intervención imperialista que, desde hace meses, vemos en Libia es un deber irrenunciable para cualquier revolucionario. Al mismo tiempo, es un grave error sacar de esa premisa la conclusión de que debemos apoyar a Gadafi o que su derrocamiento significa un fortalecimiento del imperialismo y un paso atrás para la lucha antiimperialista en todo el mundo.

 

La derrota de Gadafi no es producto de la voluntad o fortaleza del imperialismo sino del hecho de que tras décadas de represión, corrupción y pactos con distintos poderes imperialistas para repartirse las riquezas del país, mientras se incrementaban las desi-gualdades sociales, se acumuló un rechazo masivo hacia su régimen que finalmente llevó a su caída.

De la insurrección popular a la guerra civil

En realidad, la intervención de los imperialistas en Libia en los últimos años se ha hecho mediante una alianza con la familia Gadafi. Recientemente salió a la luz como el servicio secreto británico MI6 colaboraba estrechamente con el régimen de Gadafi, pasándole información sobre la actividad de la oposición política dentro del país, o como Gadafi colaboraba activamente con la CIA, permitiendo que los “vuelos secretos” tuvieran como destino Libia, en cuyas cárceles los prisioneros eran interrogados. Sólo cuando estalló la insurrección de las masas, el 15 de febrero, y éstas se hacían con el control de las ciudades e incluso amenazaban con cortar el suministro de petróleo a Occidente si seguía apoyando a Gadafi, en todos los estados mayores del imperialismo se encendieron las luces de alarma y las distintas potencias cambiaron de estrategia para intentar controlar y descarrilar la revolución en marcha y tratar de mantener Libia bajo su control.
Lo que ocurrió en Libia entre el 15 de febrero y principios de marzo no fue un movimiento organizado por los imperialistas sino una insurrección popular revolucionaria de masas contra esas políticas de acaparamiento, corrupción, represión y aumento de las diferencias sociales que sufría el pueblo libio. En ciudades como Bengasi, Tobruk y muchas otras las masas tomaron el control y empezaron a organizar mediante asambleas y comités populares el abastecimiento de la población, la seguridad, etc. Durante estos días de revolución nadie, ni siquiera Gadafi y sus partidarios, pudieron presentar un solo caso de violación de los derechos humanos, ajusticiamientos, etc. El poder y entusiasmo de las masas en revolución se contagiaba de una ciudad a otra y se extendía a la propia base del ejército que se pasaba en masa a las filas de la revolución.
El plan inicial de los imperialistas fue buscar un acuerdo entre Gadafi y algunos sectores de la oposición burguesa en el exilio. Fue la movilización de las masas y la propia decisión de Gadafi de intentar aferrarse al poder a toda costa y reprimir el movimiento la que echó por tierra estos planes. En ese contexto, fue cuando Obama exigió públicamente la salida de Gadafi y el imperialismo francés, en un intento de recuperar posiciones en su tradicional zona de influencia, el Magreb, puso a las demás potencias ante el hecho consumado de la intervención y del reconocimiento de los dirigentes del Consejo Nacional Libio de Transición (CNT).
La relación entre el imperialismo francés y el CNT queda bastante bien reflejada en una carta de este último, fechada el 3 de abril de 2011 y dirigida al emir de Qatar, intermediario de Sarkozy para la entrega de armas a los rebeldes, en la que se afirma: “En cuanto al acuerdo sobre el petróleo cerrado con Francia a cambio del reconocimiento de nuestro Consejo en la cumbre de Londres, como representante legítimo de Libia hemos delegado al hermano Mahmoud (Shamman, ministro de Medios del CNT) para que firme ese pacto que atribuye un 35% del total del petróleo bruto a los franceses a cambio del respaldo total y permanente a nuestro Consejo” (Público, 1/09/11).
La aceptación por parte de aquellos que inicialmente fueron aupados por el movimiento de masas a la dirección de los comités populares de un pacto amplio para conformar el CNT junto a sectores burgueses de oposición proimperialistas y a ministros de Gadafi, que acababan de cambiar de bando, significó el primer paso en el descarrilamiento de la revolución. El segundo fue buscar la colaboración del imperialismo lo cual, en la práctica, significaba someterse a su dominio. Como ha ocurrido en otras muchas revoluciones el papel de la dirección del movimiento, qué programa e ideas políticas adoptase ésta, era determinante para el futuro de la revolución.

El carácter proimperialista
del CNT

El resultado de la política proimperialista de los dirigentes del CNT ha sido convertir lo que era una revolución triunfante en una cruenta guerra civil de más de seis meses, que ha costado miles de vidas. A pesar de la dificultad que conllevaba el desplazamiento a un segundo plano de la lucha revolucionaria y la injerencia imperialista, finalmente carente de apoyo social y con una resistencia basada fundamentalmente en tropas de élite, mercenarios y el terror, Gadafi cayó.
Sin embargo, todas las contradicciones que hicieron estallar la insurrección (elevadísimo desempleo juvenil, las desigualdades sociales, el derecho a una vida digna…, vinculado inseparablemente a las demandas democráticas de libertad de expresión y manifestación, derecho a formar sindicatos y organizaciones políticas independientes, etc.) siguen ahí y más pronto que tarde pasarán a primer plano. Ahora la subasta ha comenzado y todos los bandidos imperialistas pujan por llevarse el mejor trozo posible y llegar a un acuerdo entre “caballeros” para utilizar a Libia como muro de contención contra la extensión de la revolución árabe. Pero una cosa son sus planes y objetivos, y otra lo que la lucha de clases y la situación de inestabilidad y ruptura del equilibrio capitalista mundial determinen.
Los dirigentes burgueses y pequeño-burgueses del CNT, agarrados a las faldas de los imperialistas, no darán solución a las necesidades urgentes de la mayoría de la población. En el CNT hay ya una lucha a muerte entre distintos grupos y clanes por ver quién se hace con el control del poder, como demuestra el asesinato durante este verano de Abdel Fatah Yunis, jefe del Estado Mayor del ejército rebelde (y ministro de Interior de Gadafi en el momento de estallar la insurrección) a manos de una facción rival del mismo ejército rebelde. Una vez en el poder estas luchas y contradicciones internas se recrudecerán.
Lo mismo es válido para las distintas potencias imperialistas. Lo más probable es que las tensiones y contradicciones por controlar los recursos del pueblo libio y apoyarse en cada una de las mafias, clanes y grupos que integran la clase dominante local para aumentar su poder e influencia en la región, tiendan a agudizarse y se conviertan en otro factor más de tensión y desestabilización cuyas consecuencias pagarán fundamentalmente las masas.
Las diferentes potencias imperialistas pretenden instaurar en Libia un  protectorado bajo la cobertura de  los líderes burgueses del CNT. En la Conferencia de “Amigos de Libia” (en realidad, de bandidos de Libia) celebrada en París el 1 de septiembre, con el objetivo de establecer el reparto del pastel petrolero, uno de los temas principales fue cómo desarmar al pueblo libio. En ese sentido son muy significativas las declaraciones realizadas por Hillary Clinton en dicha reunión: “las nuevas autoridades libias deben continuar luchando contra el extremismo violento y trabajar con nosotros para asegurar que los almacenes de armas de Gadafi no se convierten en una amenaza para los vecinos de Libia y del mundo”. Tras este hipócrita lenguaje de la diplomacia norteamericana se esconde el tema central: una de las primeras medidas que propone el imperialismo al CNT, y a la que condiciona la ayuda económica y el desbloqueo de las cuentas de Gadafi en el exterior (50.000 millones de dólares), es el desarme general de las milicias. Temen, con razón, que las masas insurrectas se  nieguen a entregar las armas y que, ante el nuevo escenario abierto en el país, haya un resurgimiento de la lucha de masas ahora contra el imperialismo y sus títeres en Libia. El pueblo armado sería un obstáculo para el objetivo del imperialismo de reconstruir el Estado burgués, fundamental para poner a raya a las masas y poner al país a su servicio.  Por ello hablan continuamente de la necesidad de reconciliar que, en su boca, significa recomponer el aparato del estado con los antiguos funcionarios del régimen de Gadafi. No quieren repetir el error que cometieron en Iraq cuando tras la intervención y la caída de Saddam Hussein destruyeron el partido Baaz, donde podrían haber encontrado los cuadros para recomponer el aparato estatal.

La caída de Gadafi abre una
nueva etapa en la revolución libia

La lucha contra Gadafi ha servido hasta ahora a los dirigentes del CNT de excusa para ganar tiempo, no ofrecer soluciones concretas a las demandas populares y justificar su alianza con los imperialistas. Con la desaparición de esa excusa el verdadero carácter de clase de estos dirigentes y la incapacidad del capitalismo para ofrecer condiciones de vida dignas a las masas se hará cada vez más evidente.
Así las cosas, los dirigentes burgueses libios y los imperialistas intentarán todo tipo de maniobras para desviar la atención de las masas. Bajo excusas como la ayuda humanitaria se ha planteado que la OTAN continúe en Libia y se prepara una misión de la ONU para supervisar el país. Si no consiguen controlar y desarmar a las masas, no dudarán en recurrir en alentar la división y enfrentamiento, resucitando las diferencias tribales que han jugado un papel secundario en todo el conflicto.
Su apuesta principal a corto plazo es la formación de un gobierno de unidad acompañado probablemente con la promesa de convocar elecciones “democráticas” en un plazo de tiempo que les permita intentar preparar y controlar el desarrollo de dichas elecciones. Sin embargo, como explicamos desde el principio, cualquier promesa de construir una democracia en Libia —como en el resto de la región— sin poner los gigantescos recursos petroleros del país bajo el control y la gestión democrática de la sociedad —empleando los mismos para garantizar empleo, salud, educación, vivienda y condiciones de vida dignas para toda la población— será una farsa.
Las demandas democráticas en Libia sólo pueden ser conquistadas si van de la mano de la lucha por la transformación socialista de la sociedad. Es imprescindible defender un programa de consignas transicionales que vincule la lucha por la paz y la reconstrucción del país tras la guerra, por empleo digno y para todos, agua, vivienda y servicios sociales, a la necesidad de expropiar las industrias petroleras y demás riquezas del país.
Unido a ese programa hay que defender, frente al intento imperialista de formar cualquier parlamento o asamblea nacional (incluida en un determinado momento la posibilidad de lanzar una asamblea constituyente si lo necesitasen para intentar paralizar y engañar a las masas) que actúe como títere de los planes imperialistas, la reorganización desde abajo de los comités populares y su unificación en una asamblea revolucionaria de delegados de estos comités elegibles y revocables en todo momento que dirija el país. La experiencia de las masas, autogobernándose durante varias semanas en Bengasi y otras ciudades, no ha caído en saco roto. Las masas experimentaron su poder y su fuerza, vieron no en teoría sino en la práctica que podían dirigir la vida social sin necesidad de los imperialistas o los capitalistas.

¡Fuera la OTAN y la ONU de Libia!
¡Por una Libia socialista y revolucionaria libre de la bota
de Gadafi y del imperialismo!
¡Por una federación socialista