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elecciones_tunezEl 23 de octubre se celebraron las elecciones a la Asamblea Constituyente tunecina, encargada de elaborar una Constitución en el plazo de un año. La victoria del partido islamista En Nahda en el país magrebí aparentemente más occidentalizado ha causado sorpresa en los medios burgueses, que no dudan en presentar el resultado como una prueba más de la ‘peculiaridad’ del pueblo árabe y de los peligros de la revolución si no se paran a tiempo. ¿Abre este triunfo electoral las puertas a una hegemonía integrista en el pueblo árabe? ¿Qué futuro tiene la revolución en el país que tiene el honor de haberla iniciado?

No vamos a minusvalorar el apoyo obtenido por En Nahda (42% de los votantes), pero tampoco sobrevalorarlo. Muy al contrario de lo que proclaman los medios burgueses (y algunos de izquierda), los islamistas no han arrasado, y la participación no ha sido alta, teniendo en cuenta que allí es necesario inscribirse en el censo. Sólo un 49% de los tunecinos en edad de votar lo han hecho; un resultado sorprendente tras la caída de una dictadura, y que sólo se puede explicar por el hecho de que —como señalaron muchos periodistas— ha habido una apatía bastante masiva hacia estas elecciones, y una desconfianza importante hacia las instituciones burguesas. Muy correctamente, la mayoría de la población no busca en ellas ninguna solución a sus acuciantes problemas. Otro dato en ese sentido es que, según el último sondeo, existía un 35% de indecisos.

En este contexto en que la cita electoral no ha sido vista como una herramienta para consolidar y hacer avanzar la revolución, En Nahda ha jugado con ventaja. No sólo por su probable financiación por parte de las petromonarquías y de Turquía, por utilizar a su favor su incipiente red de beneficencia (que a veces llega, a diferencia del Estado, al Túnez profundo), o por el acarreo de votos. La ventaja de En Nahda, para algunos sectores populares, con respecto a la maraña de partidos y partiditos de mayor o menor carácter burgués o pequeñoburgués (en gran parte procedentes de la odiada estructura política de Ben Alí) es que siempre estuvieron en la oposición a la dictadura, y fueron la víctima preferida de la represión (ellos dan la cifra de 30.000 detenidos islamistas a lo largo del cuarto de siglo de benalismo). Para las masas despertadas por la revolución a la lucha política, aun para las más atrasadas políticamente, cualquier personaje u organización vinculada a la dictadura es vista con sana hostilidad. La prueba es el peso marginal de la oposición legal a Ben Alí y de los grupos reformistas: los vinculados al PSOE y el reformismo europeo (Polo Democrático Modernista —cuyo núcleo es el antiguo Partido Comunista— y Ettakatol) obtienen, en conjunto, un 12%, mientras el liberal Partido Democrático Progresista paga (con un escaso 8%) el precio por participar en los Gobiernos continuistas tras la huida de Ben Alí. Se trata de organizaciones bastante desprestigiadas. Frente a ellos, sólo consiguen una representación importante los islamistas, por un lado, y, a bastante distancia, el Congreso por la República (14%), por otro. Este último partido es un grupo liberal que (al menos frente al resto) tiene el mérito de no haber colaborado con la dictadura.

¿Contrarrevolución triunfante?

islamistas_tunez¿Supone la victoria islamista que la contrarrevolución ha triunfado en Túnez? En absoluto. Sólo el 20% de la población mayor de edad les ha votado, pero los sectores más avanzados de la sociedad, protagonistas de la revolución (y, en especial, la clase obrera industrial, la juventud y las mujeres), muestran una desconfianza u oposición hacia cualquier medida que limite sus derechos recién conquistados. Cientos de jóvenes se manifestaron el día electoral contra las irregularidades que han beneficiado a En Nahda, y la Prensa internacional se ha hecho eco de cómo los viandantes de Túnez capital abucheaban a sus miembros cuando celebraban en la calle su triunfo.

Hay que decir que este partido islamista, que suele insistir en equipararse con el gobernante AKP de Turquía, es por supuesto reaccionario, pero no más que todos esos dirigentes democristianos, socialcristianos o simplemente conservadores, como los de la CDU alemana, el partido tory británico o el PP. Todos ellos utilizan la religión (y el nacionalismo) para intentar someter con su discurso demagógico a los sectores más empobrecidos de la sociedad,   y todos ellos defienden ardientemente la tradiciones más reaccionarias en las costumbres sociales (y entre ellas el machismo), amparándose en el Islam o en la cultura judeocristiana, según el caso. El único límite que tienen para aplicar todas sus ideas reaccionarias es el disimulo táctico ante la población. También es cierto que, si los partidos de derechas llevan agua al molino de los grupos fascistas, manteniéndoles en la impunidad, creando prejuicios que luego éstos emplean para justificar sus acciones, y utilizándolos como ariete para atacar a los sectores más avanzados del movimiento obrero, también grupos islámicos del tipo En Nahda (o el AKP) tienden a estimular grupúsculos integristas de acción terrorista y filosofía salafista. Uno de estos grupos intentó boicotear violentamente, armado de barras de hierro y cuchillos, un acto del PCOT (Partido Comunista de los Obreros Tunecinos). Pero Ghannouchi, líder de En Nahda, y sus acólitos se mantienen aparentemente distantes de estos métodos, presentándose ante algunos sectores como demócratas que reivindican la tradición cultural del país frente a la alienación cultural proveniente de los países imperialistas. Suelen aparentar la capacidad de suavizar los aspectos más brutales del capitalismo, con el Corán en la mano (por ejemplo, teóricamente el libro sagrado prohíbe la usura, y por tanto el interés bancario).

Rachid Ghannouchi no ha hecho campaña a favor de la sharía, la poligamia o la obligatoriedad del velo. Muy al contrario, ha prometido respetar el Estatuto personal de la mujer (una de las más avanzadas en el mundo árabe), defendiendo su derecho “a la educación, trabajo, igualdad, y participación pública”. Una de sus promesas clave es la creación de 600.000 puestos de trabajo en un lustro. También ha destacado la lucha contra la corrupción. Evidentemente, es una mezcla de demagogia y ocultación de programa; la imposición de medidas reaccionarias por parte de los islamistas dependerá de la fuerza del movimiento, y no de sus palabras. Pero esta táctica es muy significativa: la reacción integrista necesita tener mucho cuidado, dar pasos medidos, si no quiere despertar al gigante de la revolución… En todo caso, las masas tienen que poner a prueba este lobo reaccionario con piel de cordero revolucionario, y muy posiblemente, en poco tiempo, su actual prestigio en algunos sectores va a tocar suelo. La charlatanería sobre Alá y el Corán no va a solucionar los graves problemas sociales, ni va a crear los prometidos puestos de trabajo; actualmente el paro está en el 14% y el desempleo afecta a casi un tercio de los jóvenes, según datos oficiales. ¿Será capaz de tomar medidas sociales que, aun demagógicamente, se enfrenten al imperialismo? La respuesta la da el mismo Ghannouchi: “Estamos abiertos a las inversiones de todas partes y nos comprometemos a respetar los intereses de los inversores”[1]. Más claro, agua del oasis… Ghannouchi quiere seguir los pasos de su correligionario Erdogan en Turquía… pero Túnez no es Turquía.

Comités obreros y populares versus Asamblea Constituyente

tunez_revolucionPor otro lado, un dato que puede parecer sorprendente es el escaso resultado del PCOT, el único partido de izquierdas que ha hecho un trabajo en el movimiento sindical y popular, y que fue duramente reprimido por la dictadura de Ben Alí. El partido apenas supera el 1%, obteniendo tres escaños.

Para entender estos resultados electorales hay que ver todo el proceso revolucionario en su dinámica. En el levantamiento de enero, las masas –y en primera línea los sectores más avanzados- jugaron el protagonismo directo. Su iniciativa llevó al surgimiento de numerosos comités elegidos en fábricas, barrios y localidades. También las secciones locales de la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) se llenaron de activistas y se convirtieron en referentes. Unos y otras pudieron jugar el rol de órganos de poder obrero, y, en la medida que se hubieran extendido y consolidado, podrían haber sustituido en un determinado momento al corrupto Estado burgués (heredero de la dictadura) por un Estado obrero. Conscientes de ese peligro, el imperialismo y la burguesía tunecina han jugado la labor de reconducir la revolución por vías democráticas burguesas, que es la antesala para su derrota. Pretenden que las masas vuelvan a postrarse en la apatía política, desconfiando de la lucha y dejando el terreno expedito para el juego parlamentario habitual de diferentes camarillas burguesas enfrentadas por sus intereses de grupo. La labor de los revolucionarios era y es combatir las ilusiones en las estructuras democráticas burguesas, fomentar el control obrero, luchar dentro de la UGTT para reconvertirla en una herramienta contra el capitalismo, cuya primera medida fuera organizar una huelga general generalizando así las continuas luchas que se estaban produciendo. En este sentido la convocatoria de la Asamblea Constituyente pretendía distraer la atención de las masas y trasladar la acción revolucionaria en las calles a la senda segura de la sede parlamentaria. La prueba de esto es que el primer ministro interino (Beji Caid Essebsi), cuando anunció la fecha electoral, insistió en que la situación política y social no podía tolerar más huelgas y protestas.

El PCOT fue el corazón del Frente 14 de Enero, formado una semana después de la huida del tirano por grupos de izquierda, incluidos también a los baasistas y naseristas. Esta coalición defendió un programa avanzado, que incluía: “el desmantelamiento de la estructura política del antiguo régimen”; “la expropiación de la antigua familia reinante”; “que los sectores vitales y estratégicos estén bajo la supervisión del Estado”; “la renacionalización de los entes privatizados”; y la invitación a “los comités, asociaciones y formas de autoorganización popular” a extender su intervención hacia “los asuntos públicos y los diversos aspectos de la vida cotidiana”. Un programa que, a pesar de sus demandas democráticas, renunciaba a dar una perspectiva socialista a las masas llamando de forma concreta a la coordinación de esos comités, y a orientarlos hacia el derrocamiento del Estado burgués. No llamaba a crear una economía socialista, sino a una “economía nacional al servicio del pueblo” y supervisado por el Estado. No reivindicaba la ruptura con el capitalismo, sino con “el capitalismo liberal” (¿puede haber otro?). Y hacía bandera de la consigna de la Asamblea Constituyente (es decir de la convocatoria de un parlamento burgués), como también defendían las formaciones de derechas e islamistas, en un momento en que la preocupación de las masas en la calle se centraba en como continuar la revolución y derrotar decisivamente al régimen de Ben Alí y sus herederos. La idea de establecer una muralla entre las demandas democráticas y las tareas socialistas es el eje central del programa de la revolución por etapas que defienden las formaciones estalinistas, y este enfoque se convierte, en la práctica, en una palanca para que las fuerzas de la derecha puedan avanzar al tiempo que se desmoviliza el impulso revolucionario. Una estrategia de este tipo no tiene nada que ver con el genuino programa del marxismo leninismo. No, no se trata de negar la idea de la democracia o de despreciarla, sino de defender con claridad que democracia sin justicia social no es democracia, que la conquista de una vida digna que acabe con el desempleo masivo y los salarios miserables, con la privatización de los servicios públicos, que depure el aparato estatal de reaccionarios y cómplices de la dictadura, pasa por la transformación socialista de la sociedad y la eliminación del capitalismo. De hecho, como hemos visto, tampoco las elecciones han suscitado grandes ilusiones[2] y el Frente no subsistió mucho tiempo, ante la heterogeneidad de los integrantes.

Una vez desplazado el centro de atención política de las masas, de los comités a la Asamblea Constituyente, para cualquier organización que se considere revolucionaria es difícil competir con los diferentes grupos burgueses (y en ellos incluimos a En Nahda), con su despliegue de medios, financiación abundante, etc. No obstante, la utilización revolucionaria de la Asamblea, la lucha sindical (tanto en los conflictos obreros como dentro de la UGTT), la reivindicación de recuperar los comités, un programa socialista claro, que hable de forma franca a las masas, vinculando sus reivindicaciones sentidas con la necesidad de romper con el capitalismo, y de formar una federación socialista en los países de la zona… todo esto, ayudaría a construir una alternativa revolucionaria.

Continúan las huelgas y luchas

Los acontecimientos pueden ser una ayuda en este sentido. Ghannouchi quiere formar un gobierno de “unidad nacional”, de tal forma que pueda ralentizar la revolución, ganar tiempo, y fortalecer su base social. Este gobierno es probable, ya que los partidos en segunda y tercera posición (el Congreso por la República y Ettakatol) son proclives a él. Pero, aunque intenten darle un carácter de “salvación nacional”, poco margen tendrá para desarrollar su tarea principal, a saber: acabar con la oleada de inestabilidad social y de huelgas. ¿Podrá ese gobierno débil hacer concesiones importantes que apaguen las luchas? La respuesta es no. ¿Podrá reprimirlas sin límite para ahogarlas? ¿Podrá utilizar —con éxito— su base social para enfrentarse a los huelguistas? La respuesta sigue siendo la misma: No, al menos de momento. Más bien, En Nahda (y sus comparsas izquierdistas, que le proporcionarán una inútil cobertura progresista) se enfrentará a un movimiento que se siente fuerte.

La lucha en la calle, especialmente de la clase obrera, continúa. Son continuas las huelgas y protestas. Damos algunos datos. Durante un mes, entre mayo y junio, se desarrolló una de las más importantes, la de los 8.000 trabajadores de Tunisie Telecom. Los empleados llevan en lucha desde un mes antes de la Revolución del 14 de Enero, ante los intentos de Ben Alí de privatizar la empresa de telefonía. Tras la caída del sátrapa, el nuevo gobierno y la directiva renunciaron a cambiar el estatus de la empresa y a vender el 35% de sus acciones a una multinacional de Dubai, y aparentaron retomar el control público. Sin embargo, las presiones de dicha multinacional animó al gobierno interino a dar marcha atrás.

En julio fueron los estibadores los que estuvieron en huelga, durante dos semanas. En agosto le tocó el turno a la empresa pública Transports de Tunis (autobuses y metro de la capital); el 80% paró, a pesar de ser un sindicato minoritario el convocante. Y cinco días antes de las elecciones, un grupo de mártires de la Revolución, víctimas de la represión en esas jornadas (hubo 700 heridos y 300 muertos, según la ONU), se declaró en huelga de hambre para protestar por su marginación. Pero los problemas de la burguesía para recomponer completamente el Estado burgués se reflejan en la movilización policial del 6 de setiembre. El primer ministro interino anunció la prohibición de sindicatos en la policía, dejando claro que “la prohibición es inmediata para frenar cualquier actividad sindical, dados los peligros que ésta representa para las fuerzas de seguridad”. Peligros para su utilización como arma del Estado burgués, añadimos nosotros. Automáticamente, los policías se manifestaron, muchos con su uniforme, exigiendo el fin del “gobierno corrupto”.

Es inevitable que la revolución dé pasos atrás, mucho más dada la inexistencia de una alternativa revolucionaria clara y con suficiente fuerza. En este sentido, la mayoría islamista es un aviso: si la revolución no avanza y sigue retrocediendo, la pesadilla del integrismo podría ser una realidad. Pero el proceso revolucionario no ha acabado, se alimenta de la incapacidad del capitalismo para solucionar los problemas de las masas, del yugo del imperialismo, y del proceso mundial de la revolución.



[1] El país, versión digital; artículo En Nahda promete construir la democracia en Túnez (28-X-11).