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manifestacion_contra_regimen_sirioEl 15 de marzo se cumplió un año del inicio del movimiento revolucionario que protagonizan las masas sirias. Al calor de las revoluciones en todo el mundo árabe, los jóvenes, trabajadores y campesinos sirios no quisieron quedarse atrás y se alzaron contra el corrupto gobierno de la familia Al-Assad que se mantiene en el poder desde 1970. A partir de febrero, el gobierno decidió recuperar la iniciativa empleando la represión más brutal: mediante  bombardeos  de artillería,  tanques  y tropas de  élite, Al-Assad ha golpeado una a una las barriadas populares de las principales ciudades rebeldes. Barrios enteros de ciudades muy pobladas como Homs, Hama, Deraa o Idleb, han sido arrasados. Según la ONU ya hay más de 8.000 civiles muertos en Siria, cerca de 50.000 refugiados en los países fronterizos y más de 200.000 desplazados dentro de la propia Siria.

Naturaleza de clase del gobierno sirio

Al-Assad ha optado desde el principio de la revolución a combinar el palo y la zanahoria: con una mano lanza las tropas contra las masas rebeldes, con la otra hace supuestas concesiones. El 26 de febrero, mientras Homs era bombardeada, el gobierno llamó a las urnas para que se aprobara una nueva constitución que, en teoría, limita el poder del partido Baaz. Pese a las presiones del gobierno para que se acudiera a votar, sólo lo hizo un 54,7% de la población (en el referéndum presidencial de 2007 el dato oficial de participación fue del 96%).
El gobierno de Al-Assad no es “antiimperialista”, ni “revolucionario”, ni “socialista”. Algunos sectores de la izquierda europea y latinoamericana, vinculados ideológicamente con el estalinismo, se empeñan en presentar a Al-Assad como un campeón “antiimperialista” que ayudado por otros países “antiimperialistas” se defiende de las intrigas y sabotajes propiciados por el imperialismo y el sionismo.
Es cierto que en los años 70 y 80 en Siria existía un régimen de tipo estalinista, pero con la caída de la URSS, el partido Baaz impulsó la restauración del capitalismo, enriqueciendo de paso a una próspera burguesía suní en Damasco y Alepo —y por supuesto a la propia familia Assad—. Mientras, las masas sufrían un empobrecimiento creciente. De hecho, el “antiimperialista” Al-Assad hacía mucho tiempo que había llegado a un entendimiento con Israel y uno de sus principales socios comerciales es Turquía, miembro de la OTAN. Al-Assad era un títere útil mientras mantuviera a las masas a raya. Ha sido la revolución lo que ha cambiado todo.
En cuanto a Rusia e Irán, los aliados de Siria, son otras potencias capitalistas, con sus propios apetitos imperialistas, confrontados con el imperialismo norteamericano por el reparto del mundo.
Lo que debilita realmente al imperialismo norteamericano y al sionismo no es aliarse con tal o cual potencia capitalista enfrentada con EEUU, sino apoyar e impulsar los movimientos revolucionarios que están cuestionando el capitalismo en el mundo árabe. Abandonar el internacionalismo proletario por la geopolítica burguesa es un gravísimo error.

La importancia de una dirección revolucionaria y las maniobras del imperialismo

no_al_assadLos medios de comunicación burgueses tratan de presentar la lucha en Siria en términos religiosos (suníes contra las demás confesiones), pero lo que hay detrás es un agudo conflicto de clases: la burguesía suní apoya incondicionalmente a Al-Assad, también las jerarquías de las distintas confesiones religiosas, incluyendo la suní. Ciertamente, Al-Assad se apoya en el miedo que las minorías religiosas (alauitas, chiíes, drusos y cristianos) tienen a que su gobierno sea sustituido por integristas suníes o a que Siria se suma en un caos como el que está viviendo Libia.
El movimiento de masas en Siria despertó a la lucha exigiendo derechos democráticos y una mejora sustancial de las condiciones de vida. Su composición proletaria y popular era evidente tanto por los lugares donde la rebelión prendió (barrios obreros y populares de ciudades industriales) como por sus métodos de lucha (huelgas y manifestaciones de masas). El movimiento rechazaba las divisiones étnicas y religiosas y se oponía a la intervención del imperialismo. Pero por desgracia las masas sirias carecían de una dirección revolucionaria con un programa de independencia de clase, con autoridad y raíces en los barrios y fábricas. En su lugar y en una primera fase de la revolución, inevitablemente las masas alzaron para dirigir la lucha a sectores de las capas medias opuestos Al-Assad, pero que introducen en el movimiento mucha confusión política: abogados, intelectuales, estudiantes, desertores del aparato del Estado sirio e incluso clérigos.
Estos sectores, los mismos que se dejaron seducir por el imperialismo en Libia, también en Siria han caído bajo la influencia de las distintas potencias que pugnan por controlar Oriente Medio, sobre todo EEUU, Francia, Turquía, Arabia Saudí e Israel. En el exterior el Consejo Nacional Sirio (CNS), partidario de la intervención militar imperialista, es un mero títere de los imperialistas. Controlado mayoritariamente por los Hermanos Musulmanes —y por el oro saudí—, recientemente ha sufrido importantes deserciones, demostrando a EEUU que no es una fuerza capaz de nuclear efectivamente a la oposición.
En el interior, el Ejército Sirio Libre (ESL) se formó a partir de toda una serie de deserciones en el ejército, sobre todo de oficiales medios sunitas. Reflejaba la efervescencia de las masas sirias y como con un trabajo serio y organizado en el ejército se podía provocar su descomposición. Sus mandos reciben armas y dinero de las potencias imperialistas y han prohibido que en su seno haya organizaciones políticas, sin embargo eso no ha evitado que las tendencias sectarias sunitas se hayan desarrollado: Al principio, el movimiento revolucionario exigía al ESL que se limitara a proteger a los huelguistas y manifestantes de los matones del gobierno, sin embargo, poco a poco los mandos del ESL escaparon al control de los comités locales y trataron de desarrollar un programa de “zonas liberadas” y “golpes de efecto” que forzara una intervención militar del imperialismo. Además el ESL cada vez más está adoptando una retórica integrista (llamadas a la yihad, batallones con nombres con connotaciones sectarias…) Esta táctica se ha demostrado fracasada con la caída de los bastiones rebeldes y además ha permitido a Al-Assad presentar las acciones del ESL como actuaciones terroristas de integristas islámicos.
Es improbable que por ahora el imperialismo intervenga directamente en Siria. Está en juego la estabilidad de todo Oriente Medio, con las relaciones cada vez más tensas entre Israel e Irán de fondo. El imperialismo está dividido. Las monarquías del Golfo han sido partidarias de intervenir militarmente con una fuerza árabe, sin embargo EEUU ha frenado esa posibilidad por ahora. Un ejemplo del giro de la diplomacia norteamericana es la repentina criminalización de la oposición siria: medios de comunicación de EEUU están denunciando al ELS por casos de tortura y vínculos con Al-Qaeda.
Uno de los problemas que tiene el imperialismo es que no tiene un sustituto claro y controlable en el caso de que cayera Al-Assad, por eso han tratado de acercar posturas con Rusia para tratar de llegar a un acuerdo. La misión de Kofi Annan tiene precisamente el objetivo de llegar a un acuerdo que posibilite una salida a la actual situación.
Los intentos de negociación entre Siria y los imperialistas son inevitables. Al-Assad no puede mantener su situación indefinidamente. Además es consciente de que las potencias imperialistas temen la revolución tanto como él. La represión salvaje en las ciudades era también una manera de tener una posición de más fuerza en las negociaciones. Parece que Al-Assad ha aceptado los seis puntos de Kofi Annan (el cese de la violencia de “ambas partes”, su supervisión por funcionarios de la ONU, la apertura del diálogo entre el Gobierno y las fuerzas de la oposición, la liberación de los presos políticos, el desbloqueo de la ayuda humanitaria y la libre circulación de los periodistas). Será una manera de ganar tiempo para todos. Rusia apuesta claramente por una salida “a la yemení”: que los Assad se refugien en un país amigo y que la “transición” sea pilotada y controlada por el aparato del Estado sirio, integrando a los sectores de la oposición más proclives a un acuerdo. Obama vería esa salida con buenos ojos. Otra cosa es que Al-Assad lo acepte.

¿Quiénes son los verdaderos amigos de las masas sirias?

Todas estas maniobras e intrigas ponen de manifiesto una vez más la verdadera cara del imperialismo. De la mano del imperialismo no hay solución a los problemas de las masas sirias. Las distintas potencias (ya sean EEUU y sus aliados, ya sea Rusia o Irán) han visto con horror desde el principio el movimiento revolucionario del mundo árabe. Todo lo que los imperialistas han hecho en el último año no ha tenido otro objetivo que tratar de aplastar el movimiento revolucionario en un país tras otro.
En Siria la represión ha sido salvaje, pero la revolución no está derrotada. Sobre todo si tenemos en cuenta que Siria es un eslabón más de un proceso revolucionario mundial creciente en el que poco a poco se incorporan nuevos países. Los únicos aliados de las masas sirias son las masas oprimidas del resto del mundo árabe y los trabajadores y jóvenes del resto del mundo que cada vez de una manera más clara están demostrando en un país tras otro su rechazo a la barbarie capitalista.
El pueblo sirio tiene una larga historia revolucionaria y un heroísmo tremendo, como ha demostrado a lo largo de este año. Todos los sufrimientos que están viviendo son también una durísima escuela que está probando a las distintas tendencias que hay en el movimiento, porque sólo con un programa de independencia de clase, que rompa con el capitalismo y que vincule la lucha de los derechos democráticos con la transformación revolucionaria de la sociedad se puede derrotar a la burguesía y al imperialismo y disolver la base de apoyo que conserva Al-Assad.