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En el último mes hemos asistido a un importante crecimiento del terrorismo de estado que practica el gobierno israelí con el objetivo de aplastar en sangre y terror la resistencia del pueblo palestino. En el último mes hemos asistido a un importante crecimiento del terrorismo de estado que practica el gobierno israelí con el objetivo de aplastar en sangre y terror la resistencia del pueblo palestino.

En su continua catarata de provocaciones destaca la continuación, a toda prisa, de la construcción del muro con el que pretende separar Cisjordania de Israel. Un muro racista, ni siquiera sobre las fronteras de 1967, sino un muro que roba y anexiona a Israel una importante porción de Cisjordania donde se hallan 145 asentamientos judíos y varios acuíferos.

También ha continuado la construcción de nuevos edificios para agrandar los asentamientos (en lo que va de año 1.394 en 226 asentamientos) y sólo en octubre ha anunciado la construcción de otros 900.

Todas estas provocaciones originaron la habitual respuesta en forma de hombres-bomba de la Yihad, que a primeros de octubre se llevaron por delante a 19 personas en Haifa.

La respuesta israelí no dejo lugar a dudas. Por primera vez desde hace 30 años aviones israelíes bombardearon un campo de refugiados palestinos en suelo de Siria ante la mirada complacida de EEUU. A los pocos días nuevas operaciones de castigo se cebaban con los campos de refugiados de Gaza.

En Rafa, 200 tanques arrasaban la población, asesinando a ocho civiles (dos de ellos niños) y derrumbaban 150 casas, dejando en la calle a más de 2.000 personas.

“En pocos minutos el número 231 de la calle Salahadin se vino abajo, dejando sin techo a cuatro familias, algo más de 30 personas, entre ellas una decena de niños. Habían vivido allí durante los últimos 56 años, cuando se instalaron procedentes de la aldea de Yibna, en Cisjordania, de la que fueron expulsados por los israelíes en 1948. La ofensiva mortífera no había hecho más que empezar. (…) Las excavadoras y los tanques, en su recorrido por la zona abrieron zanjas profundas y cortaron de cuajo las conducciones de agua, electricidad y teléfono” (El País 14/10/03).

Los mismos hechos se repetían el 26 de octubre en la localidad de Al-Zahar. Trece bloques de viviendas fueron desalojados de madrugada para inmediatamente ser volados, dejando sin casa a 5.000 personas. La justificación en este caso: represalia por el asalto de un comando palestino el día anterior en el que murieron tres soldados. ¿Puede alguien encontrar alguna diferencia entre esta forma de actuar y la del ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial?

Crisis social y económica en Israel.

Huelga general

contra los recortes

Sharon quiere la inmediata rendición de la Intifada. Es consciente que sólo con la derrota de este movimiento, podría obligar a la Autoridad Palestina a aceptar como solución al conflicto una ficción de estado títere en Gaza y en el 60% de Cisjordania.

Las condiciones irrealizables que exige para retomar el dialogo no son sino una provocación más: “Primero los terroristas deben ser detenidos, interrogados y castigados. Segundo deben ser desmanteladas las organizaciones terroristas Yihad, Hamas, FPLP, frente Democrático. Tercero, sus armas serán incautadas y entregadas a una tercera parte, que solo puede ser EEUU, y destruidas” (El País, 16/10/03).

Pero parece que no sólo se trata del conflicto con Palestina. La prolongación de la actual situación responde también a un intento por desviar la atención del conflicto social interno.

La economía israelí no levanta cabeza y sigue en recesión. El 20% de la población está bajo el umbral de pobreza. El coste de las aventuras militares y de la construcción del muro (1.500 millones de dólares) saldrá de los bolsillos de la clase obrera. Mantener el odio chovinista parece seguir siendo la fórmula de un sector de la burguesía israelí para conservar el control de la situación y tratar de desviar la atención del creciente malestar provocado por la política de recortes salariales y gastos sociales. Sin embargo esta vieja receta también tiene sus límites, como refleja el creciente movimiento de protesta protagonizado por la clase obrera israelí.

Ya antes del verano el Histadrut —sindicato de la clase obrera en Israel— convocó a la huelga general, para desconvocarla después de una serie de promesas del gobierno que rápidamente han sido incumplidas. Desde el jueves 23 de octubre los trabajadores de aeropuertos, puertos, bancos y transporte, están llamados a la huelga contra la política de recortes salariales. La presión ha ido en aumento y la huelga contra la política económica del gobierno (en concreto contra la reforma de las pensiones y el subsidio de desempleo) convocada por el Histadrut se convirtió en general en todo el sector público el 3 de noviembre, precedida de una macro manifestación en Tel-Aviv, el domingo 2 de noviembre, de más de 100.000 asistentes que también clamaban por la paz. El ministro de Economía, y ex primer ministro, Netanyahu, ha tenido que recurrir a todo tipo de leyes represivas para tratar de minimizar los efectos de la huelga y que ésta se quedase en cuatro horas. El Histadrut ha respondido planteando que la de 24 horas sólo queda aplazada.

Declaración de Ginebra

Otros sectores ven los riesgos y el descontento que genera la política de Sharon y tratan de buscar nuevas vías. Así se entiende la muy publicitada reunión en Ginebra entre intelectuales, ex ministros laboristas y dirigentes de Fatah, que culminó con una declaración saludada por los sectores “progresistas” como un paso hacia el final del conflicto y que también apoya el Partido Comunista Israelí. Nada nuevo bajo el sol. Se trataría de retomar las negociaciones donde las dejaron Barak y Arafat hace tres años, aceptando los palestinos, como algo inevitable, que los millones de refugiados no puedan volver nunca a su tierra. El “pequeño” problema es que precisamente este tipo de claudicaciones fueron las que hicieron estallar la Intifada. Sólo tras una sangrienta derrota y con una previsible guerra civil de por medio se podría imponer esta humillación.

Como vemos, tanto la política salvaje de Sharon como la negociadora y civilizada de sectores del laborismo israelí, son dos medios para llegar a un mismo final: la renuncia de las históricas reivindicaciones nacionales del pueblo palestino. Las diferencias son cuestiones de matiz (“¿cuanta porción de Cisjordania estamos dispuestos a devolver a los palestinos?”).

¿Que alternativa hay

para la lucha palestina?

Frente a ello ¿qué nos encontramos en el bando palestino? Por un lado, las divisiones y crisis en el gobierno de Arafat continúan tras la salida de Abu Mazen. Desde entonces se ha constituido un gabinete de crisis con Abu Ala como primer ministro. La base de esta crisis la explicábamos en el número 164 de El Militante: “Arafat es el Bonaparte de la situación, oscilando continuamente entre los sectores partidarios de mantener la Intifada y los liquidacionistas. Sus vínculos con el movimiento le hacen comprender que plegarse sin más a los designios USA significaría ponerse la soga al cuello, política y personalmente.

“Por esto Arafat no es de fiar para Israel. Estas contradicciones tenían que acabar estallando y así ha sido con la dimisión de Mazen. Ahora la patata caliente la tiene Arafat. Israel ya ha declarado que la expulsión de Arafat de Palestina es algo inevitable. Es probable que cumplan su amenaza si EEUU no los frena por miedo a las consecuencias de semejante acción. Arafat está en un callejón sin salida, él es el responsable de la actual situación. Su política en la última década es lo que ha fracasado rotundamente, depositó las aspiraciones palestinas en manos del imperialismo USA y así le ha ido. Abu Mazen no es sino una criatura y una consecuencia lógica de su política.

“Ahora no tiene salida, si apoya la Intifada Israel lo echará, si propone un nuevo primer ministro moderado que cuente con el visto bueno occidental, lo sucedido con Mazen tarde o temprano se reproducirá. De hecho parece que el designado es Abu Alá; baste señalar que es dueño de una empresa que vende cemento para la construcción de asentamientos”.

Ahora, tal y como preveíamos, la situación se reproduce, con enfrentamientos entre Arafat y su nuevo primer ministro, Abu Alá, por el control de la policía palestina e intentos desesperados por parte de este para conseguir una nueva tregua de Hamas, Yihad y FPLP que demostrase su buena disposición a EEUU, en manos de quién siguen dejando la tarea de conseguir un acuerdo con Israel.

La tregua se podría conseguir, pero acabaría como la del verano, saltando por los aires. Del lado de los que mantienen la lucha no se ofrece ninguna alternativa. Por supuesto ésta no va a venir de fuerzas reaccionarias como Hamas o Yihad; pero lo lamentable es la postura de los grupos de izquierda como el Frente Popular de Liberación de Palestina: “La alternativa política a la Hoja de Ruta y la visión política realista que podría regular la lucha de la Intifada consiste en: a) instar a la comunidad internacional a asumir sus responsabilidades y ejercer sus presiones sobre Israel para que cese su agresión contra nuestro pueblo; b) asegurar la protección temporal a nuestro pueblo mediante una supervisión internacional provisoria, etapa transitoria hacia la construcción de las instituciones de nuestro estado palestino independiente y democrático; y c) convocar una conferencia internacional bajo los auspicios de ONU, con plenos poderes y cuya tarea sería el establecimiento de mecanismos para que Israel cumpla con las resoluciones de legalidad internacional (…)” (Ahmad Saadat, secretario general del FPLP, artículo escrito desde la cárcel el 23 de septiembre de 2003).

Esta postura es la receta acabada para la más lamentable de las derrotas. La respuesta del FPLP a las claudicaciones de Arafat es un gobierno de unidad nacional con los reaccionarios fundamentalistas y confiar en el imperialismo europeo y la ONU para que obliguen a Israel a retirarse. Pensar que la misma ONU que legitima la ocupación imperialista de Iraq, va a mandar tropas a defender a loa palestinos es como creer en los reyes magos.

La liberación nacional y social del pueblo palestino no vendrá de la mano de componendas diplomáticas, ni de presuntas presiones americanas a Israel. Los métodos del coche u hombre bomba, la perspectiva estrechamente nacionalista o, peor aún islamista, son una receta para el fracaso. No hay liberación nacional posible sin liberación social. Sólo una Intifada genuinamente de masas armada con un programa socialista podrá ganar a la clase obrera israelí para su causa y acabar con la pesadilla. Sólo hay salida en la perspectiva de una Federación Socialista de Palestina e Israel.