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El 23 de abril la gobernadora republicana del Estado de Arizona, Jan Brewer, promulgó la ley SB 1070 conocida también como la "ley antiinmigrante", que impide a los inmigrantes sin papeles solicitar trabajo ya que cualquier indocumentado será calificado de "criminal" y podrá ser encarcelado durante seis meses, pagará una multa de 2.500 dólares para, posteriormente, ser deportado a su país de origen. También califica como criminales a todos aquellos que les den empleo, refugio o apoyo de cualquier tipo; obliga a todos los empleados públicos a verificar la situación migratoria de cualquier persona que "parezca" inmigrante ilegal, permite a la policía detener sin orden de y castiga a quien "promueva" el ingreso de indocumentados a territorio de Arizona. Los funcionarios del gobierno que no cumplan con estas tareas también serán sancionados. Si no es vetada, la SB 1070, entrará en vigor en agosto. El miedo, la desesperación y la rabia de miles de inmigrantes se han combinado con movilizaciones y organización.
En marzo la empresa de encuestas Pew Research Center publicaba un estudio que mostraba la situación de desencanto y frustración que existe entre la población norteamericana. Sólo el 22% de los encuestados confiaba en el gobierno (el índice más bajo en medio siglo), el 56% se sentía frustrado con el gobierno, el 21% furioso y sólo el 19% estaba contento (el nivel más bajo en una década). A sólo año y medio de que Obama llegara a la presidencia, su popularidad ha sufrido una dura caída.

La crisis sigue haciendo estragos en la sociedad norteamericana

Se cumple ahora un año de la histórica victoria de Barack Obama en las elecciones norteamericanas, un triunfo que fue el resultado directo del deterioro de las condiciones de vida de los jóvenes y trabajadores estadounidenses, del hartazgo hacia la política de Bush y de las enormes esperanzas de cambio que generó Obama durante la campaña electoral. Estas expectativas de cambio profundo no han tenido una correspondencia en la política llevada a cabo por Obama. La guerra en Iraq continúa y la de Afganistán se ha convertido en un polvorín para el imperialismo norteamericano. En el plano interno la crisis sigue golpeando duramente las condiciones de la mayoría de la población. Esta situación hace que la "magia" de Obama se esté disipando, al mismo tiempo que la rabia y frustración contra el sistema aumentan. 

El debate sobre la reforma sanitaria en EEUU ha dejado al descubierto la calamitosa situación sanitaria que sufren millones de estadounidenses, el sistema sanitario norteamericano es el más caro del mundo y al mismo tiempo el más ineficaz: 47 millones de personas, el 16% de la población, no tienen ningún tipo de cobertura sanitaria, se calcula que otros 50 millones cuentan con malos seguros que sólo cubren parcialmente los gastos sanitarios. Esta situación provoca que cada año mueran 45.000 personas por enfermedades que tienen cura.

La poderosa fuerza que llevó a Obama a la Casa Blanca fue la enorme sed de cambio en las condiciones de vida de las masas oprimidas de Estados Unidos. Y fue, también, el ansia de acabar con guerras percibidas como injustas, motivadas por los intereses de las grandes corporaciones, y causantes de miles de víctimas (también estadounidenses) y de recortes en los gastos sociales. Frente al belicista e iluminado Bush, Barack parecía un hombre de talante, preocupado por los problemas reales de la población trabajadora, y dispuesto a poner coto a la guerra, la opresión y la rapiña imperialistas que tan impopular han hecho a Estados Unidos en el mundo. Sin embargo, ¿así es Obama, o más bien era así como querían verlo las masas? ¿Qué cambios se están dando en el imperialismo USA, y hacia dónde va, en este contexto de crisis internacional?

El viernes unos 300 trabajadores de la fábrica Republic Window & Door de Chicago han ocupado la planta exigiendo el pago de los salarios atrasados e indemnizaciones que debe la empresa. Por primera vez desde el nacimiento de la federación sindical CIO en los años treinta, los trabajadores norteamericanos ocupan su centro de trabajo. Cuando los empresarios presionan para situar la carga del fracaso de la economía sobre los hombros de los trabajadores, la lucha de clases regresa a EEUU.

¿Responderá Obama a las expectativas creadas?

Nunca antes unas elecciones norteamericanas habían provocado tanta expectación ni tampoco habían generado tantas ilusiones y esperanzas en EEUU. Nada más conocerse el triunfo de Obama una masa entusiasta de hombres, mujeres, jóvenes, blancos, negros, hispanos, llenaron las calles de todo EEUU para celebrarlo: sólo en Chicago más de un millón, en Harlem fueron decenas de miles al grito de "¡Poder para el pueblo!", o "¡Sí podemos, sí podemos, lo hicimos!" en Times Square. Es difícil recordar algo parecido en la historia reciente del país.

Desde hace semanas los medios de comunicación llenan páginas y programas de televisión con la crisis financiera cuyo epicentro es EEUU. Caen bancos, aseguradoras, financieras, inmobiliarias... pero apenas nada de la otra cara de la moneda, del sector de la sociedad que carga con el peso de la crisis, es decir, los jóvenes y trabajadores norteamericanos. Las subidas de precios, los bajos salarios, el aumento del desempleo y la caída del valor de las viviendas, todo prepara una catástrofe social no vista desde los tiempos de la Gran Depresión.

El aumento de los precios del petróleo, y de la gasolina en particular, está teniendo un efecto sobre todo, además de llevar al límite nuestras ya estrechas billeteras. Tiene su efecto simplemente en tener que ir y de trabajar cada día, y hasta en el precio de los alimentos que también se han disparado debido al incremento de los costes del transporte.

Que la economía estadounidense se encamina hacia una recesión parece ya una realidad, ahora el debate está en su profundidad y duración. Pero aunque oficialmente la economía aún no está en recesión, la realidad es que millones de trabajadores norteamericanos llevan ya tiempo sufriendo el deterioro de la situación económica en EEUU. Cuando estalló la crisis de las hipotecas basura, los economistas burgueses se dieron prisa en "tranquilizar" a los inversores asegurando que era una crisis financiera pero que la economía real, es decir la productiva, estaba en perfectas condiciones.

Cuando falta un año para las elecciones presidenciales, George W. Bush y la clase dominante estadounidense se enfrentan a una crisis sin precedentes, las últimas encuestas publicadas por Associated Press-Ipsos Poll muestran que la tasa de aprobación de la gestión de Bush es del 31%, convirtiéndole, aparte de Nixon, en el presidente más impopular desde 1945.
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